20 / 07 | Lo de siempre, Mundo, Realismo Socialista

ELOGIO DE LA AMISTAD POLÍTICA


 

I

Enero de 1939, Franco afila los colmillos en las puertas de Barcelona. En semanas, la II República será una esquirla más en la historia de España. El escritor Rafael Sánchez Mazas, uno de los ideólogos de la Falange y creadores del himno “Cara al sol”, es trasladado por el bando democrático al monasterio de Santa María del Collell, un monumento eclesiástico perdido en los frondosos bosques del norte catalán que los republicanos utilizan como cárcel. El relato lo recoge el escritor Javier Cercas en esa magistral microhistoria literaria llamada “Soldados de Salamina”. Después de un puñado de días, a Mazas lo cargan junto a una treintena de nacionalistas en un camión. Nadie sabe adónde se dirigen, excepto él: ese furgón va directo a la muerte. Sin atajos. En cuestión de minutos, el poeta se halla en fila con los demás  prisioneros en el corazón del monte. Todos listos para ser fusilados. El general Monroy da la orden y comienza la ráfaga. Van cayendo uno por uno. En medio de la confusión, cuando la muerte se aturde con tantos cuerpos para recoger, el intelectual escapa. No lo rozó ni una bala, está intacto. Los “rojos” lo persiguen. Luego de unos metros, se atrinchera entre unos arbustos macizos. Allí espera confirmar su sentencia o su alivio. Está muy bien escondido, nadie lo encuentra. Pero de repente, bajo la lluvia, los anteojos quebrados de Mazas alcanzan a distinguir –a unos metros– un fusil apuntándole directamente al medio de la frente. Es un AK 47 soviético. Sin pulso, lo sostiene un soldado que araña los veinte años. Ambos tiemblan. Son segundos intensos. Impredecibles. Decisivos. Es un debate profundo entre el dedo y el gatillo. Entre el corazón y la causa. Entre el hombre y el soldado. Entre la vida y la muerte.

II


Noviembre de 1972, las coordenadas señalan Gaspar Campos al 1065, Vicente López. El “boina blanca” mide el cerco. “Supera, tranquilo, los dos metros”, piensa. Y vacila. La duda es doble. Una es física: a los 68 años, ¿está en condiciones de hacer esta maniobra de escalador? La otra, metafísica, se la arrima la memoria. El recuerdo frío de los barrotes de Olmos. La persecución. La censura. La expulsión del parlamento por “desacato”. “Tres veces me mandó a guardar”, susurra y se muerde los labios. El resentimiento avanza a paso firme y lo paraliza. Pero, finalmente, gana la veta impulsiva y pone el pie sobre uno de los ladrillos que sobresalen, se impulsa y pega un salto. Alcanza a trabar su mano con la parte superior de la medianera y trepa lentamente, hasta pasar del otro lado. Objetivo consumado. El esfuerzo le cuesta varias gotas de transpiración en la cara y algunos gemidos en la rodilla. Saca el pañuelo y se limpia; debe estar impecable para el encuentro. Domestica su respiración durante unos segundos y emprende el camino hacia la casona. Su cabeza se puebla de interrogantes: “¿Cómo se saludarán? ¿De qué hablarán? ¿Será ameno el encuentro? ¿En qué rincón de su memoria estarán la Libertadora, el exilio, la proscripción?” “¿Él también habrá elegido la colectora del olvido?” Los titubeos son interrumpidos unos metros antes de llegar a la galería, cuando lo sorprende él saliendo por la puerta trasera de la quinta. Sí, él mismo, en carne y hueso, diecisiete calendarios después. Lo espera con su sonrisa estetizante, el semblante cómplice y los brazos abiertos.  De golpe, desaparecen las vacilaciones y se deja llevar. Los cuerpos se funden en un abrazo que, según el olfato demoscópico del General, resume el sentimiento del 80% de los argentinos. Deolindo Bittel resumirá años después: “Más que un cerco, Balbín saltó un abismo”.

III

Fines de septiembre de 1973, los vestuarios del Estadio Nacional lucen pálidos. Por el piso no hay botines, pelotas, medias ni vendas. En su lugar, hay cuerpos desnudos, heridas infectadas, charcos de sangre y picanas eléctricas. Desde las sombras, los carabineros estrenan un método de tortura bautizado como “Pavo de Arara”: les atan los pies y los brazos a los presos, los cuelgan boca abajo y les dan choques eléctricos en el ano. Miles de chilenos lo padecen. El Mercurio calla, lo secunda el grupo Copesa. También 54 uruguayos sufren la “creatividad castrense”. Son socialistas, comunistas y tupamaros que escaparon de Bordaberry y La Logia de los Tenientes de Artigas. Entre ellos, está el reconocido actor y político Raúl Rodríguez da Silva. Todos tienen las horas contadas. El embajador de Suecia, Harald Edelstam, lo sabe. Y no pierde el tiempo: moviliza todos sus recursos y contactos para evitar la masacre. Presiona –personalmente– a militares, funcionarios y empresarios. En vano: nadie se apiada de los orientales. Pero insiste. Continúa tocando puertas, hasta que da con la correcta y encuentra un militar dubitativo, con un mínimo de compasión. “Será posible mantener su honor, mientras pierde su humanidad”, son las palabras de Edelstam que quiebran la obediencia debida del marcial. El diálogo lo reproduce “El Clavel Negro”, el film de Ulf Hultberg que cuenta la historia del diplomático. Minutos después, todos los uruguayos son liberados. El Clavel les brinda refugio en la embajada sueca. De ahí, mediante un salvoconducto, vuelan al norte de Europa. Otras 1346 almas se salvarán gracias a la osadía del holmiense, que, semanas después, será expulsado del país  por orden del mismo Pinochet. Con la mayoría de los presos no comulgaba ideología ni métodos. El Clavel Negro era un socialdemócrata que aborrecía el olor a pólvora y la prepotencia de los fusiles. Lo suyo era la palabra elocuente, el verbo intrépido: la Diplomacia con mayúscula. Y su frase de cabecera, ese axioma de Emmanuel Lévinas que reza “lo humano del hombre es desvivirse por el otro hombre”.

IV

Enero de 1939, de fondo, se oye la voz de otro soldado: “¿Hay alguien por ahí? ¿Lo encontraron?”. Y el miliciano, bajando el fusil, miente: “No, no hay nadie por aquí”, y se aleja con las pupilas clavadas en Sánchez Mazas. El último ademán es una sonrisa, un esbozo de complicidad. El escritor, asintiendo la cabeza, agradece y respira aliviado. En menos de quince minutos, eludió a la muerte en dos ocasiones. O, mejor dicho, la muerte lo ignoró a él por segunda vez. El rostro limpio del joven miliciano lo acompañará el resto de su vida. No pasará ni un día sin recordarlo, sin buscarlo en la calle, en los diarios, en las verbenas, en los bares: en su misma prosa. Se volverá una obsesión literaria, ontológica, patológica. “¿Qué decían esos dientes amarillos que me enseñó antes de marcharse?” “¿Quién era ese  desconocido que alteró la rutina de la guerra?” “¿Por qué no apretó el gatillo?” Una verdadera amistad puede forjarse en el tiempo, la palabra, el secreto, la sonrisa, el dolor o, simplemente, en el silencio de un extraño.

Peron y Balbin


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