04 / 12 | Mundo

EL CHAVISMO EN SU LABERINTO


El chavismo atraviesa tiempos cruciales. Es posible que el 6 de diciembre pierda la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional y se abran nuevos cursos de acción, tanto al interior del oficialismo, como de la oposición. Hoy parece muy difícil que el chavismo retenga los 99 escaños que hacen esa mayoría absoluta de un cuerpo de 165 legisladores. Cuestión que anularía la posibilidad de que la Asamblea permitiese a Maduro dictar decretos con valor y rango de ley (ley habilitante). Para otros dirigentes, inclusive, está en juego la mayoría simple y la fisonomía del actual poder del gobierno.

Existe una fatiga social y cotidiana que puede expresarse en las urnas. Nadie puede vivir constantemente en carestía, hacer colas infinitas para obtener alimentos, padecer los precios del contrabando y una profunda inseguridad que desgasta la sociabilidad y pone en duda la creencia en el espacio público (la encuestadora GisXXI indica que el principal problema es el desabastecimiento). Una inflación de 168% -durante el año 2015- se fue devorando el poder de compra real y las metáforas del “aguante cívico” que esgrime la dirigencia bolivariana.

El desabastecimiento se lleva mal con un mundo que derrocha mercancías y aquellos que pugnan por ese mundo -consuman o no- generalmente logran su cometido. Es cuestión de tiempo. Todos los días esas expectativas erosionan las fronteras del chavismo. Maduro no ha podido administrar las tensiones que había dejado el gobierno de Hugo Chávez y es posible que una parte del tradicional electorado bolivariano se vuelque un poco más por la abstención o por el planteo opositor.


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La drástica reducción del precio del petróleo y su impacto en las importaciones (medicamentos, alimentos, bienes de capital, etc.), la imposibilidad de resolver un largo conflicto con los empresarios (desabastecimiento, inflación), la ineficacia burocrática, el contrabando y la autonomización de ciertos sectores del chavismo son parte de los problemas que componen la coyuntura. Frente a ello, el oficialismo hace profundos esfuerzos para recrear y suscitar el consentimiento ciudadano y militar. De hecho, los escasos recursos del Estado van a sostener las políticas públicas (Misión Vivienda, Misión Alimentación, Misión Mercal, Misión Revolución Energética, etc.). Éstas constituyen el último bastión de recreación y consolidación de la legitimidad e identidad bolivariana. Son su llave electoral.

El oficialismo e imaginario boliviariano esta sostenido no solo por los militares, como cree parte de la oposición, sino por un conjunto de dirigentes locales legitimados por la políticas públicas (las misiones, fundamentalmente), el conglomerado de partidos “Gran Polo Patriótico” (PSUV, PCV, PPT, etc.) y por un instituciones estatales asediadas por el bajísimo precio del barril del petróleo. También, es apoyado por las zonas rurales, a las cuales, el gobierno chavista ha incluido desde el primer momento en su propuesta de aliento del mercado interno. Por el contrario, aumenta el descontento en las zonas urbanas y populares (por ejemplo, el Petare el barrio más populoso de Caracas) que pugnan por ampliar sus expectativas de consumo, como a tener regularmente energía eléctrica, agua e infraestructura vial. Existe una expectativa por regresar al tiempo normal, al “tiempo burgués” sin más, a un tiempo sin “puntofijismo” (viejo acuerdo pre-Chávez entre los tradicionales adecos y copeyanos) pero con un sistema político que respete avances sociales sin la sobrecarga simbólica y los trastornos cotidianos. Algo que puede expresarse con mucha prepotencia en estas elecciones.

A diferencia de Chávez, quien conducía a los diversos actores que integraban el universo oficialista (fundamentalmente, a la elite militar y a los colectivos sociales) Maduro no ha logrado imponerse y se encuentra compelido a negociar todo el tiempo con éstos. El “vacío” dejado por Chávez lo llevó a co-gestionar el Estado y a intentar administrar posiciones que aspiran por una rectificación moderada del proceso o por la radicalización del mismo (en sus versiones autoritarias o progresistas). Los resultados electorales pueden definir uno u otro rumbo del gobierno o abrir una mixtura de posiciones que bloquee aún más la gobernabilidad. En este contexto, no es menor la recurrencia a la figura de Chávez. El oficialismo intenta ampliar adhesión, establecer una conexión entre el gobierno actual y el anterior, como suturar diferencias entre algo que podríamos llamar: chavistas no maduristas.

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El proyecto bolivariano se encuentra en problemas. Cada vez se ve obligado a movilizar más recursos para recrear consenso entre ciudadanos que solo persiguen la recreación de los modos y estilos de consumo que ofrece la globalización. A los actores sociales antes beneficiados, el oficialismo no puede garantizarles esa promesa societal de que todo orden bienestarista acarrearía una vida en ascenso permanente. Se produce algo interesante: el chavismo que tanto alentó el consumo observa –en este contexto- como la necesidad de ampliar dicho consumo presiona sobre las restricciones y se vuelve una bomba de tiempo cultural para su futuro. La clase media se fuga electoralmente a la oposición y un parte de ésta busca un lugar en el exterior.

Maduro ha planteado dilemas paradojales. Mientras Cuba negocia con los Estados Unidos, Venezuela consolida sus limitaciones y clausura -por presiones internas o por convicción- cierta real politik que le permitiría un deshago. Lo que llevó al gobierno de Cuba a buscar acuerdos con el Norte es aquello que desgasta el poder del oficialismo venezolano. Castro va por las mieles de la globalización controlando el proceso desde el Estado. Maduro parece ir en su contra la globalización con una grave situación económica, con un poder estatal reducido “a políticas públicas” y con una oposición que mantiene un importante caudal de votos (la encuestadora Data Analisis indica que la oposición le lleva al oficialismo 35 puntos). Existen demasiadas debilidades para enfrentar la presión cultural y económica que proponen estos tiempos.

Las palabras y referencias –que antes se elevaban como promesa de un nuevo orden- cada vez alivian menos la vida cotidiana. La alusión constante al panteón militante, la hiperpolitización de todos los discursos y la ultra simbolización provocan un cansancio social que no se mide en las encuestas pero que podría ser articulado en alguna contienda electoral. En un mundo de literaturas hiper-realistas la sobre-identificación abruma. El término “socialismo del siglo XXI” se ha vaciado hasta volverse una nomenclatura. No puede orientar ni significar vidas preocupadas en resolver cosas que nunca se imaginaron que podrían estar en duda. Este intento refundacionalista del chavismo que, entre otras cosas, elaboró el vocablo socialismo del siglo XXI es más un artificio cultural del anti-neoliberalismo y anti-puntofijismo que una memoria que se inscribe en el relato envolvente en los socialismos latinoamericanos y europeos del siglo XX.

Venezuela US Funding

La oposición atraviesa por cruentas internas pero, nada indica, que no acumulen el voto de descontento. Leopoldo López y Antonio Ledezma no han logrado apoyos masivos en el cuestionamiento de sus procesos judiciales (salvo, los internacionales). Pese a ello, se mantienen en las posiciones más radicalizadas de la Mesa Unidad Democrática (MUD) y apuestan por la “victimización”. Son los dirigentes que más han insistido por una “salida rápida” del sistema político actual deslegitimando los reglamentos electorales. Henrique Capriles, por el contrario, conserva una importante adhesión a su mirada moderada. Ha encontrado en los problemas económicos cotidianos un territorio para organizar el descontento. Trabaja con una suerte de hipótesis economicista: a la larga, el precio del petróleo y el desabastecimiento impactarán en los apoyos a Maduro, lo que quedará demostrado su ineficacia y su “mala” copia de Chávez. Otro actor opositor no lanzado al juego partidario pero de gran influencia es Lorenzo Mendoza –presidente de la Empresa Polar- quien ha reunido cierto apoyo ciudadano, empresarial e internacional a partir del conflicto planteado con Maduro.

La hoja de ruta moderada parece ser el camino más rentable para la oposición. A este curso de acción deberíamos considerar al actual Gobernador del Estado Lara Henri Falcón. Luego de su paso por el chavismo, este dirigente de centroizquierda y líder de Avanzada Progresista ha crecido bastante a escala nacional. Ha planteado sus matices. Si bien condena a la OEA por sus declaraciones ante el asesinato de un dirigente opositor insiste en el deterioro económico y político de Venezuela. Busca ampliar su adhesión entre los votantes decepcionados del electorado chavista, recuperar las dimensiones progresistas del proceso y quedarse con parte de una posible herencia. Toda su estrategia esta puesta en movilizar a su electorado a intervenir en estas elecciones legislativas.

El 6 de diciembre es un día clave para el proceso bolivariano, como para la región. Hay mucho en juego. El oficialismo buscó, todo este último tiempo, atenuar la crisis económica y deslegitimar a sus contrincantes, mientras tanto los diversos opositores trabajaron con el barro del descontento social para representarlo y transformarlo en votos. Un descontento, que por ahora, viene avanzando.


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1 Comentario

  • josedcdg says: 11 diciembre, 2015 at 01:55

    Bastante acertado este artículo, y la oposición capitalizó lo que las jerarquias del chavismo no supieron ni siquiera ver

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