03 / 06 | Economía

ES LA ECONOMÍA, ESTÚPIDA


En Argentina, las mujeres ganamos 27% menos que los varones y en algunas provincias la brecha de salarios llega al 65% (Misiones, Salta, Santa Cruz). Este fenómeno se replica a lo largo de todo el mundo, en Japón la brecha llega al 36%, Alemania 22%, Brasil 24%. Según los especialistas en el tema, aún considerando las políticas que se han puesto en marcha en algunos países, la brecha recién podría cerrarse hacia 2086.

Algunos sugieren que es una cuestión de educación, sin embargo cuando uno se pone a mirar datos y numeritos se encuentra con que las mujeres tenemos mayores niveles de educación universitaria y posgrados que los varones. Sin embargo, a la hora de ascender a alguien en el trabajo, se elige al varón. Los números nos muestran que entre las empresas más grandes de nuestro país, solo el 7% tiene mujeres en cargos de CEO y que además, la brecha salarial entre estos trabajadores y trabajadoras jerárquicos es del 40%. Este fenómeno se llama “techo de cristal“ y alude a esta situación que limita el ascenso de mujeres por mecanismos invisibles.

Otros sostienen que las mujeres se valoran poco o no negocian bien sus salarios y por eso aceptan peores condiciones de empleo. Este argumento es una versión aggiornada de algunas ideas liberales que suelen considerar que los trabajadores “deciden“ si trabajar o no, “eligen“ sus niveles salariales, “optimizan“ sus decisiones de trabajo y ocio como si fueran condiciones matemáticas y teóricas de algún reino imaginario de la justicia económica divina. La solución desde este punto de vista quizás venga de la mano de algún libro de autoayuda a la mujer moderna o un kit de supervivencia laboral que incluya calculadora salarial, pastillas para la confianza y un buen abogado.


Otra excusa que se escucha por los pasillos de las empresas, fábricas o comercios es que no conviene contratar a una mujer porque va a embarazarse y dejará su trabajo al menos los tres meses que dura la licencia de maternidad; o bien la mujer va a tender a ser más “faltadora” porque si su hijo se enferma será su prioridad. Pocos piensan esto a la hora de contratar a un varón, se asume que el padre de la criatura estará 100% volcado a su rutina laboral, lejos de las demandas hogareñas. Lamentablemente este prejuicio tiene raíces en la realidad: según los datos del INDEC las mujeres dedican casi el doble de tiempo a las tareas domésticas no remuneradas (limpiar la casa, hacer las compras, cocinar, cuidar niños, ancianos y enfermos, etc.). Es decir, las mujeres tienen una doble jornada laboral: una fuera de la casa y la otra dentro de ella.

Los números nos muestran también que a medida que hay más niños en el hogar las mujeres dejan de trabajar: cuando no hay niños la participación en el mercado de trabajo es del 54% y cuando hay más de un menor baja a 39%. Esto viene de la mano con un montón de mecanismos que dan espacio a que este sistema se reproduzca. Gran parte de las mujeres trabajadoras tienen empleos precarios y no cuentan siquiera con la licencia de maternidad de 3 meses vigente en la actualidad (que aún así es menor a la que se estipula como mínimo en la Organización Internacional del Trabajo). La licencia de paternidad es sólo de 2 (DOS) días en nuestro país -la más corta de América Latina-. Pocos lugares de trabajo cuentan con guarderías gratuitas en donde dejar a los niños pequeños, lo que tampoco facilita que ambos padres puedan trabajar. El resultado es que si alguien tiene que dejar el trabajo –como mencionamos arriba– las estadísticas públicas nos muestran que es la mujer.

La mujer que deja de trabajar para quedarse en la casa posterga su futuro laboral, resigna su carrera, deja sus estudios, pierde su independencia económica. En el peor de los casos esta dependencia económica con respecto a su pareja la puede convertir en víctima de distintos tipos de violencia. El ser “ama de casa“ no es ni bueno ni malo, en tanto y en cuanto una mujer pueda optar realmente por este camino y no sea su única alternativa.

Por supuesto la desigualdad se agrava en las trabajadoras de ingresos más bajos y las condiciones de laborales empeoran sustancialmente para el 36% de las mujeres que participa en el mercado informal (sin seguridad social, aportes, licencias de maternidad, etc.). Es así como las mujeres ganan menos que los varones; las mujeres con hijos ganan menos que los sin hijos; las mujeres negras, indígenas y campesinas ganan menos que las mujeres blancas. Y esta situación se replica en todos los niveles de ingresos, desde las trabajadoras más pobres hasta las actrices de Hollywood más famosas.

El machismo está incorporado en las cosas más cotidianas, como en el simple hecho de que no se estipule siquiera una licencia de paternidad para que el varón se haga cargo de sus hijos. Está presente a la hora de organizar las tareas del hogar, que recaen asimétricamente sobre las mujeres, se reproduce en ambientes de trabajo o estudio en donde proliferan los llamados micromachismos (lenguaje sexista, maltrato psicológico, acoso sexual, etc.).

No se trata de una experiencia meramente subjetiva, los datos nos muestran que a la desigualdad que arrastramos (y acrecentamos) entre pobres y ricos en todo el planeta, se le suma la desigualdad entre mujeres y varones.

En cierto modo se trata de ir reconstruyendo nuestra forma de pensar los problemas económicos y políticos a los que nos enfrentamos. Necesitamos la perspectiva de género para comprender el escenario y poder actuar sobre él. Hay países que han incorporado políticas activas que fomentan la igualdad de género y lograron reducir algunas de estas brechas (salarial, de participación, etc).

No es algo que sucede automáticamente, a veces hay una chispa que ilumina nuestra conciencia y nos moviliza, como el #NiUnaMenos en el caso de la violencia de género. Y también sabemos que aún con la conciencia tampoco nos alcanza, necesitamos –hombres y mujeres– organizarnos y luchar por nuestros derechos. La lucha de trabajadores y trabajadoras por mejores condiciones de trabajo es otra de las claves para que el #NiUnaMenos pueda ser una una realidad.

* La autora es doctora en Economía. Su blog: https://economiafeminita.wordpress.com/


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1 Comentario

  • Alunizaje (@alunizaje) says: 3 junio, 2015 at 17:16

    Justo estoy en medio de una discusión donde justifican que la mujer gane menos ya que se corre el riesgo de que tome las licencias por maternidad y se pierda productividad. El argumento es que si su fuerza de trabajo costara lo mismo que la del hombre solo se contratarían a estos para evitar el riesgo. En definitiva, se les haría un favor porq de otra forma quedarían desempleadas.

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