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DISPARAR EN LA QUINTA AVENIDA

Donald Trump, el hombre que declaró que podía dispararle a la gente en la Quinta Avenida y no perdería ni un solo voto, es ahora presidente de los Estados Unidos. Con su contradictoria munición anti-elitista, demostró ser un osado que movió por derecha las fronteras de lo real y lo posible.
Mariano Schuster/ Pablo Stefanoni @schusmariano / @PabloAStefanoni Jefe de redacción de @LaVanguardiaPS. Editor en @revistanuso. Editor de la Nueva Revista Socialista / Periodista, columnista, jefe de redacción de Nueva Sociedad. Autor de Los inconformistas del Centenario (Plural, 2015).


“Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos”. Con su pelo amostazado, su orgullo y su seguridad, Donald lanzó su frase lapidaria. Corrían los últimos días de enero de 2016 y el magnate se había subido a su podio en Iowa garantizando que, con su verba inflamada, triunfaría en las elecciones primarias del Partido Republicano. Aquel señor al que no tomábamos en absoluto en serio (ya muchos analistas nos habían advertido que no podría pasar la nominación) parecía dispuesto a todo. Nos lo imaginamos con un revolver. Nos lo imaginamos en el Honorable Senado tomando un rifle a lo Charlton Heston para amenazar a la clase política. Nos lo imaginamos como un John Wayne. Pero no nos imaginábamos que su munición verbal, su discurso entre demencial y ególatra, lo llevaría hasta aquí. Nos equivocamos.

Durante demasiado tiempo todos nos burlamos de él. Mostramos sus libros de autoayuda para hacerse millonario, sus biografías, sus declaraciones incendiarias cuál si se tratase de un loco. Ahora, él es 45º President of the United States of America. ¿Cómo pudo pasar todo esto? ¿Cómo pudo el tiroteador no perder ni un solo voto?

Propuso un muro para dividir México de Estados Unidos y afirmó que lo construirían los mexicanos. Prometió un regreso del país a sus propias fronteras. Denunció la islamización de Alemania y hasta insultó a los padres de un héroe de guerra de origen musulmán. Se burló de las mujeres, las denigró y más tarde remató: «Sí, es cierto, hice esas declaraciones…pero destruiré al ISIS». Puso caras mussolinianas en los debates y mezcló absolutamente todo. En su ensalada verbal fustigó a la clase política y a Wall Street. Trató de corrupta a Hillary Clinton y afirmó que la metería presa. Se animó a contradecir a su propio candidato a vicepresidente. Envió los tuits que los expertos consideraban inconvenientes. Declaró su admiración por Vladimir Putin. Empoderó a los hombres blancos enojados. ¿Es esto coherente? Así parece.


"En lo que Trump entendió por establishment se entremezclan muchas cosas. Los medios, Hollywood y los valores liberales y progresistas."

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No sabemos exactamente en qué consiste el éxito de Donald Trump. Pero sabemos que este éxito está aquí. Si algo ha quedado claro es que Trump es un osado. Su discurso anti-establishment no puede ser medido solo en propuestas políticas contradictorias que, en muchos casos, lindan con la derecha más retrógrada y autoritaria. Su discurso es anti-establishment porque fue incorrecto. Y la incorrección política refleja el hartazgo de gran parte de la sociedad.

Donald Trump desafió a la realpolitik. Corrió las fronteras de lo real y lo posible. Primero, aseguraron que nunca podría pasar la nominación. Después, que si lo hacía lo bajarían en la Convención. Luego, que no ganaría la elección. Finalmente, que si ganaba en votos perdería en el colegio electoral. Él, sin embargo, sorteó todos los obstáculos. Ahora dicen que aunque haya ganado, no podrá ejecutar ni una sola de sus políticas ¿Habrá cambiado algo? Quizás haya cambiado todo.

En lo que Trump entendió por establishment se entremezclan muchas cosas. Las universidades de élite de la Ivy League, el New York Times y Hollywood… De lo que se trata, en el fondo, es de una narrativa: la “corrección política” y el liberalismo cultural.  De otro modo, resultaría inexplicable que un empresario fuese el candidato que se opone al “establishment”. Como escribió Marc Fisher,  “No importó que haya nacido rico, que haya hecho alarde de su riqueza y haya vivido como un pachá. Él definió la elección como un levantamiento de la gente contra todos los que la habían defraudado y menospreciado: los políticos y los partidos, el establishment de Washington, los medios de prensa, las estrellas de Hollywood, el mundillo académico, todos los sectores ricos y educados a los que les iba muy bien mientras las familias de clase media iban perdiendo todo lo que tenían, su trabajo, sus casas y sus ahorros. Juró que pondría a Washington patas para arriba, que ‘drenaría la ciénaga’, y a la gente esa imagen le gustó tanto que terminó coreando esas palabras incluso antes de que él mismo abriera la boca para decirlas”. Si la política consiste en dotar de sentidos a las cosas, él lo logró. Se presentó como un “obrero multimillonario” (blue-collar billionaire); también de los oxímoroms vive la política.

Hillary buscó sumar minorías pero sin capacidad de interpelación más amplia, de conectar con los electores. Pero incluso las minorías –afros, latinos- no mostraron el mismo entusiasmo que por Obama en 2008. Mientras que Hillary Clinton no logró generar imágenes de futuro capaces de entusiasmar al electorado como sí lo hizo Obama hace ocho años, Trump construyó su discurso como palabras claves capaces de convencer a una suficiente cantidad de electores (Hillary quedó en votos apenas por encima de Trump) de llegar a hacer “America Great Again” (grande otra vez). Mientras Hillary acusaba a “la mitad de los votantes” de Trump ser una “cesta de deplorables” (basket of deplorables), los trumpistas respondieron con un oportuno “Deplorable Lives Matter” (“las vidas de los deplorables importan” parafraseando el slogan negro contra la violencia policial). No extraña, entonces, que Trump haya ganado en estados donde tradicionalmente demócratas. Frente al apoyo de Bernie Sanders a Hillary, lanzó: “es como que alguien del movimiento Occupy Wall Street apoye a Lehman Brothers”.

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El triunfo de Trump es una suerte de “acontecimiento”. Una ruptura con la normalidad que parecía imposible pero ahora parece evidente. Trump desafió los límites (lo que tanto le cuesta hoy hacer a la izquierda democrática). Rompió con un discurso de la realpolitik. La salida fue por derecha. Pero también hay quienes pretenden trasvasar ese discurso desde la izquierda: Sanders lo intento con bastante éxito en la primaria demócrata. Donald Trump instaló una agenda por fuera de los consensos establecidos. Y al mismo tiempo conectó con la América conservadora y “profunda”. Muchos se animaron a decir en público lo que pensaban en privado. Hace pocos días, una señora jubilada declaraba ante la televisión: “Quiero que nuestro país vuelva a ser conservador en vez de progresista, han alejado al país de Dios. Lo quiero de vuelta. Y Trump nos va a dar más libertades, va a restaurar la grandeza de Estados Unidos”. Las declaraciones se reproducían por doquier: “Trump habla como habla la mayoría de la gente acá”, “acá todo desapareció, las fábricas, el empleo… él prometió devolvernos el carbón” (Trump dice que el cambio climático es un cuento chino), “Quiero un presidente conservador, que piense como Estados Unidos al principio, que crea en la Constitución, en el derecho a portar armas”.

"Toda la campaña giró en torno del villano y el villano al final ganó."

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Tras su triunfo, y frente a todos, dirigió el twit de su propia explicación de la victoria: “The forgotten man and woman will never be forgotten again” (Los hombres y mujeres olvidados no serán olvidados de nuevo). Aunque ahora se machaquen las posiciones que hacen eje en el anti-elitismo, éstas no deberían ser consideradas como erróneas. En las élites, decíamos, no está solo Wall Street. También están el conjunto de valores liberales y progresistas que Trump desafió. Y cuanto más lo atacaron desde todos los flancos del “poder” (medios, artistas, establishment político, incluso republicano) más se fortaleció como candidato antisistema… Toda la campaña giró en torno del villano y el villano al final ganó…

Trump tuiteó contra sus propios asesores. Dijo lo indecible. Cambió mil veces su equipo técnico. Y ganó. No estaba escrito, podía irle muy mal, pero ganó. Desafió, fundamentalmente, todas  las “condiciones objetivas. Fue más “leninista”.

Nadie sabe qué hará desde ahora pero, como dice el editorial de la revista de izquierda Jacobin, una migración masiva de progresistas a Canadá no parece una buena opción (aunque la página web “Citizenship and Immigration Canada” se cayó de tantas consultas). Este es, tal como dicen los editores de la revista, el momento de abrazar la democracia, no de repudiarla (como a veces nos tentamos desde el progresismo cuando las elecciones no salen como queremos). Incluso frente a esta “rebelión de los deplorables”.

Ahora, Donald se sube al caballo de la historia como el Espíritu absoluto de Hegel. Tiene un fusil en la mano. Los asesores y el Partido Republicano intentarán controlarlo. Probablemente, lo obliguen a dar pasos atrás en muchas de sus propuestas y pasos adelante en otras. Supo ganar disparando en la Quinta Avenida. El revólver, por ahora, sigue en sus manos.

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