03 / 10 | Mundo

ESPAÑOLES: EL RÉGIMEN DEL ’78 HA MUERTO


Carlos Arias Navarro, último presidente del Gobierno durante régimen franquista, anunciaba en 1975 el fin de una era que había durado cuatro décadas con las palabras “Españoles, Franco ha muerto”. Tras otros 40 años, la Constitución democrática ha caducado.

El domingo Cataluña realizó su anunciado referéndum, ilegal aunque legitimado en cierta medida por la represión del Estado central, para definir su independencia de España. Lo hizo en condiciones totalmente anómalas y sin garantías. Pero poco importó. La votación era un símbolo, y el símbolo aconteció, empujando a la sociedad española en su conjunto hacia un abismo.

La jornada dejó como saldo casi 900 heridos, dos ganadores y una Constitución obsoleta. El llamado Régimen del 78, aquel acuerdo de convivencia de los españoles fruto de la Transición tras la muerte de Franco, hoy se ha terminado.


Aun así podría decirse que tanto Puigdemont como Rajoy lograron sus respectivos objetivos. A pesar del golpe de gracia asestado al pacto de Estado, ambos acabaron reforzados en su posición. Veamos.

"El llamado Regimen del ´78 , aquel acuerdo de convivencia de los españoles fruto de la Transición tras la muerte de Franco, hoy se ha terminado."

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El objetivo del independentismo era desgastar y exponer al Gobierno español, sumar adhesiones, y sobre todo, acabar en una declaración de independencia. Y funcionó. Con una movilización masiva consiguió realizar —a medias, pero con la épica del “simplemente queremos votar”— una consulta que desde Madrid se advertía nunca ocurriría. La imagen de la policía vaciando urnas en la basura no hace sino alimentar esa épica demócrata, y seguramente hoy hay más independentistas que el sábado pasado —a lo que se suma una comunidad progresista internacional horrorizada.

Por el otro lado, el propósito de Rajoy era evidenciar que quien manda es él, amparado en la ley y el derecho, respaldado por sus socios de la Unión Europea y exponiendo la desobediencia catalana como inadmisible. Demasiados españoles, muchos realmente, no toleran el desaire de Cataluña ni sus modos. Presumiblemente Rajoy también cuenta hoy con más votantes que hace unos días.

Eso sí, la postal de una población pacífica siendo reprimida al intentar votar es una imagen muy incómoda para un país de Europa Occidental. Rajoy ha jugado al límite. Cuenta con el respaldo absoluto de Merkel y Macron, que es lo que más le importa, pero el problema ahora ha trascendido fronteras. La Comisión Europea reprochó el uso de la violencia y el escenario actual hace pensar que la UE tendrá que adentrarse en un asunto que hasta ahora era netamente español.

Una España dividida experimenta su propia grieta. Las peleas por whatsapp y redes sociales se multiplican. Las desconfianzas crecen, los odios se ensanchan. Se trata de la mayor fractura social e institucional de toda la democracia española, un país desacostumbrado a estos niveles de confrontación. El del domingo ha sido el paso definitivo hacia un agrietamiento irreversible. La convivencia ya no es viable en estos términos.

"Presumiblemente Rajoy también cuenta hoy con más votantes que hace unos días."

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Capítulo aparte merece la actuación de los Mossos d’Esquadra, la policía de la Generalitat de Catalunya. Se esperaba con expectativa si acatarían al Gobierno central o si su identidad catalana pesaría más. Finalmente, si bien los Mossos cerraron algunos colegios electorales, solo lo hicieron en pocos casos, a destiempo y cuando no existió la necesidad de utilizar la violencia. Desobedecieron la orden de cerrar todos los colegios antes de que abrieran, y esa inacción desembocó en fuerzas españolas chocando contra civiles. incluso se dieron algunas escenas de confrontación y tensión entre las fuerzas autonómicas y las nacionales.

Mientras los Mossos son ahora aclamados como héroes en Cataluña, esta semana pudimos ver como cientos de españoles despedían a las fuerzas policiales que se dirigían hacia Cataluña entre banderas y vitoreando “¡a por ellos!”. Basta recorrer un poco por España y entablar conversación con algunas personas sobre la cuestión catalana para comenzar a escuchar todo tipo de rencores y ofensas contra un pueblo al que se lo quiere poco, se lo acusa de tener aires de superioridad y de egoísmo, al que se le reprocha rigidez en el uso de su lengua y al que, aún así, se le impone la permanencia en España. Recuerda un poco a esa exnovia que ante sistemáticas peleas negaba de cuajo —totalmente enfadada— cualquier sugerencia de separación. Una especie de síndrome de Estocolmo inverso.

Algunos de los grandes medios gozaron al son de las cachiporras del domingo. Catalanes independentistas sangrantes es un viejo sueño del sector más rancio de España.

“Los catalanes queremos separarnos porque tenemos una mirada alterada sobre nosotros mismos: nos creemos suecos, pero somos tan napolitanos como el resto de España” me decía con culpa un querido economista nacido en Barcelona. Cierto es que, pese a ciertos modos nórdicos, la corrupción en la Generalitat no tiene nada que envidiar a la del resto del Mediterráneo. Pero no menos cierto es que la cultura catalana resulta algo más refinada que la castiza, poseedora de aquello que llaman “el seny catalán”, traducible al castellano por “sensatez”, “cordura”, “sentido común”. Ellos lo saben (y eso también jode).

"El Procés es un artefacto diseñado para perpetuarse. Una máquina que da de comer a Rajoy en España y a las fuerzas independentistas dentro de Cataluña. Un pacto perfecto en términos electorales entre Generales enemigos."

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Muestra de ello es el alto grado de civismo exhibido estos días. Una buena parte de la población defendió pacíficamente la consulta más allá de cuál fuera su voto. Pese a la posición intransigente del gobierno central, la sentencia del Tribunal Constitucional y la represión del domingo, esa gente ha puesto el cuerpo pasivamente para realizar la votación. La organización del referéndum movilizó fuertemente a un sector de la población civil, la cual militó a altos niveles: escondiendo urnas en casas durante la previa, durmiendo en los colegios electorales la noche anterior, haciendo rondas en coches para hacer de campana y alertar la presencia de la policía durante el domingo, y como epílogo, recibiendo los golpes con resistencia no violenta. Cuesta creer que no haya habido una sola respuesta desbocada a pesar de los excesos policiales.

El ‘Procés’ es la forma de referirse a los hechos que se han ido desarrollando desde el año 2012 con el objetivo de lograr el derecho de autodeterminación y la independencia de Cataluña.

Una pulseada política entre dos bandos que, en nombre de la democracia, unos han impedido a millones votar y otros han incumplido la ley.

El Procés es un artefacto diseñado para perpetuarse. Una máquina que da de comer a Rajoy en España y a las fuerzas independentistas dentro de Cataluña. Un pacto perfecto en términos electorales entre Generales enemigos.

En el último año el independentismo había perdido más de 6 puntos porcentuales de apoyo, declarándose en el pasado junio como pro-independencia sólo el 41 % de los catalanes consultados. Las cifras son del propio Centro de Estudios de Opinión (CEO), dependiente de la Generalitat de Catalunya.

Para entender la baja habrá que pensar entre otras cosas en la recuperación económica de España. El país crece entre el 3 y 4 por ciento de su Producto Bruto Interno desde hace 2 años —y repetirá en 2017—, tras haber padecido fuertemente el golpe de la Crisis de 2008. Cabe destacar que Cataluña representa casi un 20% de ese PBI. La crisis había sido una buena fábrica de independentistas.

"El país crece entre el 3 y 4 por ciento de su Producto Bruto Interno desde hace 2 años "

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Aquella encuesta citada vaticinaba una participación del 67,5 % en el referéndum (finalmente fue del 42%), lo que evidenciaba la existencia de un consenso amplio a la idea de la consulta, incluso entre quienes no deseaban la independencia.

Un chico fue a votar envuelto en una bandera española y fue aplaudido por la masa secesionista. Quien en otros momentos hubiera sido visto como enemigo de la independencia se tornó este domingo, obra del gobierno de Rajoy, en un sorpresivo aliado de los separatistas al defender todos juntos el derecho al voto. En pocos días más, sin embargo, tras la inminente declaración unilateral de independencia de Cataluña, los votantes del NO y los del SI volverán al ser bandos contrarios y fuertemente enfrentados. Muy pronto, el capital emocional obtenido el domingo por parte de los líderes del Procés será aniquilado por ellos mismos al declarar un independencia totalmente ilegítima e imposible de ejecutar en estos términos.

Pero el paso ya está dado y el escenario ahora es incierto. Nadie sabe cómo acaba esto y ninguna hipótesis puede ser descartada. Lo único seguro es que la etapa de la democracia constitucional iniciada en 1978 ha llegado a su fin. El actual escenario impone nuevos acuerdos.

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Probable es que, tras la declaración de independencia, el Parlament catalán convoque a unas elecciones, planteadas como plebiscitarias, otra vez, para iniciar la desconexión y un proceso constituyente ficticio.

Y es factible también que Rajoy, ante las dificultades con las que se encontrará en la oposición, de igual modo convoque a elecciones anticipadas en busca de mayor legitimidad popular para actuar.

Pero el Gobierno central también podría apelar al artículo 155 de la Constitución y “adoptar las medidas necesarias para obligar” a la comunidad al “cumplimiento forzoso” de sus obligaciones eludidas. Para ello necesita la aprobación del Senado y el PP tiene allí mayoría absoluta. No hay antecedentes de algo así. Ese, quizás, podría ser el peor de todos los escenarios.

 


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