30 / 11 | Política

GAME OVER


The End. Cristina Fernández de Kirchner entregará el mando presidencial a Mauricio Macri. El fin de ciclo de su liderazgo, como su universo de hipótesis acerca de la realidad argentina, se avecina. Ninguna de sus apuestas electorales fueron eficaces. Erosionó su sucesión presidencial, no solo en la presión ejercida sobre Scioli, sino por la puesta en marcha de un conjunto de medidas políticas y económicas que nunca advirtió o que directamente soslayo su impacto cultural (inflación, cepo, INDEC, conflicto con el campo). El microclima presidencial y de aquellas organizaciones que lo promovían desdibujo la oportunidad de comprender que sucedía en el mundo social. Ese mundo era un mundo ajeno, con poca significación. Las elites gubernamentales abandonaron el “momento sociológico” y la perspectiva de los actores para recluirse en un insuficiente saber estatal y comunicacional. Despreciar o relativizar los efectos sobre lo social y lo territorial –como sus reconfiguraciones- se terminó convirtiendo en el límite concreto para imaginar la sucesión o continuidad. A esto, debemos añadirle aquellas transformaciones culturales (consumo, autoreflexión posmoderna, individuación, etc.) operadas por la globalización que no fueron materia de análisis de la subjetividad contemporánea sino que la misma globalización fue reducida a una suerte de agenda geopolítica.

Cristina y el propio kirchnerismo intervinieron sobre la realidad como un “gobierno de emergencia”. Trabajaron como si el 2001 estuviese presente en cada momento, como si esa memoria podría formatear todas las acciones, como si el Estado fuese el único actor en pie. Nadie –a lo sumo un actor con excesivo poder- podría trabajar con esas memorias en momentos en que ellas son evanescentes, liquidas y –en algunos casos- no vividas.

Ahora estamos ante otro momento, en el presente mismo. Un Frente para la Victoria sin Estado y con “mucha sociedad” a su alrededor. Hoy como fuerza política esta reducida y como propósito renovador dejó de existir. Ahora, vendrán los reacomodamientos políticos y lexicales. Vendrá la lucha por el futuro de lo que deja el kirchnerismo. Inclusive, lo que quede de él deberá luchar con la memoria de su paso por la estatalidad. La política volverá, pero no sabemos que harán los actores y los ciudadanos. Hoy eso es futurismo. El “volveremos” de los 70-80 o la imaginación de una ola que vuelve por sus fueros o que vuelve a cuidar la espalda de los “vulnerables” parece perimido. Sobre todo, porque parte de esos que quiere proteger optaron por el macrismo. El “milagro político” –casi, un “sandinismo espiritual”- ha concluido. Pero a diferencia de otros procesos, nadie tirará las estatuas, los nombres y panteones del kirchnerismo. En parte, el liberalismo y la moderación han triunfado en casi todo el arco político.


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Scioli hizo una gran elección. Perdió por poquísimos puntos frente a un candidato al cual le otorgaban mayores distancias numéricas. Scioli + la efervescencia social y ciudadana acortaron el camino, generaron una escena de movilización social que desbordó el “aparato” kirchnerista y a la propia presidenta. Cuando el candidato oficialista se reconcilio con la necesidad de cambio de algunas políticas oficiales logró repuntar. Scioli fue más cuando se alejó del kirchnerismo duro. Cuando gesticuló una distancia. En el camino electoral debió aceptar que el clima electoral se había modificado, que las políticas públicas no reemplazaban o sustituían mecánicamente expectativas e imaginarios sobre la vida cotidiana y sobre el universo político. La inflación, el cepo, la fatiga cultural al liderazgo de CFK y ciertas imposibilidades de ahondar el consumismo hicieron que lo privado –lo íntimo- se imponga frente a ciertas políticas públicas. El territorio –el centro del país, como una parte importante de la Provincia de Buenos Aires- y lo privado (el deseo intimísimo de los gustos) se rebelaron. Lo privado –que clamaba en el desierto y en la charlas de timbrado- apareció con un porcentaje importante. Lo que parecía “tilinguearía” emergió. Ahora en acariciando el poder nada es tan sencillo para el vencedor. Cambiemos deberá lidiar con un espacio de votos y voluntades no menores, con capacidad de acción en diversas instituciones y con cierta capacidad de movilización social. A su vez, deberá lidiar o aceptar algunas de sus fronteras culturales que integran el imaginario político argentino, como con el reacomodamiento del peronismo. Si Scioli logra aglutinar todos los recursos que deja el kirchnerismo (intendentes, gobernadores, senadores, diputados) podrá convertirse en un importante referente de la oposición y si no se embarrará en una interna post oficialista con el propósito de redefinir un futuro liderazgo. En esa lucha estará anotada la actual presidenta, la cual pugnará por ser ungida o se auto-ungirá en jefa de la oposición. Ella se reserva para sí la “memoria de los logros”. Sergio Massa y De la Sota también poseen aspiraciones de intervenir o de “llevarse algo” del alicaído Frente para la Victoria.

La oposición al macrismo está en construcción. No hay nada predeterminado. Las elecciones establecieron fronteras móviles entre ambas coaliciones y ello puede desarmarse. Lo que si queda claro, que la tan esgrimida “épica partisana” de un sector del oficialismo hoy tiene poco efectividad si buscan una mayor legitimidad social. Solo una prudente real politik –una vuelta a la alta política- puede organizar los recursos institucionales y legislativos que deja el kirchnerismo y establecer acuerdos, bloqueos y presiones al nuevo oficialismo.

III

Macri no es el jefe de un partido de globos. La relativización de su fuerza y de su estética es parte de todo eso que no “vimos venir”. Redefinió la idea de cambio y la colocó en lo más íntimo de los deseos individuales de los ciudadanos. Logró muchos votos y movilización festejante en las calles. En definitiva, el PRO y sus aliados pueden aspirar a convertirte en una fuerza política en serio y con posibilidades de futuro. Interpelaron y delimitaron una subjetividad que ahora se enfrentará al momento de la gobernabilidad. Gobernar un deseo que busca ser conducido pero no intervenido ni significado en exceso por la política. El PRO ganó, leyó o se acomplo a las corrientes de opinión. Ha logrado articular un gran “corredor de poder” integrado por Nación, Provincia y CABA. En su acuerdo con la UCR ambos ganaron, pero si Macri aprovecha su envión y recrea una significativa adhesión el radicalismo se encontrará como otras tantas veces ante el problema de su “identidad”. Hoy son socios, mañana podrían ser los arrendatarios perpetuos de una estructura.

El nuevo presidente deberá construir gobernabilidad en territorios –como, el legislativo o provincial- donde no cuenta con grandes apoyos. Por ejemplo, la mayoría de senadores y gobernadores no son propios. Inclusive, su triunfo por escasos puntos limita –si comprende el voto del FPV- algunas de sus ansiadas medidas económicas. Las “gradualiza” el imperio mismo de la coyuntura. A su vez, deberá apelar a la real politik para establecer acuerdos con gobernadores y apoyos en el Senado. O bien, establecer políticas o “escenarios de victimización” que aumenten su legitimidad social y que -en última instancia- terminen presionando a dichos gobernantes y legisladores. Por ahora, esto es del rango de la pura especulación, pero todas las estrategias pueden ponerse en marcha para gobernar.

Donde no aparecen ambigüedades, en principio, es en el plano regional. En el país donde se “enterró” el ALCA triunfó una derecha moderna y eso le da cierto margen simbólico al macrismo para impugnar a un chavismo que soporta grandes dificultades económicas y una posible derrota de su mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. Macri busca optimizar sus posibilidades y expandir una derecha asociada al cambio y al “si, se puede”. Un mantra repetido tanto por demócratas norteamericanos o por el Podemos español. Su triunfo impactó en las diversas oposiciones a los gobiernos de izquierda de la región y obligará a varios países de la región a pronunciarse cuando busque imponer la cláusula democrática en el Mercosur. El gobierno de Dilma y el de Tabaré conviven con espacios y aliados que estarían dispuestos a acompañar al nuevo presidente argentino. Macri sabe que el “chavismo” es una “Bastilla” para las derechas y, por ahora, aprovechando su estrella y su medalla de victorioso invita a tomarla.


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