23 / 03 | Política

LA POLÍTICA DE LA DICTADURA

La política secreta de la última dictadura argentina (1976-1983) de Paula Canelo relata al Proceso priorizando a la política y a los militares como grupo gobernante. Y en ese intento devela los sucesivos proyectos de refundación del país de la elite argentina.
Bruno Bauer @bauerbrun Dibuja en Playboy y Mu. Escribe en Crisis y La Vanguardia.


La autonomía de la política en la dictadura

Pese a la foto del Tigre Acosta con Noemí Alan, a Massera en el estudio de Hora Clave y al concepto de “dictadura cívico-militar” acuñado por Fogwill en los ochentas, todavía hay algo del Auschwitz de Adorno en nuestra percepción de la dictadura: la ESMA como agujero negro de la Historia, en donde la crueldad y la violencia parecen perder todo sentido. Quizás a eso se deba la recurrencia a grandes fuerzas trascendentes para llenar ese hueco: una de ellas son las explicaciones economicistas de la dictadura que la entienden como un plan coherente y perfectamente calibrado para imponer un modelo económico que se extiende hasta nuestros días; la otra, aún más abstractiva, subordina al personal militar a los grandes intereses civiles que digitaron a la dictadura desde el primer al último minuto y finalmente se despidieron de una Junta ya inservible. Desde luego que ambas interpretaciones tienen el mérito de abarcar con una mirada “estructuralista” al mero horror y así racionalizarlo, pero no pueden explicar, por ejemplo, las desapariciones de miembros de esa misma elite, como Holmberg, Branca o Hidalgo Solá, ni la dura campaña de los propios militares contra la política económica de Martínez de Hoz. Con todo, la principal falencia de esas explicaciones es quitarles toda inmanencia, toda entidad específica a los militares que gobernaron al país, sus contradicciones, líneas internas, sus planes y debates, su Historia.

La política secreta de la última dictadura argentina (1976-1983) (Edhasa, 2016) de Paula Canelo intenta, como su anterior El Proceso en su laberinto, relatar al Proceso priorizando a la política y a los militares como grupo gobernante. Rama del árbol pucciarelista de cientistas sociales metidos a hacer historia reciente, Canelo cuenta con los antecedentes de Canitrot, Quiroga y Novaro en la reivindicación de la “autonomía de la política” a la hora de estudiar a la dictadura militar.


"El libro de Canelo intenta relatar al Proceso priorizando a la política y a los militares como grupo gobernante"

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Las líneas del relato de Canelo son claras y esquemáticas. Las Fuerzas Armadas que dan el golpe de marzo de 1976 se dividen entre los duros (Menendez, Suárez Mason, Camps), corporativistas, antipolíticos y desarrollistas alla Onganía, y los politicistas (Viola, Liendo, Bussi, Bignone) más pragmáticos y dialoguistas. Entre esos dos polos hay un grupo moderador (Videla, Harguindeguy, Galtieri) y otro desestabilizador, capitaneado por Massera, notablemente ausente en el libro. La distribución del poder sigue una barroca ingeniería institucional destinada a mantener el equilibrio entre cada arma del Ejército y entre cada facción, que Canelo describe con detalle: a la distribución tripartita de ministerios y provincias se le sumaron “Equipos de Compatibilización Interfuerza”, la “Comisión de Asesoramiento Legislativo” y, en especial, la Secretaría General de la Presidencia, comandada por el Gral. Villarreal, viejo cuadro del gobierno de Lanusse. Es desde la Secretaría, integrada fundamentalmente por radicales, que la facción politicista intenta orientar al gobierno de la Junta, amparada por los ministros Harguindeguy y Martinez de Hoz y el Presidente y Jefe del Ejército Videla. Quizás la poca presencia de Massera en el libro se deba a su preferencia por el peronismo como interlocutor (y rehén) a contrapelo de la hipótesis de Canelo sobre la inclinación militar por la UCR.

En diciembre de 1978 el grueso del plan represivo había sido llevado a cabo, Videla deja su lugar como jefe del Ejército para limitarse a ser Presidente, el “cuarto hombre” que pedían la Armada y la Fuerza Aérea para mantener el equilibrio. La Junta avanza así sobre la presidencia, Villarreal renuncia, la Secretaría General va perdiendo gravitación y, con ella, los politicistas, los radicales de la dictadura se dispersan en la historia de la democracia, ocupando despachos con Alfonsín, Menem y De la Rua. La visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA en septiembre de 1979, convocada por la propia Junta para limpiar su imagen, hiere el consenso sobre la lucha antisubversiva, el único cemento coaligante de las facciones de la Junta. A esto le sigue una oscilación entre el inmovilismo y las estrategias de diálogo con políticos encabezadas por Harguindeguy y Viola, siempre traicionadas por la incapacidad militar para negociar. La guerra de Malvinas termina de destruir la idea de unas Fuerzas Armadas victoriosas contra la subversión, desde entonces sólo queda negociar la retirada, la autoamnistía y la cuestión de los desaparecidos que ningún político quería heredar. La transición se daría en 1983 y con la UCR, de manera muy cercana a los plazos e interlocutores que se propusieron los propios militares en un principio, pero con resultados impensados.

Tigres de papel mecanografiado

En ese relato y en esa tradición de primacía de la política, el principal aporte de Canelo es la lectura de los sucesivos planes políticos contenidos en las Actas Secretas de la Dictadura que la misma autora contribuyó a publicar en seis tomos. Los papers e informes que circulaban entre despachos y oficinas van construyendo la historia y el imaginario de los militares del Proceso. Los locos planes de los duros, expresados por el Grupo La Plata y Diaz Bessone, con sus galimatías e incoherencias, su proyectos de entrega del poder en marzo de 1991, el fantasmagórico “Movimiento de Opinión Nacional” como nuevo partido del orden; la respuesta de los politicistas, más prácticos y racionalistas, esperanzados en el diálogo con la UCR; la asesoría civil de Américo Ghioldi y Jaime Perriaux, su visión decadentista de la historia y el sueño de regenerar a la élite perdida de 1880; la incomodidad de esos arquitectos de la Nueva Argentina ante una política económica que venía a fisurar al cuerpo social y sus valores con pauperización social y especulación financiera. En todos los casos se trataba de institucionalizar la victoria militar sobre la guerrilla en un nuevo sistema político, más estable y ordenado. Muchos datos de ese proyecto suenan sorprendentemente contemporáneos: las esperanzas puestas en los municipios como semillero de dirigentes “cercanos a la gente”, el énfasis republicano en la prioridad de las instituciones por sobre los humores populistas, etcétera.

"La política secreta de la dictadura es un catálogo de proyectos que describen el sueño de la elite argentina"

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Así, La política secreta de la última dictadura funciona como un catálogo de proyectos que describen el sueño de la élite argentina: un país regenerado, sin demagogia ni populismos, ordenado social y económicamente sobre las directrices del Occidente exitoso, un país de radicales y conservadores, pobres socialdemócratas, empresarios librecambistas y elites reconocidas. Un país sin peronismo, un país en serio. Un país que la propia dinámica capitalista que Martínez de Hoz desató hizo imposible, con sus empresarios prebendarios, su elite desgarrada, sus pobres con TV color y techo de chapa y su clase media irredenta de aspiraciones políticas y económicas que nunca hacen juego con una república conservadora.

En esa ilusión obsesiva y constantemente desmentida reside la actualidad del Proceso, más que en algún geronte del ‘76 que vuelve a la administración pública o en la eterna violencia institucional: es la dimensión política, utópica, de refundación de un país normalizado la que se sigue revoloteando en las cabezas de los más sinceros y democráticos espíritus de nuestra época. La extraña decisión editorial de incrustar las fotocopias de las diversas actas como ilustraciones del libro refuerza el carácter burocrático, casi literario, del espíritu del Proceso. De esa manera Canelo, que dedica el libro a sus hijos, redondea la imagen más cruel de la dictadura: reducir la epopeya sangrienta de estos cruzados de la occidentalidad a un montón de papeles amarillentos apilados en el basurero de la Historia.


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1 Comentario

  • Mauricio Yennerich says: 25 marzo, 2016 at 22:35

    “(…) todavía hay algo del Auschwitz de Adorno en nuestra percepción de la dictadura (…) Quizás a eso se deba la recurrencia a grandes fuerzas trascendentes para llenar ese hueco: una de ellas son las explicaciones economicistas de la dictadura que la entienden como un plan coherente y perfectamente calibrado para imponer un modelo económico que se extiende hasta nuestros días (…). Creo que el desconocimiento de autores claves del estructuralimo latinoamericano es el que te impulsa a negar la función disciplinadora del Proceso. Confundiendo relaciones sectoriales, vinculaciones con las autoridades monetarias, nivel de salario, precios, etc., etc. con “Fuerzas trascendentales”. No está mal que te intereses por los detalles de la política castrense, pero repugna tu ninguneo de la función destructiva que adquirió el gobierno de facto, asesorado por economistas de tradición liberal, siempre inmiscuidos entre los relictos del patriciado oligarca. Saludos.

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