01 / 05 | Cultura, Sociedad

FLORES EN LAS GRIETAS DE SARANDÍ


Entre el 81 y el 84, a las cinco y cuarto de la madrugada mi papá iba a buscarme a la pieza que daba a la esquina. Sacaba la barra de madera barnizada que había encargado a un carpintero para evitar que me cayera desde la altura de la cama cucheta -yo dormía arriba, mi hermana abajo- y la dejaba apoyada entre el espacio del placard y la pared. Después de sacar esa muralla interpuesta entre mi cuerpo y el vacío susurraba las dos primeras silabas de mi nombre, silvi, silvi, para despertarme un poco pero no demasiado, y me alzaba a upa para llevarme a dormir con mi mamá. Me pasaba de cuarto y de cama. Me acostaba en el lugar que había dejado vacío con su temperatura corporal en las sábanas. Una costra de calor. Temperatura que heredé. En cambio mi mamá tenía el cuerpo frío, especialmente los pies que parecían dos cubeteras recién sacadas del freezer. Ella se daba vuelta y me abrazaba. Una nena y su mamá, tan simple como eso. Mi papá se iba a trabajar a las cinco y media. En invierno todavía era de noche, en verano la hora en que empezaba a clarear.

A las seis y media mi mamá se levantaba y la despertaba a mi hermana, la vestía con el jumper gris y el blazer bordó, la peinaba y le hacia una colita en el pelo bien tirante antes de prepararle el desayuno y acompañarla hasta la puerta del colegio de curas a siete cuadras de casa. Después se iba directo a hacer los mandados: primero a comprar flautitas a la panadería “París” que le regalaba a sus clientes una bolsa de arpillera con la torre Eiffel estampada; al almacén de Marcelo y Josefa; y por último las verduras cuya compra pivoteaba entre la verdulería del Tano y los puestos de una feria a ocho cuadras de casa. No había minimercados, supermercados ni hipermercados en el Sarandí de los ochentas, un barrio que parecía regulado por la idea aristotélica del orden natural según el cual cada cosa tiene un lugar al que tiende: las galletitas en las latas de la despensa que se vendían de a cuarto, la lechuga en los cajones a la calle, el pan horneándose en el fondo de la panadería. Nada aglutinado, todo separado por género y especie.

En la habitación de mis padres, arriba del respaldo de la cama había una figura de un cristo colgada. Era de yeso pintado, no era plano sino en relieve. Era un cristo que proyectaba una mirada entre severa y parca. Cuando me despertaba en esa cama casi todas las mañanas y estaba sola porque todos se habían ido, me agarraba pánico de cómo me miraban esos ojos pintados con acrílico y me levantaba corriendo, abría el postigo de la puerta de calle cerrada con llave y empezaba a gritar auxilio, auxilio, con el corazón que me latía como un bombo. Un día una vecina que pasaba se quedó del lado de afuera del porche de casa tranquilizándome hasta que vino mi mamá llena de bolsas de compras y le contó en voz baja mi ataque de nervios; otra vez agarré un martillo de la caja de herramientas que estaba en un cuartito y empecé a pegarle a la puerta. Hizo ruido porque era mezcla de hierro y chapa, pero ni se abolló.


Trataba de no entrar sola a la pieza de mis padres o de entrar rápido sin mirar a la pared. Una vez abrí la puerta y me encontré a mi papá hablándole de cerca a ese cuadro mientras tocaba el borde del marco, tan concentrado que no se dio cuenta de que yo lo estaba mirando. Le había puesto unas ramitas con hojas. Me pregunto qué le decía. Me pregunto si cuando uno es chico puede esquivar el miedo a que los padres no vuelvan nunca más una vez que salieron, y si puede entender todas las cosas que hacen, todas las secuencias en que uno los encuentra, hablándole por ejemplo a una imagen religiosa de cerca, o regando de silencio y gestos minimalistas la planta familiar. Todos vimos cosas raras en nuestras casas. Todos somos un poco esas cosas raras que vimos.

En el 85 ya había crecido un poco, cumplido algunos años, mi hermana se había ido a dormir a un cuarto nuevo y yo seguía en el de la esquina pegada a la cocina que él usaba para desayunar antes de irse y desde la que se veía la parada del colectivo que se tomaba hasta la parada del otro que lo llevaba a su trabajo en Costanera Sur. Cuando alguna de esas noches me despertaba por el ruido del jarro de loza en el que calentaba leche o por la barrida que le pegaba al piso antes de irse, me levantaba y lo espiaba esperar en la esquina el 271. Me angustiaba que el colectivo tarde, sentir que no estaba muy abrigado, que tenía que ir a colgarse de unas torres para soldar, que ese trabajo tenía la etiqueta de insalubridad, que las várices en las piernas, várices como cordones, tuvieran que ver con que hacia su trabajo la mayor parte del tiempo parado. Me angustiaba que fuera a trabajar, en parte, por mí.

¿Qué lleva a un hombre, qué lleva a una mujer a trabajar toda la vida por otros, cómo no enloquece, no se manda a mudar, de dónde saca las fuerzas para sostener a su grupo, a su legión, a su cría? Pude empezar a lijar la culpa cuando un psicólogo al que le conté que me hacía mal poder estudiar filosofía mientras mi viejo hacía un trabajo físico de 10 horas diarias me contestó que la deuda con los padres se paga con los hijos. No tuve hijos y entonces es más difícil cerrar el círculo, pagar el tributo. Después entendí que los hijos son un nombre genérico para cualquier otra cosa que quisiera y pudiera hacer más o menos bien, con amor y delicadeza.

Me compraba Coca Cola, me llevaba a los kartings los fines de semana, se quedó toda una noche sin dormir con la mano puesta en mi mejilla porque tenía fiebre y dolor de muelas, nos hacía regalos que le costaba pagar como un metegol para una navidad y repartió parte de la plata que le dieron cuando se jubiló entre mi hermana y yo. Nunca se cansó de levantar la piedra. Pero muchas veces cenaba solo en la otra cocina mientras nosotras tres comíamos juntas o se enojaba si le comprábamos un regalo para su cumpleaños o se desentendía de mí cuando viajábamos en el colectivo y se sentaba en un asiento distante.

No soy como mi papa, trato de esquivar levantar la piedra todos los días y me suelo tomar en serio lo que no me pagan. Tal vez sea un poco por lo que dice Richard Ford en Flores en las grietas: “Quizá mi aparente actitud de flojera provenga del hecho de haber tenido padres de clase obrera que trabajaron como esclavos para que yo pudiera tener una vida mejor que la de ellos, para que no tuviera que trabajar tanto, y mi vida es justamente un tributo a su éxito”

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5 Comentarios

  • Hernán says: 1 mayo, 2015 at 16:13

    Me gusta esta historia. Ya la había leído antes, en parte. Debe ser que algunas historias son recurrentes.

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  • pantanopropietario says: 3 mayo, 2015 at 23:27

    Reblogueó esto en El sueño del pantano propioy comentado:
    Un lindo texto de una escritora de Sarandí, Silvina Giaganti.

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  • Susana says: 5 mayo, 2015 at 00:24

    Hace mucho que no leìa algo tan bello. Viajè en el tiempo como nunca antes. Sencillo y profundo, como todo lo que nos llega desde el corazòn. Felicitaciones y Gracias!

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  • Esther says: 8 mayo, 2015 at 19:03

    Qué placer leer un relato que no puede dejarse de leer hasta llegar a la última palabra, y al llegar a la última palabra no puede hacerse otra cosa que iniciar de nuevo su lectura, despacio, degustando cada frase.

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  • alejandro says: 4 julio, 2015 at 16:29

    me hiciste lagrimear, gracias!!

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