26 / 06 | Sociedad

EL GORDO SILLONERO

Un ensayo sobre el fútbol, la publicidad y la forma en que vivimos

Se acerca el mundial y se siente en el aire. ¿Se siente en el aire? Las campanas (y las campañas publicitarias) no suenan o suenan distorsionadas. Nos hemos acostumbrado los últimos 20 años a que las “publicidades del mundial” sean, junto a la lista de convocados el despertador para la fiebre mundialista. ¿Qué está pasando que ese modelo de dos décadas súper exitosas falle en la previa del Mundial 2018? Dame unos minutos y te lo cuento después de la tanda.

Eran otros tiempos, era otra la historia…

El fútbol era cosa de algunos. De unos millones de algunos, pero de algunos al fin. Había un “adentro y afuera” que permitía ser argentino sin saber qué pasaba en una cancha. De hecho, mi abuela nunca fue a una. Para ella “el fútbol” era ese lugar que le quitaba a mi abuelo y mi padre los domingos y la hacía cocinar la pasta más temprano. Muchísimas veces de chico me reprendió diciéndome “esas palabrotas no se dicen acá, úselas en la cancha”. Porque el fútbol era la cancha y la cancha tenía sus propias reglas. Era ese lugar ciego en donde las reglas eran ligeramente diferentes.


“¿Abuelo, por qué el más cobarde mató a su madre? ¿Qué hizo el más valiente?” pregunté en la tribuna y mi abuelo se rió con ganas para decirme “son cosas que cantamos en la cancha, no llegues a cantarla en la escuela”. Parafraseando al slogan que hizo famoso a Las Vegas, what happened in canchastay in cancha.

Este concepto predominó desde la fundación del fútbol argentino hasta los 90. Con variaciones, claro, pero siempre continuo. Uno podía ser o no ser futbolero y esa línea estaba claramente delimitada. Ser futbolero no era solo saber de memoria la formación de tu equipo. Era necesario saber quien era el tres de Rosario Central y los goles de Alzamendi en Independiente.

Ciertas empresas se asociaron al fútbol desde el comienzo, sin embargo las publicidades que se hacían no referían a todo ese universo generado alrededor del juego, sino que se colgaban de los protagonistas de manera inocente. Fillol vendía helados Patalin, Arsenio Erico metía 43 goles y no 44 porque una marca de cigarrillos premiaba al que llegaba a esa cifra y Maradona tomaba Coca Cola. El fútbol de la cancha estanco no era más que product placement y gancho celebrity.

No es que no hubiera transmisiones televisivas. Sólo que eran eventuales, rudimentarias y parciales. Nadie que se llame futbolero podía decir que seguía a su equipo por televisión.

Pero… ¿qué era “ser futbolero” o como lo llamábamos desde el adentro “ser hincha”? El concepto fue variando a lo largo de las décadas, pero fueron los sesentas, con su cambio estético, social y político quienes agregaron oscuridad a este personaje particular.

Si bien se produjeron disturbios, peleas e incluso muertes en canchas previamente, el caso del adolescente Hector Souto en un Racing-Huracán del 67 y la trágica “Puerta 12” del Superclásico de 68 marcan un antes y después en la violencia futbolística. La aparición del concepto “Barra Brava”, los cambios en la vestimenta, las presiones “de la hinchada” de pronto comienzan a formar parte del día a día del fútbol. La imagen del “hincha que da todo por los colores” de Discépolo, empieza a alejarse de la épica folclórica para entrar en un espiral de violencia.

"Fillol vendía helados Patalin, Arsenio Erico metía 43 goles y no 44 porque una marca de cigarrillos premiaba al que llegaba a esa cifra y Maradona tomaba Coca Cola"

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Una primera mirada sin demasiado análisis podría inferir que en un país que vivía una escalada de violencia institucional (para los centennials googlear Peronismo, Libertadora, Democracias frágiles, dictaduras blandas, cordobazo, Montoneros, Dictadura) era natural que el fútbol sea violento. Sin embargo el análisis más detallado escapa de ese facilísimo y hasta podríamos decir que salvo excepciones como la muerte de Gregorio Noya en Estudiantes-Huracán de Mayo del 76 en donde se decía que Montoneros iba a soltar globos y fue asesinado por un balazo policial, el fútbol se mantuvo aislado del proceso político y tuvo su propio huevo de la serpiente.

De hecho, la gran ola de asesinatos en estadios se dio coincidente con el fin de la dictadura y el comienzo del alfonsinismo. Desde 1983 a 1994 asesinaron a 72 argentinos en crímenes relacionados con el fútbol. Fue además la época en donde los barras pasaron a tener relevancia. El Abuelo, entre todos los personajes de ese submundo de la violencia marginal, fue catapultado a la categoría de celebrity. A su vez, los vínculos entre política, barras y clubes comenzaron a formarse.

Las canchas empezaron a ser un lugar relacionado con el peligro. Las familias se asustaban cada vez más al dejar que el hijo o marido vaya cada semanas. Los enfrentamientos fueron creciendo en peligro, armas utilizadas y masividad. Las recaudaciones fueron menguando para nunca más volver a ser lo que eran. El Hincha era el enemigo público número uno y, como tal, un ser al que temerle y eliminar. Las marcas y sus publicidades se alejaban del fútbol. Algo tenía que cambiar. Ese algo vino de la mano del dúo menos esperado, un dúo que cambiaría para siempre el fútbol argentino: Avila y Nofal

 1994

1994 fue un año bisagra para el fútbol argentino. Algunos de los cambios los entendimos en el momento, otros fueron evidentes con el paso del tiempo. 1994 fue el año en dónde el fútbol cambió en Argentina y con él, arrastró a gran parte de la sociedad. 1994 llegó y nada volverá a ser como antes.

1994 fue el último mundial de Diego Maradona. Fue, poéticamente, el mundial que nos cortaron las piernas a todos. Un mundial en donde Chamot vendía Vino Toro y Caniggia usaba gorritas por 500 dólares. A nivel selección es el cierre del ciclo más épico y exitoso que tengamos memoria. Esos 17 años maradonianos enlazados en la grieta menotistabilardista serán recordadas por su felicidad, pero también por, como decía la publicidad de Quilmes de 2002 “Eran otros tiempos,era otra la historia,no había medallas, solo hambre de gloria.Solo se jugabapor la camiseta,como en el potrero: taquito y gambeta”. Sin saberlo aún, 1994 no sólo cortó las piernas del Diego. La ola privatizadora no sólo alcanzó a teléfonos, servicios públicos y medios masivos. Las empresas iban por un intangible sin igual. Iban por la pasión.

"la gran ola de asesinatos en estadios se dio coincidente con el fin de la dictadura y el comienzo del alfonsinismo"

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Una idea de Carlos Ávila

TyC es una empresa genial con un objetivo quimérico, vendernos algo nuestro. Si, así como lo lees: tomar algo que tenías en tus manos, sacártelo y vendértelo a buen precio. No parece una tarea fácil. Nadie quiere comprar algo que ya posee. De hecho la sensación la conocemos todos. Es más difícil comprar por segunda vez un libro que perdimos o el mismo modelo del vaso que se rompe. Sentimos que estamos pagando por algo que ya teníamos y nos sentimos horrible.

TyC es una empresa genial con un objetivo quimérico: vendernos la pasión por el fútbol que tenemos en casa desde chiquitos, cuando nuestro viejo nos puso el primer babero del club o el tío nos regaló la número 5 cuando éramos más chicos que la pelota. Con la llegada de TyC todo cambió.

TyC es Torneos y Competencias, la empresa y TyC es el canal deportivo. No es un detalle menor ya que Torneos mantiene con Clarín (Dueño de la mitad de TyC) una relación de competencia y conveniencia que lleva décadas. Sin embargo podemos identificar al canal como bandera de un nuevo sistema que comenzó en 1991, pero explotó en septiembre de 1994: la era del fútbol codificado.

La ceremonia de “La Cancha” dejó de ser algo ciego para el resto de la sociedad. Todo argentino que compre el codificado (y todos los millones que “se colgaron” en un mercado paralelo con ese chuflo que se compraba a 20 pesos en las veredas de Florida y Corrientes) podía ver, no sólo un resumen sino todos los partidos de su equipo. No sólo su equipo: todos los partidos del campeonato.

Este cambio, acompañado de la merma de asistencia que mencionamos en la década negra de la violencia en el fútbol hizo que decenas de miles migren de la cancha a los bares con codificado.

"TyC es una empresa genial con un objetivo quimérico, vendernos algo nuestro"

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La nueva señal, joint venture de los dos grupos de telecomunicaciones más grande de la argentina generó un éxito absoluto en pocos meses y un cambio radical en la forma de entender el deporte en Argentina.

No es tarea de esta columna hablar de como el fútbol codificado fue el mascarón de proa de Clarín para convertirse en el monstruo que se ha convertido. Sin embargo es importante destacar que un diario que recientemente había adquirido una licencia para Canal 13, no tenía los fondos suficientes para dominar el mercado. La “caja” del multimedio llegó con Multicanal, su sistema de cable luego fusionado con Cablevisión.

¿Cuál era la diferencia entre Multicanal y el resto? Poseían el fútbol. Durante la segunda mitad de los noventa fueron comiendo mercado ciudad por ciudad, destrozando a la competencia con la exclusividad (o ventajas absurdas de precio) del fútbol. En la sede central del grupo debería haber una estatua al codificador, protagonista central del Clarín que hoy conocemos.

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Desde el comienzo de TyC los directivos comenzaron a darse cuenta de algo demasiado importante como para dejarlo de lado: Tenían el mejor producto con el peor marketing. Años de desguaces en los clubes, falta de profesionalización de las plantillas gerenciales, periodistas deportivos con intereses propios… todo conspiraba contra la venta del circo. Esto, sin contar con la década negra de la violencia en el fútbol, el principal monstruo que contaban para que las empresas se alejen de las canchas.

El abuelo y Manzanita desfilando en tanga por el pabellón

Y es ahí donde 1994 vuelve a aparecer como mojón histórico de la historia del fútbol local. No sólo fue el año donde el Diego deja la selección, sino el año donde las barras bravas dejan de ser grupos de violentos que se combaten entre sí para convertirse en organizaciones mafiosas rentables, funcionales al negocio y al nuevo orden.

30 de Abril de 1994. River-Boca en la Bombonera. Con goles de Ortega y Crespo los millonarios se llevan un triunfo que empieza a consolidar un equipo que obtendría meses después el Apertura invictos. Sin embargo se recuerda ese día como el día de la caída de José Barrita, alias El Abuelo y con él, todas las barras bravas “semiprofesionales” que dominaron desde los setentas.

El juicio fue rápido y más rápidos fueron los medios en condenar el accionar de las barras. La plana mayor de las hinchadas fue encarcelada o eliminada de las canchas. Una nueva estrella acorde a los nuevos tiempos ascendía: Rafa Di Zeo, aquel que entendió que la violencia no tenía que ser un modo de vida, sino una herramienta de negocios.

De la mano de Di Zeo, “La numero 12” dejó de ser una banda de gordos pasionales con propensión a las piñas para convertirse en una organización criminal con al menos quince negocios anexos al fútbol.

Venta de entradas, camisetas, estacionamientos en la cancha, cenas con jugadores en peñas del interior, protección o ataques a determinado dirigente, jugador o técnico, e incluso representantes y/o dueños de pases. Todo fue posible y todo fue negocio en la nueva mafia. Este proceso no sólo se dio en Boca, si no que se fue dando en cada club. El reemplazo de “El Diariero” por “Los patovicas” en River responde al mismo fenómeno.

"“La numero 12” dejó de ser una banda de gordos pasionales con propensión a las piñas para convertirse en una organización criminal con al menos quince negocios anexos al fútbol"

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Si viste al menos dos capítulos de Los Soprano o alguna parte de El Padrino, sabés que para que la mafia prospere, se necesita que la violencia desaparezca de los medios. De hecho los jefes de la mafia pactan acuerdos que milagrosamente hace que la pax romana se haga. Nada es peor para el negocio que los enfrentamientos constantes. Las nuevas Barras entendieron el mensaje y se dedicaron a generar millones. Los episodios de violencia predominantes en los últimos 24 años son “intrabarras” y no entre clubes. No se dan como parte de un amor a los colores (de hecho muchos barras de clubes importantes ni siquiera son hinchas de ese equipo) sino dentro de una dinámica de ascensión de un nuevo capo que quiere quedarse con el negocio.

Este cambio notable no hubiese sido posible sin una necesidad coincidente: los nuevos dueños del fútbol necesitaban que la violencia frene y estaban dispuesto a aliarse con quien hiciera falta. Es más, no sólo necesitaban que la violencia frene, sino que las canchas semi vacías carecían de ideales para vender el fútbol a las casas y bares. Algo estaba faltando.

Porque, admitámoslo. El fútbol argentino no tiene los mejores estadios, más bien tirando a horribles y descuidados. Tampoco los mejores campos de juego ni los mejores jugadores, ya que producto de la ley Bosman (oh casualidad, dictada en 1995) los límites a extranjeros virtualmente desaparecieron en Europa y los argentinos pasaron de pelear por tres lugares a nacionalizarse españoles e italianos para migrar sin problema alguno.

Sin estadios, sin campos impecables, sin jugadores, sin desarrollo comercial, TyC necesitaba algo que vender. Algo que traspase la fría pantalla. Algo que haga que nos de ganas de ver fútbol argentino en la tele, no sólo a los que íbamos a la cancha, sino a gran parte del país. Y así, queridos amigos, fue cuando decidieron vendernos algo que era nuestro desde el principio. Algo que, no importase quien jugase ni en que condiciones esté la cancha, QUERÍAMOS ver. Algo que supera a todo producto, algo por lo que estamos dispuestos a pagar sin dudarlo. TyC nos vendió la pasión.

De pronto, los barras pasaron de ser el enemigo número uno a ser el alma del deporte. Nunca el hincha tuvo tanto protagonismo como las barras futboleras en los dolarizados noventa. Ese gordo desagradable pasó de estar en los márgenes despreciados del sistema a ser el centro mismo del show. No se los ocultó más, sino que se los filmó en super slow, con la grasa flácida temblando cual gelatina y el sudor surcando los tatuajes que dejaron de ser tumberos para convertirse en mainstream.

Los audios de los micrófonos ambientes fueron ecualizados más arriba en la mezcla, las tomas de las hinchadas tirando papelitos fueron inmortalizadas por una joven Lucrecia Martel en spots que Fútbol de Primera transmitía en fílmico.

De pronto, sin darnos cuenta y como supuesto daño colateral de la codificación de los partidos, surgieron programas que literalmente mostraban noventa minutos de la tribuna, donde los futbolistas no aparecían, convirtiéndose así en el primer país que tenía en horario central un programa de TV con sujeto tácito. Sinceramente, no creo que haya sido una forma de “hacer radio con imágenes”. La elección de centrar el foco en la tribuna es coincidente con el programa franquicia de TyC: El Aguante. Once años de la mayor operación de limpieza y relaciones públicas de un actor social en televisión.

Este es el aguante

“El Aguante” es tan rico en imágenes que se podría escribir un libro entero sobre la influencia que tuvo una emisión de cable en la cultura argentina. ¿Fue “El Aguante” signo de sus tiempos o creador de los mismos? Interesante dilema que, como todo fenómeno cultural, se responde a medias; El programa de Souto entendió su época y, a la vez moldeó la imagen de la Argentina por dos décadas.

¿Y por qué la Argentina si estamos hablando del fútbol? Si bien el fútbol siempre fue importante en nuestro país y sirvió a fenómenos políticos y sociales, como vimos anteriormente vivía en una relativa burbuja autónoma. No fue la sociedad la que se metió en el fútbol, sino el fútbol quien se derramó de su recipiente natural, la cancha para invadir la sociedad entera.

La futbolización alcanzó ámbitos tan disímiles como el rock (no puede entenderse el fenómeno de Los redondos y todo el rock chabón sin el fútbol), la política (¿alguien duda que vivimos en un país políticamente futbolizado?), los medios, el arte e incluso la educación. Vivimos en una argentina futbolizada donde pedimos más huevos, menos gambeta y que nuestros líderes destrocen al rival dejando todo por la camiseta.

El Fútbol es Dios y Agulla es el profeta

Nada interpreta mejor a una sociedad que sus creativos publicitarios, esos sujetos sagrados que cabalgan a la vez en el arte y el negocio. Y nadie, entre todos ellos interpreta mejor ese papel que Ramiro Agulla. Junto a Carlos Bacceti en un comienzo y en solitario después marcó el pulso de la publicidad argentina durante los noventa y dos mil. La gente de la industria dirá que hay muchos que hicieron cosas tan o más importantes que él, pero lo mismo podemos decir de Steve Jobs y para el usuario promedio es el mago de la tecnología. Coca Cola, Renault Clio, Telecom. Todos los que vivieron los noventa  recuerdan sus avisos, pero hay un antes y después de su trabajo con Quilmas. Si TyC “inventó” la cultura del aguante, Agulla fue quien inventó al hincha de la selección.

Ya en 1997 lanzaron una publicidad para el torneo local (El mismo que Quilmes, participaba como sponsor A LA VEZ de River y Boca por primera vez en la historia) que fue un quiebre histórico: “En tu cabeza hay un gol” donde un Agulla histriónico interpreta el tema Born Slippy de Underworld utilizado en la película Transpoitting de Danny Boyle.

Por primera vez, imágenes del hincha glorificado se ponen en el centro de la escena publicitaria. La pieza se convirtió en éxito viral antes de las redes sociales y se cantó en cada rincón de la Argentina, nada mal para un interprete publicista.

"Si TyC “inventó” la cultura del aguante, Agulla fue quien inventó al hincha de la selección"

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Por cierto, hay un mito que haría más lisérgica la voz del aviso. Muchos aseguran que fue Ricky Espinosa, malogrado cantante de Flema quien canta el aviso. Ramiro asegura que no, pero se ríe. De una u otra manera “En tu cabeza hay un gol” fue el punto de entrada en la creación de un género que se inauguraría meses después: el aviso mundialista.

La misma dupla creativa, misma agencia, mismo cliente y sólo unos meses después dieron origen al primer aviso mundialista propiamente dicho, “Gente del Mundo, estamos yendo a jugar el Mundial!” en donde ya podemos observar todas las características del género: épica nacionalista, particularidades que hacen diferente a Argentina sobre todos los demás países del globo, uso del slow, música emotiva y mezcla de jugadores e hinchas

Luego del éxito logrado, fueron muchas las empresas que decidieron tener su propio “aviso del mundial”. DirectTV, YPF, VISA, Coca Cola (quien ya venía haciendo avisos mundialistas, pero los transformó para poner al hincha en el centro), Frávega, Noblex… muchas fueron las empresas que vivieron de la emoción y la épica que generó este nuevo sujeto “hincha de la selección”.

Arleco

Cómo todo futbolero sabe, el hincha de la selección no es igual al hincha tradicional. En principio es esporádico, estacional y sin conciencia de sí. El hincha de la selección (llamado despectivamente Arlequín o Arleco ya que suele calzarse ese ridículo gorro de cuatro puntas) no necesita saber del fútbol en sí, ni cantar las canciones durante noventa minutos. El hincha de la selección es la versión soft y potable del espectador que creció viendo el fútbol por TyC.

El hincha de la selección es un sujeto de consumo, que posee los fondos suficientes para comprarles a las empresas que lo miman. La relación entre el hincha de la cultura del aguante y del hincha de la selección es de miedo y admiración. Al igual que Nike en USA, que va al ghetto afroamericano para generar una tendencia que luego puedan vender al WASP de suburbios, las marcas en Argentina utilizaron la cultura del aguante y su criatura deforme llamado hincha para venderles a los habitantes de Belgrano y San Isidro zapatillas, bebidas y televisores.

Vía Crucis, Vía Fútbol

El modelo de la cultura del aguante funcionó durante cinco mundiales. Cinco mundiales donde pasó de todo menos una cosa: ganarlo. El Hincha de la Selección sufrió con el Burrito Ortega cabeceando una jirafa, pero no se desanimó. Coreó “Tanta gloria, tanto fútbol” hasta que el Piojo Lopez la tiró a las nubes en el minuto 94 contra Suecia. Recitó “Bendito sea el respeto ganado, malditos sean los recuerdos dolorosos” hasta que Pekerman sacó a Román por Cambiasso, escuchó a Dios hacerse cargo de las salvadas del pasado en el 2010 hasta que el chamullo alemán cerró las puertas del mito del eterno retorno maradoniano y le rezó al Papa Francisco y al Cristo Redentor hasta que Palacio tuvo la pésima idea de pensar que era por arriba.

"El modelo de la cultura del aguante funcionó durante cinco mundiales. Cinco mundiales donde pasó de todo menos una cosa: ganarlo."

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Era por abajo

Mientras en Argentina vivíamos la dictadura del aguante, en el mundo pasaron algunas cosas que modificaron para siempre la forma en que nos comunicamos.

Las redes sociales, que existieron desde siempre (¿acaso no cantábamos canciones que “conocíamos todos” en las canchas antes de la invención de Facebook?, ¿acaso no sabíamos lo que era una rabona antes de la llegada de Whatsapp?) invadieron nuestras vidas hechas plataformas. Si bien el primer mundial con redes fue el 2006, fue a partir del 2010 en donde los argentinos nos pusimos a comentar, interactuar y generar contenido en redes.

Los medios no lo advirtieron. Y los que si lo hicieron trataron de ocultarlo lo más posible, pero el relato del Hincha de la Selección y su cultura del aguante empezó a agonizar.

2014 es el último mundial donde el aguante hizo su trabajo. Muchos motivos se daban para que esto sea así. Teníamos al mejor jugador del mundo en su mejor momento, se jugaba en nuestro rival de siempre y la final rememoraba irremediablemente al maracanazo del 50. Si la cultura del aguante tenía un destino de gloria, era ahí y era ahora.

No es spoiler decir que se dieron casi todas las condiciones necesarias para ser felices, menos una. No es spoiler decir que durante esa final sentimos el canto del cisne agonizante en cada falla de Higuaín, Palacio, Agüero y el mismo Messi. Pero quizás hay cierto spoiler en decir que cuando vimos en HD en esa TV comprada para tal fin a un rubiecito llamado Götze entrar al campo nos dimos cuenta que el hincha de la selección estaba muriendo.

“Era por abajo, Palacio” se convirtió en meme inmediatamente. A diferencia de los cuatro mundiales anteriores, donde las grandes marcas podían convencernos de que nadie lloraba mejor que los argentinos al perder, los tweets repitieron incansablemente por los tiempos del los tiempos que la revolución de sentido era por abajo. Por los usuarios.

Como todo muerto que no termina de morir, faltaban dos clavos que tapen el cajón y probablemente hayan sido las finales perdidas con Chile. Ambas por el mismo camino de apatía, cierta ilusión. Esa que sentimos cuando volvemos unos días con la ex que amábamos) hasta darnos cuenta de por qué habíamos terminado con obvias definiciones por penales perdidas.

Dicen que este mundial 2018 es el que con más apatía es tomado por los argentinos. Algunos culpan a la situación económica, error importante si pensamos como fueron los junios del 74, 78, 82, 86, 90 y 2002 por nombrar algunos momentos donde guerra, muerte de presidente, dictadura sangrienta, hiperinflación o caída del sistema político entero no hizo que se pierda la euforia mundialista.

"2014 es el último mundial donde el aguante hizo su trabajo"

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El Gordo Sillonero

Para entender el por qué de la apatía hay que entender la centralidad de un nuevo personaje que domina el centro de la escena: El Gordo Sillonero.

El gordo sillonero es aquel que creció viendo desde el sillón al hincha de la selección protagonizar avisos. A diferencia del Gordo del Aguante, no está en el borde de la marginalidad social, no viene del conturbado profundo y su gordura no es hija de la pobreza y la mal nutrición. El Gordo sillonero es el hijo del resentimiento. Se pasó su infancia y adolescencia sintiéndose especial. Así lo criaron sus padres. Él iba por todo y terminó en un sillón viendo el mundo a través de las pantallas

El gordo sillonero es el amo y señor de las redes sociales. El gordo sillonero sabe que no hay nada más movilizador que la indignación. Y para indignarse no necesita más que ver lo que está pasando a su alrededor. Lo que le prometieron y no le cumplieron.

El gordo sillonero sabe de todo. Puteó a Maravilla por no noquear a Chavez, a Del Potro por perder con Murray y a Manu por perder el Oro. También ataca a los científicos, políticos, docentes y comunicadores, porque el Gordo Sillonero es el Rey de su propio reino.

El gordo sillonero cree que Higuaín es un fracasado, Messi un putito mimado del Barcelona y Agüero un cogegordas con suerte para su equipo y lesiones en la selección.

El gordo sillonero ama indignarse cuando ve a su antepasado, el gordo del aguante en la tele. Por eso paseó su superioridad moral ante el aviso de TyC “Putín”. La homofobia y la misoginia del aviso son sólo un detalle que remarca mientras él mismo desde el sillón trollea a Morena Rial por gorda, negra, mujer y adoptada. Lo que más detesta el gordo sillonero del aviso fallido es que los medios aun no hayan notado que la cultura del aguante ha muerto y es él el protagonista de esta nueva era.

"El gordo sillonero es aquel que creció viendo desde el sillón al hincha de la selección protagonizar avisos"

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Es ahí donde el esfuerzo de Quilmes 2018 suena a una industria rogando por que vuelva el pasado. Si hay alguien que resume los valores del hincha futbolero pre 1994 y es parte central de la cultura del aguante es el Cabezón Ruggeri. Como futbolista de la vieja guardia mítica y showman de la teleaguante es el único Ironman que podía intentar frenar al Thanos Sillonero. El intento fallido se asemeja a la caballería polaca que en la Primera Guerra cargó sus caballos contra los tanques alemanes. Ver al Cabezón implorarle a un estadio de silloneros “paren con los memes” da una mezcla de gracia y angustia difícil de clasificar. Pocos días después de la salida del aviso, un meme (probablemente falso, pero verosímil) mostrando la cifra que cobró por pedir en un aviso la vuelta a los valores previos termina de enterrar de una vez y para siempre la era del aguante y su rey, el hincha de la selección.

Tiempo Suplementario

Lo lindo del fútbol es que, como dijo el Dante que no fue al infierno, es la dinámica de lo impensado. Estas lineas fueron escritas antes de Islandia, corregidas post Croacia y publicadas un rato antes de Nigeria. Como hemos visto con el subibaja emocional de los últimos siete días. pueden perder carácter profético con una serie de resultados y la iluminación de un Salvio y hacernos llegar a la final de Moscú, terminando todos juntos (El gordo del aguante, el hincha de la selección, el gordo sillonero, vos y yo) gritando borrachos en el Obelisco. Pero más allá y más acá de los resultados, se avecinan nuevos tiempos para la forma que nos comunicamos y que consumimos. Básicamente, la forma en que vivimos.

Que corra la bola, el sillón está listo.


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