16 / 05 | Política, Sociedad

ESTADO, MOVIMIENTO, CÁMPORA


Ante el recambio de autoridades nacionales, ha cobrado vigor una discusión en torno a qué pasará con las organizaciones sociales y políticas creadas durante el kirchnerismo, y específicamente la atención se concentra sobre La Cámpora, la organización oficial kirchnerista. ¿Alcanza el compromiso de sus militantes para transitar el cambio de gobierno? ¿La pérdida del resorte del Estado predetermina la disolución de la organización? ¿Qué quedará de esta experiencia? Siempre es difícil formular predicciones pero no creo que la discusión pase por si La Cámpora produce o consume poder. Más bien el eje pasa por la lógica política sobre la que se erige y construye si se acuerda con la premisa de que la agencia, en tanto capacidad de decisión y acción, es inescindible a cualquier sujeto social.

Recapitulemos un poco sobre la trayectoria de la organización y su relación con el kirchnerismo. La idea de La Cámpora maduró en 2007 cuando Kirchner, al concluir su mandato, se propuso formar una organización de 500 cuadros políticos para gobernar la Argentina. En términos inmediatos, se proponía renovar los cuadros políticos convocando a una generación que hasta entonces había tenido un rol militante vinculado al trabajo barrial, universitario y de derechos humanos. La Cámpora hizo aparición pública en las carpas frente al Congreso de la Nación en el marco del conflicto por la 125. En esta primera etapa –que se extendió hasta mediados de 2010– funcionó como un espacio de coordinación de intervenciones callejeras de apoyo al gobierno nacional. Otro objetivo motorizaba la organización: generar un espacio en el cual centralizar juventudes que cobraban importancia, como la JP Evita y la Juventud Sindical, entre otras organizaciones.

Esta etapa se interrumpió abruptamente con el fallecimiento de Néstor Kirchner a propósito de la disputa por la conducción del proyecto nacional. Dirigentes de organizaciones sociales promovían la construcción de un Néstor Colectivo. Kirchner no tenía un sucesor natural, había que reemplazarlo en conjunto (la militancia, los jóvenes, los humildes). La Corriente Nacional de la Militancia se auto-asignaba la responsabilidad de organizar a ese líder colectivo. Sin embargo, este propósito chocaba con la conducción de Cristina Fernández. En este nuevo escenario, la estrategia se orientó a poner en juego qué sujetos estaban autorizados para hacer política y quiénes para representar intereses particulares. Ante la necesidad de monopolizar la política y la imposibilidad de reducir la pluralidad del espacio se avanzó en la suspensión de las mediaciones. En adelante, la presidenta manifestaría que tenía un trato directo con los trabajadores y los sectores populares, no necesitaba de las organizaciones para recrear ese vínculo. Un corolario de esta estrategia, fue el fortalecimiento de La Cámpora, ya no como una organización juvenil sino como parte de la élite política kirchnerista, aquella de donde salen algunos nombres para las listas legislativas y para los cargos de gobierno (y quienes, sobre todo, participan de la decisión, el diseño y la lapicera de esos cierres). Aunque la organización mantuviera un amplio despliegue de locales en el área metropolitana (y sobre todo en la ciudad de Buenos Aires), se redefinía su perfil en función de la gestión.


La Cámpora, sus integrantes, tenían una virtud que no tenía ninguna otra organización: podía responder orgánicamente a la jefa, no había ningún dirigente ni tradición que mediara en ese vínculo. La expectativa era una fuerza propia que le respondiera sin ningún tipo de condicionamientos. Esta idea ya estaba presente en una de las principales consignas “yo soy argentino, soy soldado del pingüino”; luego reformulada: “yo soy argentino, soy soldado de Cristina”. La insistencia de una metáfora militar como la de soldado apela, como diría Gramsci, a un conjunto difuso de hombres comunes que integran las bases de una organización siguiendo la disciplina partidaria. Concretamente La Cámpora no tiene pretensiones de construir la doble representación frente al Estado y a los sectores populares que sí tienen organizaciones territoriales y sindicales. Tiene una lógica diferente. La Cámpora representa a Cristina: frente a la sociedad, frente a los medios, frente a la clase política, frente al peronismo clásico de los gobernadores, los sindicatos y las intendencias. Es parte de un dispositivo de poder que se extiende desde el militante de base que espera llevar el Estado a los territorios hasta los dirigentes que forman parte de la mesa chica y que en consecuencia participan del proceso de toma de decisiones estratégicas. La Cámpora no representa de abajo hacia arriba. Sólo lo hace de arriba hacia abajo.

La Cámpora no conduce centros de estudiantes, colegios profesionales, sindicatos o comisiones de base ni mucho menos intendencias o gobernaciones. En este sentido, es esperable que una organización cuyo mayor ámbito de participación es el gobierno vea reducida su capacidad de acción ante el cambio de autoridades.

Sin embargo, aunque La Cámpora como organización desaparezca, el ethos militante que contribuyó a construir quedará como una huella de este proceso. Concretamente me refiero a la discusión sobre el Estado. Una generación, de la que me siento parte, empezó a militar mirando de reojo al Estado y los partidos políticos, con reticencias a participar en instancias electorales o de gestión. Tal vez el mayor aprendizaje de esta experiencia sea que el Estado y, en consecuencia la ocupación de cargos y escaños, constituye un ámbito privilegiado de disputa, allí donde la política se produce.

Foto: Daniel Jayo

 

 


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2 Comentarios

  • […] Ana Natalucci ha escrito que La Cámpora en este sentido asemeja más una agrupación que representa al Estado (delegados de […]

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  • LA PROMESA MOVIMENTISTA DE SCIOLI | Panamá says: 14 septiembre, 2015 at 15:21

    […] al trabajo, para lo cual ambas vienen trabajando desde hace tiempo. Una especie de reversión del proceso de suspensión de las mediaciones políticas ocurrido entre 2011 y […]

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