12 / 05 | Mundo

EL ARCA RUSA EN SIRIA: LOBOTOMÍA MORAL DEL PROGRESISMO

Ezequiel Kopel @ezekopel Siguiendo el Oriente Medio, el Levante mediterraneo y la Mesopotamia.


 

La imagen es potente desde todo punto de vista: una orquesta rusa, comandada por el violinista amigo (acusado en los Panamá Papers) del presidente ruso, Vladimir Putin, tocando en las ruinas romanas de Palmira luego de su “liberación” del radicalismo islámico. El contundente mensaje: la civilización llegó para rescatar el antiquísimo sitio de las manos de la oscuridad y el atraso encarnado en el Estado Islámico. El progresismo del mundo se emocionó. Tituló la noticia con frases grandilocuentes, lo describió como un bello acto de justicia. El mensaje inspirador fue replicado por renombrados periodistas, avezados productores e, incluso, importantes representantes de derechos humanos. Seguramente, el mandamás de la república rusa esbozó una sonrisa: la guerra por la opinión pública en el conflicto en Siria, donde sus fuerzas armadas apoyan al presidente Basher Al Assad, nuevamente estuvo de su lado. Pero sus aliados sirios no esperaron siquiera a enjuagarse las lágrimas de emoción y, horas más tarde, bombardearon -desde el aire- un campo de refugiados cerca de la frontera turca, asesinando a una treintena de personas. El hecho no despertó la condena de los otrora entusiastas debido a que la formidable maquinaria de información rusa repitió sin cesar que el culpable de destruir el campo de refugiados no fue el gobierno sirio, sino sus enemigos islámicos de Jabat Al Nusra, Jaish Al Islam o, incluso, el Estado Islámico. Sin embargo, existe un problema fundamental para sostener esta narrativa: ninguna de esas organizaciones cuenta con una fuerza aérea o, al menos, helicópteros de asalto, y los únicos aviones que operan en la zona pertenecen a las fuerzas gubernamentales sirias y rusas. Con estos datos inapelables, entonces, se infiere quién destruyó el campo de refugiados, aunque un gigantesco aparato de desinformación pretenda negarlo. Sucedió lo mismo el 27 de abril pasado, cuando 75 personas -incluido el único pediatra de la ciudad- fueron asesinadas en un bombardeo aéreo contra el hospital Al Quds. El hospital era sostenido económicamente por la organización Médicos sin Fronteras que, desde febrero, no comparte la ubicación de sus centros médicos con los gobiernos de Siria y Rusia ya que, están convencidos, sus fuerzas atacan deliberadamente sus instalaciones.

campo de refugiados destruido

¿Por qué existe un doble estándar en la (no toda) prensa progresista con la alianza sirio-rusa? En la mayoría de los casos las justificaciones van por dos caminos: mantener una lógica maniquea, donde para reafirmar el antiamericanismo, se apoya a cualquiera que los enfrente o, simplemente, no se está haciendo bien el trabajo informativo. Incluso el mismo presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ha incumplido su promesa de que intervendría militarmente contra Assad si éste empleaba “armas químicas contra su población”. Sin embargo, cuando el gobierno sirio lanzó cohetes con gas sarín contra barrios de Damasco en 2013 -asesinando a 1400 personas- la amenaza del primer mandatario estadounidense quedó solo en palabras.

Es cierto que las matanzas salafistas del Estado Islámico han ayudado a la indignación pero la violencia emanada por los fundamentalistas no tiene parangón con el terrorismo de Estado promovido por las fuerzas de Assad. El terrorismo de Estado, como bien conoce la sociedad argentina gracias a la paciente convicción democrática en la disputa por las enunciaciones de los organismos de derechos humanos -que lograron dejar vetusta la famosa “teoría de los dos demonios”- es un plan sistemático de persecución, encarcelamiento, desaparición y asesinato. Esta fundamental diferencia conceptual, sin embargo, parece difuminarse en el tratamiento que se le da al caso de la alianza sirio-rusa. Pero, para el Observatorio para los Derechos Humanos en Siria, los números son contundentes: más del 90% del total de los muertos en cinco años de conflicto corresponden a la acción genocida de las fuerzas armadas y de seguridad sirias.


El conflicto sirio, en cinco años, ya se cobró la vida de casi medio millón de personas, transformándose en el enfrentamiento armado más sangriento del siglo XXI; condenó a la mitad de la población a abandonar sus hogares y creó una profunda crisis de refugiados en Europa y, todavía más, en Medio Oriente, con 1 millón de personas y casi 5 millones respectivamente. Existen -según los informes de Amnesty Internacional– registros de, por lo menos, 65 mil desaparecidos en los centros de detención del gobierno sirio (más del doble de los desaparecidos argentinos) enmarcados en un plan sistemático de desaparición de personas, junto a un perverso sistema de extorsión monetaria hacia sus familiares. Hay periodos que permiten trazar una línea de tiempo en el desarrollo del proyecto represivo: el 30 de marzo de 2011, al comienzo de la revuelta siria, acontecida en el marco de la Primavera Árabe, Assad anunció al Parlamento que estaba enfrentado una insurgencia terrorista producto de “una conspiración extranjera” con intención de destruir su país (que convenientemente se encuentra, desde hace 48 años, bajo ley marcial y “estado de emergencia”). Sus palabras fueron claras: “Destruir la sedición es un deber nacional, moral y religioso, y todos aquellos que puedan contribuir y no lo hagan, son parte de la misma. No hay compromiso o término medio en esta cuestión. Luchamos contra terroristas”. Tiempo después, el 5 de agosto de 2011, un conjunto de diversas agencias de seguridad sirias, se dedicó a vigilar a ciudadanos sospechosos. Este conglomerado, que funciona bajo el sugestivo nombre de “Administración Central de la Célula de la Crisis”, estableció una periódica reunión en el cuartel general del Partido Baath (el partido estatal de gobierno) para idear soluciones que permitan contener las diversas protestas que se habían extendido por todo el país. En una atípica autocrítica, el Comité atribuyó el desarrollo de la “contra-revolución” a la “mano blanda con que se manejó la crisis” y la “poca cooperación entre los cuerpos de seguridad” y esa misma noche ideó un plan para “atacar” a categorías específicas de personas.

palmira

Primero, todas las ramas de seguridad debían lanzar incursiones diarias contra los organizadores de la protesta y contra “todos aquellos que empañan la imagen de Siria en los medios extranjeros.” Segundo, “una vez que cada centro poblacional sea limpiado (sic), los agentes de seguridad deben coordinar con los partidarios de gobierno, las milicias populares y los líderes comunitarios para asegurar que otros miembros de la oposición regresen a sus zonas”. Y, por último, se debía “establecer un comité de investigación junto a niveles provinciales, compuesto por representantes de todas las ramas de la seguridad que se encargarán de interrogar a los detenidos” y enviar los resultados “a todas las ramas de la seguridad, de modo que puedan ser utilizadas para la identificación de nuevos objetivos”. La historia que prosiguió ya es conocida: la represión y las matanzas desempeñaron un papel fundamental en el crecimiento de los grupos fundamentalistas islámicos, a expensas de una oposición más moderada que fue sobre la que se concentró- casi exclusivamente- la maquinaría represiva del estado. La ecuación para el maquiavélico régimen de Assad fue clara desde un primer momento: liberar a los islamistas al principio de la revuelta -que raudamente se pusieron al frente de la resistencia- para tratar de ganar la simpatía de los poderes internacionales ante el avance del radicalismo islámico, que, a su vez, han utilizado a Siria como plataforma para ampliar el alcance de sus acciones internacionalmente. Con todo esto, la aliada Rusia, convenientemente con la ayuda de China, ha logrado obstaculizar cualquier posibilidad de una resolución de las Naciones Unidas, que habría otorgado competencia a la Corte Internacional de La Haya acerca de estos crímenes de guerra cometidos por todas las partes del conflicto, incluido el líder sirio.

Ahora bien, con toda esta información al alcance de la mano, recopilada y divulgada incansablemente por organizaciones de derechos humanos que son fuente inapelable por el prestigio de su trabajo, las preguntas que surgen son: ¿cuál es el papel de los comunicadores que pretenden escudar los crímenes de lesa humanidad que el líder sirio comete diariamente contra su pueblo? ¿Creen poder justificar su “lobotomía moral”, como llamaba Juan Gelman a la consumación de cualquier crimen sin cuestionamiento alguno? O, en el más leve de los casos, ¿se incurre en mala praxis periodística, en una suerte de lógica geopolítica de “aliados incómodos” contra enemigos recalcitrantes, al estilo comunicacional de la Guerra Fría? Lo más doloroso del caso es que estas escandalosas omisiones se dan en el marco de la prensa progresista e, incluso, por analistas que han sido imprescindibles voces en la divulgación de los crímenes cometidos por el terrorismo de Estado, poniéndole rostro a las inocultables cifras. Y, como dijo Marina Tsvetaeva, la gran poeta rusa aniquilada por el estalinismo, “cuando a la gente se la despoja de su rostro, amontonándola, primero se convierte en rebaño y después en jauría.”


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5 Comentarios

  • franco says: 12 mayo, 2016 at 14:16

    Aguante al assad naboleti.

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  • martin says: 12 mayo, 2016 at 17:46

    esta nota es malisima. para enterarse bien lo q pasa en Siria hay q leer los articulos de pepe escobar en http://www.rebelion.org o la pagina http://www.voltairenet.org.es. aguante al assad. los troscos son complices del imperialismo

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  • cesar says: 13 mayo, 2016 at 08:38

    Uno de los artículos más progres que leí sobre el conflicto en Siria

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  • Axelio says: 14 mayo, 2016 at 13:19

    malisima, sesgada, sionista y pro yankee. Horrible nota.

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  • Ernesto says: 16 mayo, 2016 at 14:02

    “Es cierto que las matanzas salafistas del Estado Islámico han ayudado a la indignación pero la violencia emanada por los fundamentalistas no tiene parangón con el terrorismo de Estado promovido por las fuerzas de Assad”.
    Pareciera que se pelean por ver quién es más progresista.
    Deje Saussure y lea Morgenthau para entender la política, maestro… O Schmitt… No le vendría nada mal para comprender los por qués de la guerra, y los por qués por lo cual la paz es un estado transitorio de la humanidad.

    Cariños

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