03 / 12 | Cultura

LA CIUDAD LIBERADA: UNA POLÍTICA DEL APOCALIPSIS


Primavera de 1971, Universidad de Columbia. Frente a un auditorio repleto de aspirantes a La Gran Novela Americana, Borges aconseja atenuar los hechos reales. Para suspender el juicio del lector y propiciar un efecto encantatorio, el foco del escritor debe estar puesto sobre el verosímil. Y la realidad, no pocas veces, es increíble. Por ejemplo: si alguien hubiera guionado que exactamente treinta años después de Ciudad de pobres corazones Páez fundaría otra urbe con el combustible de la violencia, lo habrían echado a patadas. Pero esto no es una novela. Esto no es una película. Esto no es un juego: estamos atrapados.

La ciudad liberada, por lo pronto, no tiene mapa. Tampoco tiene centro. Y, si alguna vez tuvo un tesoro, ya no está enterrado. Está repartido en estas dieciocho canciones y su puñado de fotos andróginas. Ahora bien, como diría Macedonio Fernández, ¿por dónde empezamos a morder este pastel tan extraño? De acuerdo a su duración y su título, La ciudad liberada parece quedar inscripto en la tradición de los discos dobles. Una saga que permite la auto-indulgencia en favor de un mural conceptual. Que permite los caprichos y los temas prescindibles en favor de una ética de trabajo. Almendra II, entonces, admite la zapada de “Agnus Dei”. El Álbum Blanco admite tonterías como “Obladi Obladá”. Bueno, el nuevo disco de Páez empieza con “Aleluya”: una canción híper-pop llena de armonía y buenas intenciones que, al cabo de varias vueltas, resulta una entrada en falso. Pero claro, apenas termina “Aleluya” sobreviene el uno-dos asesino de“Wowowo” y “Tu vida, mi vida”: una catedral beatle (edificada alrededor de un sueño de Pity Álvarez) y una relectura de los procedimientos de Clics Modernos que, hilvanadas por el canto de Fabiana Cantilo, echan cualquier suspicacia por tierra. Si, señores: esto es un disco en la mejor tradición del rock argentino.

"en medio de la fiesta y la tragedia de todos los días, se celebra la “Navidad Negra” y una madre duerme a su hijo con una nana arreglada por La Máquina de Hacer Pájaros (“5778”)"

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A partir de allí, se abren las puertas de La ciudad liberada. Un lugar peligroso, vital e inestable donde a seguro -y a todos los demás- se los llevaron presos. Chihiro está embarazada (“Los cerezos blancos”) y la chacarera, en lugar de invocar a su madre mora, sale de la rueda de la doctrina para abrazar a Buda (“El secreto de su corazón”). Los trovadores tocan a la gorra con el piano de “Bienvenidos al tren” (“Bohemia Internacional”,dedicada a Pablo Dacal) y el holocausto nuclear es un espectáculo para ver con anteojos 3D y música disco (“Nuevo mundo”). Ahí, en medio de la fiesta y la tragedia de todos los días, se celebra la “Navidad Negra” y una madre duerme a su hijo con una nana arreglada por La Máquina de Hacer Pájaros (“5778”). Son mil minutos de música. Suena demasiado y es demasiado, pero La ciudad liberada no toma rehenes. Apenas si reclama que tires el celular por el inodoro.


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Pequeño problema: estamos en 2017. Los tiempos cambiaron y, aunque los vinilos volvieron a prensarse, ahora son meros objetos de status cultural. ¿Cuánto tiempo podemos sentarnos a escuchar un disco antes de que nos agarre culpa o ganas de revisar las redes sociales? Páez es como esos soldados ocultos en la selva que piensan que la guerra todavía no terminó. El tipo sigue produciendo discos como si estuviera en los sesenta (o en los ochenta, nuestro Swinging London), pensando en términos de arte aunque los usuarios de Spotify no tengan la menor idea de quién es Néstor Perlongher.

"¿Cuánto tiempo podemos sentarnos a escuchar un disco antes de que nos agarre culpa o ganas de revisar las redes sociales?"

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Por miedo, falta de talento, mezquindad o mero confort, nadie del Top 40 argentino pone la carne a la parrilla como Páez. El rosarino quiere ser relevante y participar de esa discusión, aun cuando las reglas del juego parecen contradecirlo todo el tiempo. Cabe preguntarse, en todo caso, si vale la pena. Si es necesario disputar ese espacio y someterse a sus reglas. Seguir sacando discos de una cantidad determinada de temas, con un ritmo establecido, su correspondiente corte de difusión y su gira promocional.

La ciudad liberada, en ese sentido, parece un partido perdido desde los vestuarios. Pero el disco, paradójicamente, crece en la tensión de estar fuera de su tiempo y ser absolutamente contemporáneo. Aunque se escuche por partes, randomizado por el algoritmo de Youtube o la atención diletante de nuestra conciencia 2.1, emite una fosforescencia que unifica su mundo disperso.

A diferencia de “La casa desaparecida” y “El sacrificio”, aquellos temas que trabajaban con el gran relato y el anhelo de unir la tribu -la idea de nación-, La ciudad liberada está hecha de esquirlas. De retazos. Es, diríase, un disco ligeramente punk y distópico. Anarco, bah. Un manual de instrucciones para caminar entre los autos volteados, el sexo, la danza de los freaks y la ráfaga dorada del fuego amigo. Para perder la esperanza y entregarse al puro presente. Páez, quien lo diría, escribió su Sign o the times en el medio de todo este quilombo.

"el disco, paradójicamente, crece en la tensión de estar fuera de su tiempo y ser absolutamente contemporáneo"

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No es, por cierto, una segunda parte de Ciudad de pobres corazones. Allí donde su opus de 1987 era pura bilis, La ciudad liberada esboza una sonrisa. Páez sabe, como Fabián Casas, que a determinado nivel de ebullición el horror se transforma en carcajada. Así, ataviados como la orquesta del Titanic, Diego Olivero (guitarra), Mariano Otero (bajo) y Gastón Baremberg (batería) se ponen la corbata de vincha y tocan con precisión y soltura de amateurs. Tambaleante sobre los teclados, Páez no vomita ni declama discursos de salvación. En lugar de ponerse a bajar línea -la peligrosa corrección política-, se rompe la camisa en mil pedazos y se funde con sus cófrades. La ciudad liberada propone, en efecto, una política del apocalipsis. Nuestro candidato está disuelto entre las gónadas de la mujer torso y el hombre con cola de ameba. Todavía no nació, pero ya tiene mi voto.

Fito ciudad liberada


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