07 / 06 | Mundo

LA CUESTIÓN ISRAELÍ: LA POSIBILIDAD DE UNA ISLA (PARTE 2)


Los territorios palestinos ocupados por Israel en la guerra de 1967 nunca fueron incorporados al Estado judío, situación que sí ocurrió con las Alturas del Golán sirio. No obstante, si un visitante desembarca por primera vez en la zona y le explican que esa parte de “Tierra Santa” no pertenece a la nación israelí, no entenderá en qué intríngulis se encuentra sumergido.

Israel construyó más de 100 colonias dentro de esos territorios y las llenó con miles de ciudadanos israelíes, alentados por múltiples beneficios para fomentar la migración a esas zonas. Allí viven dos magistrados de la Corte Suprema, ministros de gobierno -entre los que se cuenta el importantísimo encargado de la cartera de Defensa-, el portavoz de la Knesset (Parlamento) y decenas de sus integrantes más un sinfín de funcionarios gubernamentales.  Todo lo que ocurre en los asentamientos está bajo la jurisdicción del Knesset, la policía y los sistemas legales de Israel. La Corporación Eléctrica proporciona electricidad, la empresa estatal de agua Mekorot suministra agua corriente, y la Lotería Nacional erige y administra los edificios públicos. Fábricas y polos industriales funcionan sin límites. Existe una importante y moderna Universidad Nacional bajo la supervisión del Ministerio de Educación. Una organización histórica de inmigración hebrea como la Agencia Judía envía a nuevos ciudadanos a vivir a los asentamientos para que allí construyan su primer hogar. Otra mítica fundación como el Kerem Hakeyemet utiliza la exención de impuestos que goza en países como Estados Unidos para comprar propiedades en barrios árabes de Jerusalén para luego trasladar a colonos judíos. Míticos líderes del movimiento religioso-nacionalista como Haim Druckman han recibido el Premio Israel, el mas importante galardón del país destinado a su sociedad civil. Un sinfín de oficiales del ejército se han graduado en las academias pre-militares que funcionan en las colonias. Se hallan clubes de fútbol de asentamientos que disputan la Liga Nacional israelí. Es común encontrar sucursales de los más importantes bancos israelíes dentro de sus límites. Los obras sociales estatales tienen clínicas en las colonias. En gran parte del territorio palestino se ha desarrollado el mayor proyecto arquitectónico del estado judío: su famoso muro de separación (que supera en su extensión al Muro de Berlín). Las instituciones culturales financiadas por el Estado -como la Compañía Nacional de Teatro– se ven obligadas a realizar funciones en los asentamientos ya que pueden perder su subvención si se niegan a actuar en “territorio del estado”. Kiryat Arba (pegada a Hebron) o  Psagot (colonia que cualquier palestino habitante de Ramallah puede contemplar con solo abrir su ventana) están sujetas a las mismas reglas que Afula (norte de Israel). Mientras tanto, los palestinos en esas zonas también están sujetos a la ley israelí, pero no la que gozan los colonos sino la ley militar israelí con tribunales del ejército, con directrices emitidas por el comandante militar regional. La agencia de inteligencia que supervisa toda la zona es el Shin Bet, responsable de la inteligencia interna dentro de Israel, y no el Mossad, que está a cargo de la inteligencia fronteras afuera.

"Israel construyó más de 100 colonias dentro de esos territorios y las llenó con miles de ciudadanos israelíes, alentados por múltiples beneficios para fomentar la migración a esas zonas"

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La conquista de Cisjordania (por ese tiempo ocupada por Jordania) no estaba contemplada como una iniciativa israelí. Israel le había asegurado al rey Hussein que ellos no lo atacarían, pero el monarca hashemita fue convencido -falsamente- por el líder egipcio Gamal Abdel Nasser de que los árabes estaban ganado. Así fue que las tropas de Hussein bombardearon Jerusalén, cruzaron la línea de armisticio de 1949 y se dirigieron hacia el barrio israelí de Talpiot. A diferencia de su conflagración con los egipcios, donde los objetivos habían sido definidos de antemano por el gobierno, Israel carecía de un plan político para la posguerra en el frente jordano -y a su vez, en los territorios palestinos- cuando los militares recibieron la orden de iniciar el ataque. Seis meses antes de la guerra, se habían reunido el jefe del Mossad, el encargado de la rama de Inteligencia del ejército y un alto representante del Ministerio de Relaciones Exteriores y concluyeron que no sería beneficioso apoderarse de Cisjordania. El motivo era el más de millón de palestinos que residían allí y que luego de la conquista tendrían que estar, inevitablemente, bajo control de Israel. Pero el 5 de junio, al atacar Jordania a Israel en Jerusalén Oeste, todas las razones fueron olvidadas: el ministro de Defensa Moshe Dayan -sin previa consulta con el gabinete de gobierno- ordenó ocupar toda la zona de Jerusalén Este y Cisjordania, y con ellas, los antiguos territorios bíblicos judíos dentro, a sabiendas de que esta acción iba en contra de sus intereses nacionales.


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Si se hubiera implementado la solución de dos estados para dos pueblos luego de los Acuerdos de Oslo, se habría constituido un precedente en el cual un liderazgo político originario reconocía que otra entidad gobernara más del 78 por ciento de lo que ellos consideran su patria histórica. Pero Oslo fracasó y la Segunda Intifada palestina (muchísimo más violenta que la primera) se desató. El segundo levantamiento palestino -a comienzos del siglo XXI- comúnmente es citado como la muestra cabal de una terrible decisión palestina que, mediante una violencia sin control, no logró más que polarizar a un importante sector de la población israelí deseosa de llegar a un acuerdo para resolver el conflicto. No obstante, según la naturaleza de los hechos, tanto la primera como la segunda Intifada lograron sacudir el statu quo israelí. Después de la Primera Intifada vinieron las conversaciones de Madrid y, más tarde, Oslo. Respecto de la Segunda Intifada, el resultado fue la retirada de las colonias judías de Gaza.

"el ministro de Defensa Moshe Dayan -sin previa consulta con el gabinete de gobierno- ordenó ocupar toda la zona de Jerusalén Este y Cisjordania, y con ellas, los antiguos territorios bíblicos judíos dentro, a sabiendas de que esta acción iba en contra de sus intereses nacionales"

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La lucha por la independencia de Palestina es feroz e indiscriminada (los repudiables ataques a civiles, mujeres y niños, por ejemplo) pero en gran parte responde a una violenta y agobiante ocupación de medio siglo de los territorios palestinos. Aún hoy, la mayoría de los israelíes creen que pueden mantener una “vida normal” mientras su Estado continúa ocupando y bloqueando a millones de personas. La lucha en contra de la ocupación es, además, una disputa por el respeto a los derechos humanos de un pueblo vapuleado por sus ocupantes. Los israelíes han perdido el derecho de exigirles a los palestinos una resistencia diferente y esto no está subsumido solamente a una cuestión moral sino también a su pasado histórico referido a la conformación de su propio estado. Sólo entre fines de 1937 y mediados de 1939 las actividades terroristas de dos movimientos de resistencia judíos como fueron Irgun y Lehi (donde militaron los primeros ministros Yitzhak Shamir y Menachem Beguin) se cobraron la vida de 232 personas y  otras 370 habían sido heridas -la mayoría mujeres y niños-. Toda esta información no está escondida ni camuflada y puede hallarse en un libro publicado con ayuda del Ministerio de Defensa israelí, a principios de la década del 80. Lo cierto es que “los luchadores por la libertad” israelíes eran “terroristas” así como lo fueron los combatientes sudafricanos contra el apartheid y como es, actualmente, la resistencia palestina, a la vez que constituye terrorismo, también, la muerte de más 500 niños por parte de Israel durante la Operación Escudo Defensivo (2014) en Gaza.

"la mayoría de los israelíes creen que pueden mantener una 'vida normal' mientras su Estado continúa ocupando y bloqueando a millones de personas"

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Si bien el sionismo no ha sido un éxito total -no todos los judíos emigraron a Israel- sí se ha convertido en una piedra fundamental de muchas identidades judías en la diáspora.  Pero esta versión sonrojaría al mismísimo Theodore Herzl -fundador del sionismo moderno- cuando Israel hace gala de una victimización constante que le permite cohesionar hacia dentro y presionar hacia fuera. La suma para el gobierno israelí es de lo más conveniente pues le garantiza la profundización de un proyecto de estado de 50 años, limitando las disidencias. Pero en el caso de muchas comunidades judías en el exterior, esta decisión les permite justificar algo que no conocen. Así, se sigue recibiendo a oficiales del gobierno israelí implicados directamente en el desarrollo de la ocupación como si fueran héroes; las colectividades extranjeras continúan enviando a sus hijos para que “vivan la experiencia” de conocer Israel durante 10 días porque es gratis a la vez que siguen enorgulleciéndose por los “avances sobre el desierto y arena con la construcción de centros urbanos” pero la memoria selectiva deja de lado que ciudades como Ashkelon (o los mismos asentamientos) fueron desarrolladas en su totalidad con mano de obra barata palestina.

"'los luchadores por la libertad' israelíes eran 'terroristas' así como lo fueron los combatientes sudafricanos contra el apartheid y como es, actualmente, la resistencia palestina"

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Los ciudadanos israelíes se escandalizan por el uso de la palabra apartheid más que por la ocupación misma y no quieren reconocer cómo la ocupación ha corrompido a la sociedad al punto de que existen grupos de extrema derecha judíos como Lehava que confabulan a plena luz del día para que mujeres israelíes no salgan con hombres palestinos. O se prefiere obviar cómo, el año pasado, fue nombrado Rabino en jefe del Ejército Eyal Karim que, en más de una oportunidad, sostuvo que “es lícito violar a mujeres gentiles durante tiempos de guerra” y que los gays israelíes deben ser tratados como “personas deformes”. Se ha desarrollado una miopía sorprendente: se recalca cómo los palestinos llaman despectivamente a los israelíes “judíos” pero no se quiere advertir cómo se descalifica cualquier trabajo mal hecho como el epíteto peyorativo de avoda arabit (trabajo árabe). Se repite hasta el hartazgo que la Carta de Fundación del Hamás habla de un estado Palestino desde el Mediterráneo hasta el Valle del Jordán olvidando que la plataforma del partido gobernante israelí, el Likud, habla de la misma porción de territorio.

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La narrativa de los colonizadores israelíes y sus aliados religiosos es un axioma entre judíos liberales debido a que se constituyó como necesario para dar sentido a realidades que de otro modo son demasiado dolorosas. Los israelíes, junto a muchos judíos de la diáspora, parecen cada vez menos preparados a escuchar críticas, incluidas la que provienen de su propia familia. Por lo tanto, si no se defiende la ocupación israelí con aritméticas exculpatorias (“fuimos obligados”, “no tenemos otra opción”) la acusación será la etiqueta de antisemita y, más grave aún, si un judío comete la osadía de apoyar públicamente el boicot a los asentamientos, no ya del país mismo, no se le permitirá entrar a Israel.

"Se ha desarrollado una miopía sorprendente: se recalca cómo los palestinos llaman despectivamente a los israelíes 'judíos' pero no se quiere advertir cómo se descalifica cualquier trabajo mal hecho como el epíteto peyorativo de avoda arabit (trabajo árabe)"

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Es imposible continuar sosteniendo que Israel está preso de un pequeño de grupo fanáticos. Después de cincuenta años de injusticias engendradas por la empresa colonizadora se podrán hacer elucubraciones sociológicas más rigurosas pero queda claro que la israelí es una sociedad en clara negación donde el ocupante -y el poderoso- siempre es la víctima, desconociendo que la ocupación de medio siglo en 69 años de existencia del Estado de Israel lo ha convertido en el dueño de los destinos de otro pueblo. No se puede continuar con la coartada del doble comando que indica que una avanzada religiosa y marginal está llevando a la sociedad israelí hacia el abismo. No se puede porque simplemente no es cierto, y porque las sociedades civiles también tienen que hacer sus autocríticas.

Quien quiera oír que oiga.

 

Fotos: Ezequiel Kopel

 


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