24 / 08 | Cultura

EL PASADO


 

Crecí en Bariloche. Desde ahí todo es una sumatoria de recuerdos que se me vienen a la cabeza desordenadamente. Mis viejos, mis hermanos, mis primos, mis amigos. Las tardes andando en bicicleta por el cerro Otto. La historia del viejo Otto subiendo la heladera en la espalda. Lo recuerdo con barba blanca, quizá de alguna foto, tenía un aire a Buber. Me recuerdo en la bicicleta siempre cuidando de no caerme, nunca bajando muy fuerte por los senderos. Respetuoso ante el terror de lastimarme estúpidamente. Recuerdo los nervios que tenía en ese baile en lo de Martín Cruz porque sabía que iba a dar mi primer beso cuando llegasen los lentos. Mi primer beso lleno de saliva. Salir afuera y escupir. Me acuerdo también como nos matábamos de risa con mis amigos y amigas. Me acuerdo de María Paula meándose encima de risa. Las tarde en casa de Gabriel, en el hotel transformado en casa, entrando y saliendo de cuartos vacíos que parecían laberintos abandonados para tres chicos que no paraban de moverse. Subiendo al techo y bajando de esos cinco pisos por el caño de desagüe. Me acuerdo de jugar a los pistoleros hasta el cansancio con mis hermanos. Y subirnos al techo del quincho del parque de abajo que salía al Nahuel Huapi, y saltar desde ahí a una planta que usábamos como colchoneta. La inconciencia de no pensar ni siquiera en la muerte. Pero recuerdo cuando se murió mi abuelo, de golpe, y que no me dejaron viajar a Buenos Aires al entierro. Mi mamá tampoco estaba cuando se murió. Viajó después. Me acuerdo de ella hablando por teléfono en su mesita de luz y tratando de explicarme después que el abuelo se había muerto. Me acuerdo de su cara, pero más me acuerdo del cuarto y la cortina blanca que dejaba pasar una luz gris. Ese recuerdo es gris, como la muerte. Después me enteré que se murió de cáncer de pulmón. No sabía lo que era el cáncer. A mis otros abuelos les dibujé el nombre del kiosco que pusieron cuando vinieron a Bariloche a vivir cerca de nosotros, y ellos lo pintaron en el frente. Fue mi primera obra fuera de mis cuadernos. Me acuerdo que me dio mucho orgullo y que quería dibujar. Recuerdo la primera vez que escuché Divididos y Soda Estéreo, La era de la boludez y Canción animal, también en la casa de Martín y Carlitos Cruz, que nos llevaba un año. Hoy es Cura. Mi viejo trabajaba en el Hotel Roma, era el dueño junto a su padre y sus hermanos. Estaba ahí mucho tiempo. Le tenía una especie de miedo, me costaba todo frente a él; pero la cantidad de amor que sentía cuando me miraba me volteaba el alma. Mi vieja, psicopedagoga, tenía el consultorio en el estacionamiento de la casa, en el km. 1200 de Bustillo. Trabajaba con chicos más chicos que yo y con adolescentes. Tenía una paciente Down que iba a mi escuela (me gustaría acordarme su nombre). Me enseñó lo frágil que somos. Y lo mierda que somos. La adoraba, y trataba de cuidarla. La recuerdo con su delantal azul, con sus pecas, con unas hebillitas que le sacaban el pelo de la cara. A veces cuando mi mamá no podía buscarnos volvíamos a casa con Amalia, la directora, en un Renault de esos que tenían la palanca de cambios desde el tablero, al lado del volante. Era verde agua. Recuerdo pasar por la plaza y mirar a los perros. Y querer jugar al fútbol. Me acuerdo que me gustaba comer manzanas. Sólo manzanas. Todo el tiempo manzanas. Sin parar. No me gustaba el chocolate, ni mucho las cosas dulces. En mi casa se comía lo que se cocinaba. También me acuerdo que en invierno mi vieja nos traía una tasa de leche con miel antes de dormir. Yo estaba en la cama cucheta de arriba, mi hermano abajo, en la cama de al lado mi otro hermano. No recuerdo si mi hermana había nacido aún o estaba en el cuarto del bebé. La leche con miel de noche antes de dormir era amor. Amor puro. Esquiaba. Todos los inviernos esquiaba: en la escuelita, con mi grupo de esquí, solo, con mi hermano. La nieve es el paraíso; como la montaña. Recuerdo estar en primer año del secundario en la Dante Alighieri y jugar al fútbol con los chicos de quinto. Recuerdo que me decían el ruso y no entendía por qué. Recuerdo que me trataban con desprecio. Recuerdo que siempre tuve la sensación de que eran unos nazis de mierda, cuando aprendí lo que era un nazi. Recuerdo que quería que se mueran por soretes. Me acuerdo de cuando apareció públicamente Priebke. Ahí se resignificó el libro sobre la Shoá que tenían mis viejos en la biblioteca y que de tanto en tanto agarraba y miraba con tristeza y fascinación. Recuerdo que mi judaísmo eran el día en la semana en el que íbamos al schule de Bariloche a estudiar hebreo y los sábados a hacer algunas actividades con los otros pocos chicos judíos de la ciudad. Recuerdo que en el fondo del schule había árboles y que el piso tenía piedritas. Jugábamos al fútbol. Aprendíamos tradición. Recuerdo que mis viejos siempre me dijeron que lo importante era amar a la persona con la que uno quería estar, a respetarla, y no preguntarle por su religión. Jugaba con todos. La gente, era gente. Mis amigos, eran mis amigos. El problema de elegir era un problema de Buenos Aires, no nuestro en el sur. Recuerdo que estaba siempre inquieto, que iba de un lado para el otro. No recuerdo ningún momento de quietud. No recuerdo estar sentado. No recuerdo estar callado. No recuerdo dejar de hace cosas. Dibujaba como loco. Me acuerdo de la primera novela que leí: Tónico y el secreto de Estado. Editorial el Barco de Vapor, naranja. Tenía nueve años. Quizá había leído otras cosas antes, pero esa novela me quedó en la memoria como la primera novela que era mía. Mis viejos me la regalaron a mí, no la saqué de la biblioteca ni de ningún otro lugar. Recuerdo que después leí Mi planta de naranja lima y lloré. Recuerdo los cuentos de Socorro, Ami el niño de las estrellas, y todos los libro de la colección de elige tu propia aventura que leía sin parar. Tenía una biblioteca chica al lado de la cama en el piso de arriba de nuestra casa. Mi cuarto terminaba en un ventanal contra el lago. Recuerdo las noches de tormenta y de nevadas con la luz apagada mirando cómo todo se movía. Recuerdo la nieve cayendo de noche iluminada por la luz de la luna. Es una de las cosas más hermosas que alguna vez pude ver. Me gustaba estar encerrado en el cuarto. Me gustaba pasar horas jugando con mi hermano en el cuarto de al lado a los muñequitos: los de He-Man, los Playmobil, los de los Thundercats. Nunca fui de la generación que jugaba al Lego. No tuve legos en casa. Recuerdo llorar sin para en el cine con Bambi y con King Kong. Recuerdo que mis viejos no me dejaron ver Tango feroz cuando se estrenó en el único cine que teníamos. Recuerdo mi único recuerdo totalmente político: en mi casa votaban al radicalismo, o eso decían, y el día que perdió Angeloz –“el bueno”– todos estaban tristes y preocupados. Recuerdo que hablaban de política, del caudillo de La Rioja. Recuerdo que ese día también hablamos de política en el colegio. Teníamos ocho o nueve años. Recuerdo que en un momento revoleamos las mesas del grado por el aire. Teníamos bronca. Tal vez fue mi primer enojo político porque sí. Recuerdo que en sexto grado viví un año en Buenos Aires y leía los libros de Agatha Christie que me prestaban en la biblioteca del colegio. Después volví a Bariloche para terminar la primaria y empezar la secundaria. Todavía no escribía poesía, ni nada. Leía y dibujaba. Tenía muchos cuadernos. En mi infancia, Buenos Aires era el Mal. Era la ciudad en la que nunca quería estar (aunque quizá en el fondo sentía una fascinación y por eso después ya no me pude ir de acá). Los chicos de mi edad, mis primos, sus amigos, me parecían extraterrestres. No compartía lo que pensaban ni lo que decían (no creo que lo comparta aún). Tenía la sensación de no encajar con lo que pensaban. Preferí seguir en la mía. Cuando crecés en el sur, me parece, aprendés a mirar las miradas y así respondés ante los movimientos del otro. Es como la supervivencia. No me gustaba cómo se miraban los chicos de Buenos Aires. Me gustan las ciudades frías, porque es más inhumano. Me gustaba creer en el hombre, por eso lamento que hoy crea cada vez menos en él. A veces sueño con la inmortalidad. Pero también sé que es un sueño.

Baariloche ET


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