17 / 05 | Política, Uncategorized

EXCAVANDO EN LA REVOLUCIÓN LIBERTADORA


Según la compleja mitología mexica a partir de las reformas de Tlacaélel el sacrificio era el recurso humano para salvar al Universo de su destrucción. Así, con la ofrenda de sangre inocente se aseguraban la sobrevida del Sol y con ello la vida misma. Esto implicaba, básicamente, que todo el equilibrio cósmico dependía de la consecución de almas y, de no poder hacerlos, el peligro era inminente. Esto, desde ya, les planteaba a los aztecas el problema de conseguir el insumo fundamental para tal entuerto, los futuros sacrificados. De Los sacrificos como práctica social estaban entonces condenados a mostrar rendimientos decrecientes, como bien supo leer Hernán Cortés. La maquinaria violenta que debieron montar los aztecas para avanzar consiguiendo humanos que se dejaran matar para calmar al sol pudo ser efectiva al principio para su expansión, y lo fue, pero los condenó a una búsqueda un poco glotona que los empujaba cada vez más afuera de su zona de confort Imperial. En esa clave sacrificial bien podrían leerse varios de los desafíos que enfrentaron los distintos proyectos no peronistas desde 1955.

En efecto, no hubo vírgenes precolombinas en los fusilamientos de León Suarez, ni María Estela Martínez puede ser considerada una Malinche, y mucho menos se nos podría ocurrir asemejar a un Arturo Jauretche y sus sonseras con un Fray Bernardino de Sahagún y sus descripciones, claro está. El punto tiene más que ver con algo que parece estar pasándole ahora al Macrismo y es el problema de montar expectativas de rentabilidad sobre algo condenado a tener márgenes de ganancia cada vez más decrecientes. Para David Ricardo, se sabe, el problema fue con la tierra y su productividad, para la pléyade de proyectos que se intentaron luego de la Libertadora hasta ahora, el problema pasa por pensar que las tensiones de la economía nacional se solucionan solo con diseminar el odio al Tirano Prófugo en la sociedad.

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Algo de esa esencia puede verse estas últimas semanas donde se han transmitido desde casi todas las plataformas posibles las imágenes de las excavaciones en las propiedades de Lázaro Báez buscando sus bóvedas. Cada procesamiento que cae sobre Cristina Fernández, como el del viernes dispuesto por el juez Bonadío, es consumido con una pasión revanchista. Las sucesivas causas judiciales que involucran a funcionarios del kirchnerismos han permitido a los críticos montar un operativo Mani Pulite, por ahora más efectivo en lo performativo que en lo forense. En las usinas de Cambiemos parece que la idea es aprovechar esta alta exposición de la Ruta del dinero K para cruzar el desierto macroeconómico de estos meses. Verla presa a la ex Presidenta será así casi como maná para el pueblo hambriento. Aquella apuesta fue expresada por funcionarios de Cambiemos (Marcos Peña o más explícitamente Jorge Macri), para señalar específicamente que la gente “se va a bancar más apretarse el cinturón si ve presos a los que se la llevaron toda y produjeron este desastre”. Dicha idea rectora, más allá de la discusión profunda sobre el tempo de las reformas macristas y las tensiones de la economía que evidentemente dejó el kirchnerismo, resultan de una audacia política que por momentos parece teñirse de ingenuidad. En una Argentina que desde la segunda mitad del siglo XX tiene una economía con un comportamiento muy marcado por la puja sectorial, el odio a los tapados de piel de Evita y sus sucesivas copycat, duran hasta la primera indexación tarifaria o la siguiente paritaria mal cerrada. Repasemos con el ejemplo madre, el gobierno de Aramburu.


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La Revolución Libertadora, hizo del fin del gobierno de Perón una jacquerie aristocrática en contra del dictador y su troupe y que tuvo su correlato en lo económico con el célebre Plan Présbich. Este fue un descarnado análisis sobre el atraso de la economía política del proyecto peronista y su incapacidad de insertarse en el mundo (dado que Perón no había querido sumarse a la multilateralidad surgida de Bretton Woods). Sus críticas iban dirigidas con lucidez a las tensiones que había producido el formidable aumento del salario real durante el peronismo y su falta de correlato en la inversión y la inmovibilidad del crédito en los bancos por los famosos redescuentos del Banco Central. El diagnóstico de Presbich daba en el clavo y de hecho el propio peronismo era consciente de esos desajustes y ya había realizando bajo la administración de Gómez Morales algo parecido a un ajuste clásico. Ahora bien, esa interesante mirada de las políticas económicas perdía sus matices a la hora de vincular estos problemas con la corrupción y demagogia peronista. Para los libertadores casi que iban de la mano la perfidia del Nerón argentino con los problemas económicos argentinos. Así, solo con lanzar la caza de brujas sobre el peronismo se iba a mejorar el estado de la Nación. Esto desde ya que no fue así y la economía política de la Libertadora resultó bastante menos espectacular que su antiperonismo con el pase desprolijo de cuatro ministros de economía y algunas medidas aisladas: devaluación, unificación cambiaria e iliquidez y un intento de ajuste de salarios. Sin embargo, las presiones sindicales permitieron revertir esta pauta y en el 56 los salarios subieron al 35% fracasando en el objetivo de dejar los aumentos nominales debajo del aumento de precios. La lección fue obvia pero rígida: la conflictividad social en la Argentina del Stop and Go no se frenaba solo con quemar los ejemplares de los grises libros de lectura que decían “Evita me ama”.

Por supuesto que nunca hay que abusar de los paralelismos, dado que a la vuelta de la esquina se encuentran los temidos anacronismos. Y la sociedad del macrismo (o post kirchnerismo, como se guste) es mucho más compleja que aquella del 55. Sin embargo, mucho de los dilemas que produce la restricción externa todavía persisten y el carácter fuertemente sectorial sigue vivito y coleando. Este es un país donde el más mínimo guiño a cualquiera de los sectores en puja (sindicales, empresariales, grandes corporaciones exportadoras, pequeños productores) siempre trae acompañado una fuerte reacción de los otros. La política económica en Argentina desde 1949 por momentos parece una combinación inestable entre el Tetris y la Ruleta Rusa. En esa línea deben leerse acontecimientos actuales tales como el acto de las CGT y CTA o la firma del acta de no despidos por parte de los empresarios. Y cuando las pujas sectoriales comienzan a irse de escuadra, no hay escándalo judicial que las oculte. Esto, verbigracia, más allá del peso legal que asista a la Jihad judicial contra el anterior gobierno. En esta coyuntura de picos inflacionarios apareciendo mes a mes, ni las fogatas de Moreno y De Vido ardiendo en Paza de Maya podrán desactivar la batalla reactualizada del Stop and Go. Las cosas nunca son tan fáciles en el manejo de la macro y el mercado, al igual que el Sol de los aztecas, suele pedir cada vez más sacrificios.


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