09 / 04 | Cultura

EL GORDO TRISTE

“Por su pinta poeta de gorrión con gomina,
Por su voz que es un gato sobre ocultos platillos,
Los enigmas del vino le acarician los ojos
Y un dolor le perfuma la solapa y los astros.
Grita el águila taura que se posa en sus dedos
Convocando a los hijos en la cresta del sueño,
A llorar como el viento, con las lágrimas altas
A cantar como el pueblo, por milonga y por llanto.”

(Horacio Ferrer)

Hubo un tipo que creó y dirigió una orquesta que fue escuela de varios músicos, desde Piazzolla a Goyeneche, pasando por Garello, Rivero, Baffa y tantos más. Podría decirse que el sonido de esta orquesta fue lo más cercano al “sonido” del tango, el más standard, algo así como el Ford Falcon de la música de Buenos Aires. Hay que escucharla con la oreja adiestrada para encontrar y saborear esos arreglos sutiles, siempre delimitados por su convencimiento de que su música debería ser más para bailar que para escuchar. De las decenas de arreglos que le acercaban dejaba sólo una ínfima parte y luego los arregladores reconocían que había dejado los correctos. Si hasta Piazzolla dijo una vez en broma que cuando componía en colaboración con Troilo: “Yo escribía y él borraba…”.


Pichuco puso todo el empeño en proteger con devoción su propio sonido, quería que su orquesta sonara a Troilo, no a Galván, a Piazzolla, Garello, o al arreglador de turno. Eso no le impidió aprender de sus músicos. Como en ese ensayo de “Madreselva” cuando le marca a Nelly Vázquez que donde dice “Así aprendí” debe ser suave y ella responde “creí que era forte”, “yo también lo creí”, le remata el Gordo, demostrando su capacidad para corregir sobre el pucho. ¿Quiere usted saber cómo se logra que una orquesta logre una personalidad y sonidos que la distingan del resto? Acá tiene las pistas.

"Cuando el cantor agarra el micrófono los músicos hacen cuerpo a tierra"

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Hay una máxima suya que define su mirada del ensamble entre la orquesta y el cantante: “Cuando el cantor agarra el micrófono los músicos hacen cuerpo a tierra”. He aquí un ejemplo de sabiduría para manejar al conjunto, señalando a fuego las prioridades en cada momento. Pero hay también otros elementos que explican el fenómeno Troilo, como cuando escuchó a músicos de su orquesta ensayando arreglos complejos y les dijo: “La gente paga para bailar, no para escuchar”. Es la tensión entre lo popular y el refinamiento que el tango sufría, su lenta salida de los salones de baile al café concert. En sus memorias, recopiladas por Natalio Gorín, Astor Piazzolla dice que si Troilo hubiera tenido una cultura musical mayor no se imaginaba hasta dónde podría haber llegado. Un juicio a todas luces discutible porque esa tensión entre calle y biblioteca sigue siendo una constante en toda expresión artística popular. Troilo tenía lo justo y necesario para ser original y único. ¿En dónde podría haber aprendido más? Se puede aprender a ser un gran técnico o un burócrata del instrumento pero eso va por un camino muy distinto al que desandó el Gordo. Si hasta el propio Astor, cuando fue a estudiar con Nadia Bulanger buscando formarse como músico de academia, escuchó la sentencia tajante de la profesora quien luego de pedirle que interpretara un tango le dijo: “Lo tuyo es el tango, ahí suena Piazzolla”.  Pero no se trata de discutir con Astor, que amó a Troilo quizá más que ningún otro músico, sino de redimensionar la importancia histórica del Gordo como simiente, como columna vertebral del edificio del Tango. Ha contado Tania que Discépolo le dijo una vez: “Por favor, no hagas nada más, no hagas nada más, que ya lo hiciste todo”

“Del brazo de un arcángel y un malandra,
Se va con sus anteojos de dos charcos
A ver por quién se afligen las glicinas.
Pichuco de los puentes en silencio.
Por gracia de morir todas las noches,
Jamás le viene justa muerte alguna.
Jamás le quedan flojas las estrellas…
Pichuco de la misa en los mercados.”

Su orquesta de los cuarenta no se parecía a la de los cincuenta y mucho menos a la de los sesenta. Fue esa evolución la que la situó en el punto de partida del tango moderno. Para Garello, que fue su arreglador desde 1963, “no había una nota de más ni una de menos, un maestro de los silencios, de la pausa y enemigo de los virtuosismos”. José Colángelo, su último pianista le preguntó alguna vez qué hacer con un solo que tenía preparado y la respuesta fue “Usted tiene, ponga”, de ahí que para él “todos los pianistas pudieron hacer lo que querían y sin embargo Troilo nunca dejó de ser Troilo”. En este punto no se puede esquivar cierto parangón con Duke Ellington, quien le daba total libertad a sus músicos para que ejecutaran sus propias ideas en cada solo. Tal vez el viejo maestro sabía que, sin imaginarlo, todos terminaban tocando lo que él quería que tocaran.

"su último pianista le preguntó alguna vez qué hacer con un solo que tenía preparado y la respuesta fue 'Usted tiene, ponga'"

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No fue el mejor bandoneonista pero expresó como nadie lo que su público quería escuchar, pero no solo eso: Aníbal Troilo les enseñó a frasear a sus cantantes. En Fiorentino, Marino, Floreal, Rivero, Goyeneche y el resto habita el copyright troileano. Otro aporte significativo para la historia del Tango fue la creación del Cuarteto con el guitarrista Roberto Grela, y luego con Aníbal Arias y Ubaldo de Lío. Ahí también formateó un abordaje más intimista pero no menos intenso que con la gran orquesta.

En cuanto a su sonido como instrumentista se lo puede ubicar a mitad de camino entre el sonido intimista de Pedro Maffía y el poderoso de Pedro Laurenz (dos escuelas en el bandoneón). Tuvo un gusto interpretativo único y económico: le bastaban un puñado de notas para comunicar un sentimiento. ¿Al fin y al cabo se trataba de otra cosa?

Cierta vez Osvaldo Berlinghieri le mostró un tango que acababa de componer pero que había titulado de manera poco clara, Pichuco le preguntó en quién se había inspirado y cuando el pianista le dijo: “En mis viejos”, Pichuco lo remató: “Y póngale a mis viejos”. Así nació una de las mejores obras del tango.

Fanático de River, se murió poco antes de que la banda rompiera el maleficio de los 18 años sin campeonar. Iba siempre al Monumental y alguna vez se lo escuchó gritarle a  Pedernera, en tiempo de La Máquina: “hagan otro gol que me tengo que ir a tocar…”

“De qué Shakespeare lunfardo se ha escapado este hombre,
Que en un fósforo ha visto la tormenta crecida,
Que camina derecho por atriles torcidos,
Que organiza glorietas para perros sin luna
No habrá nunca un porteño tan baqueano del alba,
Con sus árboles tristes que se caen de parado.
Quién repite esta raza, esta raza de uno…
Pero quién la repite con trabajos y todo.”

“La primera toma es la sincera”, le decía siempre a sus músicos y aquí nos encontramos con otra definición de enorme trascendencia. Es que para el Gordo sinceridad era algo así como una garantía de transmisión de emociones. Y acaso sea esa la característica distintiva de su obra. Las músicas populares nacidas en arrabales no son más que el eco de una época. Desde este punto de vista la música de Troilo fue la expresión más fiel del Buenos Aires de su tiempo y por eso mismo quizá su orquesta sea la que más de acerque a los que podríamos definir como el punto justo de cocción del Tango.

"alguna vez se lo escuchó gritarle a Pedernera, en tiempo de La Máquina: 'hagan otro gol que me tengo que ir a tocar...'"

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Todo lo que vino después en términos de desarrollo en buena medida salió de Troilo. Desde Raúl Garello con su sonido depurado que fue quien más grabó nada menos que con Roberto Goyeneche, Baffa y Berlighieri con su época gloriosa, y ni hablar del mismo Astor Piazzolla. La gran corriente de desarrollo del tango arrancó con su propia experiencia, mamando de Ciriaco Ortíz, de Julio De Caro y Pugliese, fue procesando los aportes de avanzada y dejando sólo lo que entendía como más apropiado para finalmente dejar esparcidas en decenas de músicos y cantores cuáles deberían ser las líneas principales de desarrollo del Tango por varios años más. Por supuesto que no fue el único que aportó sabiduría y talento, pero si se lo analiza en términos de escuela, la suya fue sin dudas la más importante.

“Por una aristocracia arrabalera,
Tan sólo ha sido flaco con él mismo,
También el tiempo es gordo, y no parece…
Pichuco de las manos como patios.
Y ahora que las aguas van más calmas
Y adentro de las jaulas cantan pibes,
Recuerde, sueñe y viva, Gordo lindo,
Amado por nosotros, por nosotros…”

Aquiles Giacometti, productor emblemático y gestor de aquellos años en la Victor me contó con lujo de detalles cómo fue la grabación de “El gordo triste”: resulta que estaban preparando el LP “Percal”, de Roberto Goyeneche, que se editó en 1977, ese gran disco que trae, además del tema que le da el título, una versión estupenda de “Después”, “Malevaje” y nada menos que “El gordo triste”. Como se hacía en aquellos años, la pista de sonido ya había sido grabada por Raúl Garello con su orquesta y el polaco iba después a poner la voz. El 31 de mayo fue y grabó “Después”. Luego venía “El gordo triste”. Mandaron la pista, el Polaco hizo la primera toma y cuando terminó pusieron a rebobinar la cinta para escuchar cómo había quedado. Pero cuando lo llamaron ya no estaba, se las había tomado. Giacometti salió a buscarlo y Goyeneche con un paso apurado, como huyendo, ya casi iba llegando a Avenida de Tejar (la RCA tenía los estudios donde hoy está Cablevisión, en Paroissien y Naón, Saavedra), lo alcanzó y el polaco le dijo: “Eso no lo puedo cantar nunca más. Si quedó bien ponelo, si no borralo, pero no lo puedo volver a cantar”.

Por supuesto que la toma fue perfecta (como siempre: todo lo clavaba en la primera) con el único detalle del final donde, luego de decir “Amado por nosotros”, se le escapa una especie de llanto contenido que le da total dramatismo a la interpretación. Y así quedó nomás esta versión del tango, que después volvió a grabarla con Piazzolla, pero no logró la intensidad de esa primera versión. El arreglo y la orquestación de Garello son insuperables: empezando por la profundidad del contrabajo ejecutado con arco del comienzo, por esa presencia en primer plano durante toda la obra de tamaño instrumento y esa flauta traversa que intenta vanamente aplacar el dolor del contrabajo en primer plano. (Garello se formó con el Gordo y lo considera su maestro y referente indiscutido).

Giacometti volvió al estudio y comprobó que la toma estaba perfecta y que el quejido que se le escapa al Polaco en el final embellecía e inmortalizaba ese himno que con Pichuco aún en vida compusieron Astor Piazzolla y Horacio Ferrer: El gordo triste.

troilo


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