29 / 09 | Mundo

LA RAZÓN TRUMPISTA


“Every country in the world is stealing from us”. La frase, literal, en boca del candidato, sugería que su país era víctima de un saqueo orquestado básicamente por todo el resto del mundo. No es la primera vez que un candidato a presidente, o incluso un presidente contemporáneo dice algo así. Es, en cambio, la primera vez que lo dice un candidato viable a la presidencia del país más poderoso del mundo, con un presupuesto militar mayor a la suma del de todos sus perseguidores, y un indiscutible dominio sobre el comercio, la innovación y la cultura global. Decía más el candidato, que apuntó durante el debate a México, China, la deuda externa, la OTAN y la totalidad de los tratados comerciales vigentes.

Si escuchamos a la prensa iberoamericana, Donald Trump es parte de una internacional populista que avanza en el mundo desarrollado y abarcaría desde Marine Le Pen en la derecha, hasta Podemos y SYRIZA en la izquierda. La intención de aquel relato suele ser bastante clara, y lo que en el mejor de los casos sería una manifestación de pereza intelectual, trata en general de una operación destinada a asignar al término una valoración peyorativa, destinada a emparentar a aquellos fenómenos con procesos latinoamericanos y a estos entre sí, dejando de lado el análisis de la realidad concreta.

¿Vale entonces decir que Trump es populista? ¿Tendría alguna importancia que lo fuera?


Antes de convertirse en profeta de su objeto de estudio, Ernesto Laclau dedicó una gran parte de su obra a aproximarse académicamente al populismo, definirlo prescindiendo de las valoraciones negativas que generalmente habían acompañado aquel término, en la divulgación y la academia. Tomando una resumida caracterización aportada por el propio autor, el populismo sería una pura forma. Un significante vacío, sin un contenido definido a priori, caracterizado por tres elementos: la dicotomización de la sociedad, la revisión de la institucionalización vigente y la vehiculización, a través de un proceso de homogeneización, de diversas demandas insatisfechas en la población. El discurso de Donald Trump parece soldado sobre el tendal de heridos del proceso globalizador exacerbado a partir de la caída del Muro de Berlín y el triunfo supuestamente inexorable de los valores y fundamentos liberales.

Los obreros y pequeños comercios perjudicados por la desterritorialización de las grandes corporaciones. Los ciudadanos temerosos de la amenaza terrorista, invariablemente identificada con el mundo islámico. Los segmentos medios y pobres de la población blanca, resentidos ante lo que perciben como la expansión de los inmigrantes y de las minorías en el ágora norteamericana, cada vez más iguales a ellos. Empresarios nacionales sin posibilidad de integrarse al sistema de comercio global. Las demandas son diversas, pero se amalgaman en un relato unificado. El slogan lo tomó el propio Trump (¿cuándo no?) de un crítico progre: America First.

"Al contrario del populismo latinoamericano, estos populismos nacionalistas carecen de una dimensión democratizante."

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El problema, entonces, sería el abandono de los intereses de los estadounidenses a manos de los de “otros”, sumado a una idea bastante restrictiva de lo que significa ser estadounidense. El nacionalismo reaccionario preconizado por Trump acumula, exitosamente, demandas diversas.

Como mérito adicional, provee también de un otro respecto al cuál se articulará la nueva coalición de intereses. El liberalismo cosmopolita, que identifica con intereses antinacionales, no podrá ser objeto de acuerdos de ninguna clase sin ser vistos como concesiones dadas a un enemigo. Del bloqueo del presupuesto a la nominación de jueces de la Corte, el que colabora es un traidor.

El discurso de The Donald agrega la necesidad de reformar radicalmente las instituciones globales sobre las que se asienta el poder estadounidense. El NAFTA, la asistencia militar en el sudeste asiático y el este europeo, la contribución a la OTAN y los acuerdos comerciales que garantizan la convivencia armónica con China. Todos deberían finalizar o reformarse radicalmente si nos guiamos por las promesas del magnate inmobiliario.

Con el ojo en el mundo, no parece sencillo encontrar paralelos entre esta agenda promovida por Trump y ningún rasgo de la nueva izquierda europea.

No se trata, por supuesto, de negar la influencia en la nueva izquierda europea de la concepción de la política como antagonismo, basal en la obra de Mouffe y Laclau, y admitida por los propios referentes de Podemos, que cosecharon sus primeras éxitos electorales bajo el sello dicotomizante, atribuido al populismo, de la lucha contra “la casta”. Idéntica inspiración puede reconocerse en la formación de la coalición de gobierno en Grecia, donde SYRIZA priorizó acordar con un partido de derecha nacionalista, opuesto a la troika por sobre la socialdemocracia tradicional, que cogobernó con la centroderecha, embanderada con los programas de ajuste. Pero basta observar el modo en que Grecia privilegió la pertenencia a la zona euro y la Unión Europea en su enfrentamiento contra los acreedores, o las recientes posiciones de Podemos, centradas en la necesidad de un nuevo compromiso socialdemócrata, favorables a un gobierno de coalición con el PSOE, y su propuesta de acuerdos institucionales amplios en la problemática nacional, para relativizar aquella caracterización populista.

"El nacionalismo reaccionario preconizado por Trump acumula, exitosamente, demandas diversas."

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Del otro lado del arco político, resulta más obvio encontrar paralelos con el tono y las propuestas de la campaña por la salida británica de la Unión Europea y la plataforma antimigrantes y contraria a la UE impulsada por el Frente Nacional francés y el PVV del holandés Geert Wilders. Sin embargo, también en la ultraderecha europea, la experiencia de los partidos noruego o finlandés, que participan de gobiernos de coalición con la centroderecha tradicional, difícilmente permitan configurar una amenaza seria de modificación institucional estructural o, mucho menos, una homogeneización de demandas y antagonización del sistema político más allá de las lógicas tensiones ideológicas.

El modo populista, en cambio, aparece más claro en los gobiernos situados en las márgenes del bloque occidental. Orban en Hungría, el Partido de la Ley y la Justicia en Polonia, Erdoğan en Turquía e incluso Netanyahu y Modi en Israel e India sostienen gobiernos construidos alrededor de una identidad nacional, identificada con la mayoría étnica y religiosa, en un clima de altísima confrontación gubernamental con las oposiciones políticas y las expresiones disidentes de la sociedad civil, donde es creciente el rechazo a las voces provenientes del extranjero, percibidas como hostiles y amenazantes, según lecturas que rozan siempre lo conspirativo.

Mirando estos países, donde creció la persecución contra las minorías de toda clase y la polarización social mientras se incrementó el poder de las ramas ejecutivas, al calor de la movilización popular que sólo aquellas pueden corporizar legítimamente, no parece aventurado imaginar un escenario similar en los Estados Unidos del Presidente Trump.

 

Las luces amarillas se encienden inmediatamente si pensamos movimientos como Black Lives Matter a la luz de la situación de las ONGs pacifistas israelíes o los académicos turcos contrarios a la invasión armada de las ciudades de mayoría kurda. Iniciativas legislativas persecutorias y estigmatizantes, como el referéndum que impulsa para la próxima semana el mandatario húngaro, en rechazo a la admisión de refugiados del Medio Oriente, o la legislación contra el aborto, aún en casos de violación, que en nombre del sentimiento católico de la población impulsó el gobierno polaco. Ninguna de estas iniciativas se aleja tanto de la prohibición temporaria de ingreso de musulmanes, o del famoso muro.

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Más preocupante aún resulta el belicismo de consumo interno que últimamente ha sido común a los mandatarios turco, indio y israelí, si lo imaginamos en control de la maquinaria bélica norteamericana.

Todo aquello, por supuesto, en nombre de la voluntad mayoritaria y refrendado por los votos. Si no les gusta, nos dirán invariablemente, armen un partido y ganen las elecciones. Al contrario del populismo latinoamericano, estos populismos nacionalistas carecen de una dimensión democratizante.

Mientras aquellos consolidaron su liderazgo a partir de una división vagamente clasista y una agenda distributiva, la promesa redentora de estas derechas para los perdedores de la globalización se impulsa un retroceso civilizatorio.

La reafirmación de la identidad nacional, étnica y religiosa hegemónicas, la negación de los derechos de las minorías y la exclusión de los migrantes. El programa de estas derechas es la negación misma del desarrollo de las fuerzas productivas. Recuperar fronteras e identidades, desintegrarse y reafirmarse en particularidades comunitarias en la era de la hiperconexión, la integración productiva y las multinacionales no es menos utópico que concebir el inminente advenimiento del socialismo.

Sin embargo, el fenómeno que crece y se multiplica en los centros tradicionales del globo y está consolidado en su periferia, disputará en noviembre la presidencia de la primera potencia del mundo.

La Historia, dada por muerta, trajo zombis.

 


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