27 / 09 | Preámbulos

DEMOCRACIA Y POLITICA: 35 AÑOS DESPUÉS

En el marco del ciclo Preámbulos organizado por la Universidad Nacional de La Plata, analistas politicos de diversas corrientes e ideologías se reunieron para conversar sobre las transformaciones de la politica en estos 35 años de democracia argentina. Lorena Moscovich, Martin Rodriguez, Andrés Malamud y Pablo Stefanoni, moderados por Betina Rolfi, presentaron distintos clivajes para entender esos cambios. En Panamá Revista reproducimos los aspectos mas salientes de un debate central.

 El legado de la democracia

 Para Andrés Malamud, la continuidad institucional de 2019 corona el éxito político de la democracia. En 1930-dice Malamud-Argentina se rompió. Se rompió completamente, en la política y en la economía. La crisis económica mundial llevó al agotamiento del modelo agroexportador. Desde entonces, Argentina no encuentra un modelo de desarrollo que encaje, que abarque, que contenga a toda su población. Y se rompió la política. Por un golpe de Estado que acabó con una democracia, que ya no era tan joven, pero que se estaba terminando de consolidar. Que fue legitimado por una Corte Suprema -ya la Corte haciendo macanas tan temprano- y desde entonces también nos costó a los argentinos décadas recanalizar el pacto político. Se rompió el contenido. El país que éramos. El modelo de acumulacion y de distribucion. Y se rompio la forma, el procedimiento, la manera en que tomábamos decisiones sin matarnos unos a otros. En 1983 resolvimos una de los dos rupturas: reconstruimos la democracia, el procedimiento para tomar decisiones sin balas y sin desaparecidos. La economía sigue rota. En 2019 vamos a estar peor que en 2015. En 2019 vamos a estar completando otra década perdida, en términos económicos.

"En 2019 se cierra el ciclo político. Aquello que se rompió en 1930 se restablece completamente"

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En 2019-concluye Malamud-vamos a completar la tarea de 1983. En 1983, Argentina decidió tener una democracia, es decir, un régimen en donde los gobiernos pierden elecciones. En las dictaduras no se pierden elecciones. El problema es que no conseguimos crear un régimen en que los gobiernos terminen los mandatos. Ya no nos matamos, pero a veces nos vamos antes. Hace 90 años que no existe un presidente que no sea peronista ni militar que complete el mandato constitucional. Justo y Videla eran militares. Perón era peronista y militar. Menem y Cristina Kirchner terminaron dos mandatos, Néstor terminó uno. Falta que el no peronismo complete un mandato presidencial. En 2019 se cierra el ciclo político Aquello que se rompió en 1930 se restablece completamente. Falta la economía, no es un tema menor. Mucho más importante es que la economía la arreglemos a partir de entonces con gobiernos que se eligen y se van, pero cuando corresponde. El 10 de diciembre de 2019 va a ser una buena fecha para la democracia argentina y va a cerrar el ciclo de 35 años que estamos celebrando.

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Martín Rodríguez propone revisar y ampliar la paternidad de la democracia. Según Rodríguez, en la democracia fue más fácil conseguir derechos civiles que derechos sociales. Y los derechos civiles tienen héroes unánimes. Alfonsín es uno. Pero podríamos avanzar, sobre todo porque el diálogo de 35 años de democracia se construye con una parte de la ciudadanía que no conoce otra cosa que la democracia. Hay una paternidad compartida de la democracia, que es con Menem y diría con el peronismo. Porque no olvidemos que también Alfonsín no pudo dar la orden que pudo dar Menem el 3 de diciembre de 1990: la orden de reprimir a militares. Menem pudo ser el jefe de las FFAA, pero no con el precio de no usarlas -como Alfonsin- sino usándolas, dando la orden.

"Queremos a Alfonsin porque fue débil. Menem fue fuerte. No sabíamos lo que era un poder civil fuerte. Menem consolidó la democracia"

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 Hay cuestiones, imágenes de la democracia que nos resultan incómodas-continúa Rodríguez- cosas que no dijimos porque las vivimos, pero nos permiten aceptar las condiciones de la democracia. En la película Nixon de Oliver Stone, Nixon se arrodilla frente al retrato de Kennedy y dice “cuando te miran, ven lo que quisieran ser, y cuando me ven, ven lo que son”. Siempre elegimos mirarnos en Alfonsin, que es una figura grandiosa, pero que nos hace sentir solo deudas. Alfonsín es un espejo muy exigente. Pero hubo otras cosas que se hicieron y que requirieron de otros protagonismos. Menem gobernó la economía. Y le dio diez años de esa estabilidad durísima, a un costo altísimo. Queremos a Alfonsín porque fue débil. Menem fue fuerte. No sabíamos lo que era un poder civil fuerte, todos eran débiles. Salvo Perón, en algún momento, pero toda la memoria del poder civil era débil. Menem consolidó la democracia. Y la consolidó de tal modo tuvo la fuerza institucional para tramitar la salida de la convertibilidad, ese veneno que curaba un problema pero que se constituía en otro problema. Es una deuda muy compleja la que tenemos con la década del ‘90, que tiene un déficit de historicidad y que merece que, a 35 años de democracia, nuestros apuntes sobre la historia no se ciñan a los albores ni en las decepciones previsibles, como la semana santa de Alfonsín, sino tambien en los nudos fuertes que construyeron esto que conocemos hasta hoy, que para mucha gente es lo único que conoce: la democracia

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Para Lorena Moscovich, los consensos de la democracia argentina siempre fueron postraumáticos. Según Moscovich, ningún gobierno desde 1983 en adelante ha logrado imponer una agenda consensuada. Los grandes procesos de reforma y de consensos se lograron a palos. El consenso de la democracia se logró luego de la dictadura. El consenso en controlar algunos parámetros importantes de la macroeconomía se logró después de la hiperinflación. El consenso en la integración social se logró después de 2011, con una pobreza del 50% y con la gente en la calle. Los consensos en incluir como corresponde a más de la mitad de la población, a las mujeres, se logra con asesinatos y niveles de violencia muy grandes y con la sociedad movilizada. ¿Cómo se logra hacer política pública en la Argentina? Con hechos traumáticos y con una sociedad civil activa, que empuja a la clase política que parece estar ensimismada, víctima del corto plazo o en alguna manera víctima de procesos que la trascienden y que deja su componente volitivo por lo menos en duda.

 

Las ideologías en la democracia argentina

 La necesidad de buscar un cambio no traumático conduce a la pregunta por las creencias políticas que generen los consensos necesarios. Moscovich distingue dos maneras de hacer política pública: estar dispuesto a creer o estar dispuesto a perder. Estar dispuesto a perder porque a veces podemos apoyar un proyecto de política pública aunque no te vaya bien. Estar dispuesto a creer en la ideología, en la clave de interpretación que te propone tu proyecto político. La ideología no fue un vector de los grandes procesos de políticas públicas. Por lo menos no por parte de la sociedad.

"Los grandes procesos de reforma y de consensos se lograron a palos ¿Cómo se logra hacer política pública en la Argentina? Con hechos traumáticos y con una sociedad civil activa, que empuja a la clase política que parece estar ensimismada"

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 Para Pablo Stefanoni la cuestión que atraviesa todo el periodo democrático es una especie de tensión esquizofrénica entre la de demanda de ser un país normal y un cierto regocijo de ser un país raro, anómalos en el mundo, porque nos da una particularidad finalmente. Citando a Gabriel Vommaro: todos los gobiernos prometieron distintos tipos de normalidades. Para Stefanoni hay algo para pensar en esa búsqueda un poco imposible de una normalidad que tampoco sabemos bien cuál es. Podríamos pensar en los ‘80 desde la utopía democrática; los 90, desde la utopía del mercado; y los 2000 desde la utopía de los derechos. Hoy no se sabe qué utopía está detrás. Por momento parece una especie de utopía pospopulista: la utopía es salir del populismo y dejar atrás los 70 de años de decadencia. El riesgo de que la utopía de esta etapa sea una especie de consenso pospopulista es que termina profundizando una grieta, en su sentido más negativo, que es impedir el debate. Quizás el desafio de este contexto es combinar esas las utopias de la democracia y la de la igualdad. A mi parece que es necesario un debate que trascienda completamente esos “debates intratables” que no conducen a nada y que terminan imposibilitando cualquier balance.

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Moscovich relativiza la grietaydistingue las posiciones con relación a los políticos o los partidos, de la posición que las personas tienen con relación a las políticas públicas. Hay personas que pueden apoyar o denostar a Macri, a Cristina, a Cambiemos o al FPV. En políticas públicas la grieta no existe. No vamos a encontrar que la opinión pública esté dividida respecto a temas de política pública y que esa división se corresponda partidariamente. Esta no es una sociedad con una clase obrera de centroizquierda, socialdemócrata, ni tampoco una derecha burguesa que articule identidades de la clase empresaria. Tanto el peronismo como el UCR han sido movimientos “crossideológicos” que albergaron en su seno gente de centroizquierda y centroderecha.


"Hoy no se sabe qué utopía está detrás. Por momento parece una especie de utopía pospopulista. El riesgo es que termina profundizando una grieta, en su sentido más negativo, que es impedir el debate"

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 Ahora-continúa Moscovich-si le preguntamos a X persona que opina sobre X política pública y si la proponen Macri o Cristina, ahí sí se arma la grieta. Esto surgió de algunas investigaciones y tiene consistencia con lo que pasa en otra parte del mundo. En Estados Unidos hay polarización. Sin embargo, con la relación a los temas de política pública no están tan divididos. Néstor Kirchner tuvo la sensibilidad de interpretar que parte de estas preferencias políticas se juegan en la calle, en las zonas metropolitanas contento o descontento se expresa movilizándonos más allá de los partidos, y sumó aliados en estos sectores. Hoy eso se está resignificando, o bien porque estas alianzas ya no están, o bien porque ahora la política en las calles ya no es por un pedazo de la torta sino más bien defensiva. Simplemente-concluye Moscovich-no tengo una respuesta sobre cómo generar ese consenso, yo creo que una ideología que realmente pueda convencer y enamorar a sectores de la población y no solamente generar consensos a partir del rechazo.

 

Peronismos y antiperonismos en la democracia argentina

 Malamud relativiza la importancia de las ideologías. A los partidos políticos se los puede estudiar desde tres aspectos: sociológico, a quién representan; el ideológico, qué buscan; y el organizativo, cómo son estructural y territorialmente. En Argentina el criterio fundamental para entenderlos es el sociológico. Clase mata ideología. Argentina en 1945 se dividió en dos campos: el peronista y el antiperonista que después se fue moderando y hoy podríamos denominar como no peronista. Son contradictorios, opuestos, aunque quizás complementarios. A partir de 2001 hay una frontera más porosa. Ahora  se está volviendo a cerrar. Cambiemos atrapa con partes del peronismo a los grandes conglomerados no peronistas. A ese campo no peronista que se quedó sin radicalismo. El partido se fue, pero el electorado quedó ahí. Esta identificación de clase con espacio político no es típica de cualquier país, es muy argentina.

"En Argentina el criterio fundamental para entender los clivajes políticos en Argentina es sociológico. Desde 1945 Argentina se dividió en dos campos: el peronista y el antiperonista"

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 Malamud enumera tres criterios de distinción sociológica entre peronismo y no peronismo:

En primer lugar, el campo peronista representa a los sectores populares con mucha más fidelidad que el Partido Laborista inglés. Hay un tercio de los trabajadores ingleses que votan a los conservadores. En Argentina, los trabajadores sindicalizados votan al instrumento electoral del peronismo, que puede variar o fragmentarse, pero son peronistas. Las clases medias no son peronistas, son no peronistas y muchas veces son antiperonistas.

Segunda característica: para los sectores populares el valor fundamental  es el trabajo. Para las clases medias es la educación. Yo les pregunto qué país es posible sin uno de estos dos, pero cada sector enfatiza uno. Tercera característica: los sectores populares del peronismo son más nacionalistas y el no peronismo es más cosmopolita, más propenso a irse de vacaciones y comprar en Miami.

Finalmente el peronismo está vocacionalmente orientado hacia la captura y la utilización del poder y los no peronistas están más vocacionados por el control del poder. Los peronistas tienen una concepción diádica: la política es antagonismo, el Estado está al servicio de los sectores populares o en contra, los medios son hegemónicos y están a favor del capital o no, los jueces puedan ser imparciales. Los no peronistas, al contrario, creen que los jueces pueden y deben ser imparciales. Creen que los medios son un mercado en el cual cada uno publica lo que quiere con libertad de prensa y que el Estado por supuesto que es imparcial, no tiene porque jugarse para un sector de clase.

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Son dos cosmovisiones opuestas pero condenadas a convivir, concluye Malamud. No hay manera de separarlas. La única manera de armonizar estas dos visiones es la democracia. No se matan, se turnan. Qué pasó en la última década. Hablamos de kirchnerismo y de antikirchnerismo; de populismo y republicano. Es lo mismo que tenemos desde 1945. La política argentina, contra lo que muchos puedan pensar, no cambió. No está cambiando. Y quizas no vaya a cambiar. Vivamos con eso.

Para Rodríguez, la división sociológica entre peronismo y antiperonismo se puede matizar. Primero, es discutible que el peronismo haya sido uno solo, ni siquiera que el radicalismo haya sido uno solo -de hecho la figura de Alfonsín tiene un rescate extrapartidario, por ejemplo en el gobierno de Cristina. Del peronismo hay versiones muy distintas. El peronismo es un partido que tiene una extensión territorial y una representación institucional muy amplias: intendencias, provincias, sindicatos, movimientos sociales.

En segundo lugar, Rodríguez identifica en los gobiernos de Menem y de Kirchner un esquema, que no los iguala ideológicamente, pero que era una combinación de estructura y novedad. En el año ‘89, Menem capta el signo de los tiempos, un mundo que cambiaba. Cae el muro de Berlín y Menem da ese giro de un modo fanático. En 2002, 2003 Duhalde-otra figura opacada por la historia- garantiza gobernabilidad, con una sociedad como la del 2001. El acuerdo de Duhalde con el “que se vayan todos” es “yo soy el último”. Y Kirchner le introduce la novedad de la época, como lo hizo Menem. A una economía en relativa recuperación, pero todavía con daño social, le agrega otro tiempo.

"Hoy la tarea de la democracia es desarmar esa grieta que nos impide ver con más realismo la fractura social"

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 Finalmente, Rodríguez subraya la relación que ambos gobiernos tejieron con las clases medias. El menemismo, en algún sentido vergonzante-dice Rodríguez-reconstruyó el vínculo peronismo-clase media a través del consumo y de ciertos valores -de verdad que los 90 fueron una revolución cultural. También el kirchnerismo explora un vinculo con sectores de las clases medias.  Volvieron los Perón echó de la plaza. Kirchner coloca a la izquierda peronista como por arriba, la devuelve al poder. Creo que la grieta, gran parte de lo que conocimos como tensión, como debate ideológico, fue en el seno de la clase media. Eso es un aspecto que habría que ver: cómo se relaciona hoy esas identidades peronistas con la clase media; y qué queda de la clase obrera, que es la que más se fragmentó, y no estoy seguro de que no haya habido en muchos casos obreros sindicalizados que no hayan votado a Cambiemos. Hay una mutación en el “mundo popular” que hay que ver.

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Rodríguez cierra dudando que la grieta actual sea una especie de subgénero del costumbrismo político. La tarea democrática hoy-afirma-es romper la grieta. No porque haya que despolarizar la política sino porque la grieta es casi la autonomía de la política, es la política para que nada cambie, no tiene ningún reflejo o ninguna imantacion con la fractura social que vivimos. Si la grieta no expresa la fractura no sirve. Hoy la tarea de la democracia es desarmar esa grieta que nos impide ver con más realismo la fractura social que tenemos, que es mucha y es peligrosa, y que si no nos va a generar hechos mucho más inesperados.

Stefanoni trae a la discusión el lugar de la izquierda. En Argentina-dice Stefanoni-la izquierda no tiene muchos votos pero sí tiene un peso cultural significativo. Alguien dijo: “todo lo que ustedes llaman izquierda no es izquierda”. Es un término bastante difuso y en el propio carácter difuso del clivaje izquierda y derecha reside su operatividad. Si empezamos a ponernos normativos y decir la izquierda es este grupo, ya no sirve caracterizar. Si tomamos izquierda en un sentido amplio, acá tuvo poca capacidad de votos pero sí influencia cultural y cierta capacidad para irradiar ciertos sentidos comunes. Y peso en ciertos espacios específicos. En la lucha por los Derechos Humanos, en ciertos momentos en la disputa en los sindicatos y claramente en las calles, con lo cual es un sector que tiene peso fundamental.

"La particularidad argentina es que el giro a la izquierda de los 2000 no lo hizo un partido de izquierda"

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 Para Stefanoni, la dificultad es que no surgieron partidos de izquierda suficientemente fuertes para disputar el poder. Lo que era el centroizquierda se alineó con el radicalismo y otros sectores de izquierda quedaron absorbidos por el kirchnerismo cuando éste se izquierdizó en 2008. Y eso es una característica distinta a otros países de la región, en los que el giro a la izquierda latinoamericano fue llevado adelante por nuevos partidos de izquierda, no los viejos partidos nacional populistas, que ya se habían vuelto proliberales y no pudieron volver. El MAS en Bolivia, el movimiento Quinta República en Venezuela y el PSUV después con Chávez, la Alianza Pais en Ecuador, el PT en Brasil o el Frente Amplio uruguayo, eran nuevos partidos de izquierdas, populistas de izquierdas, que surgieron de la crisis del sistema de partidos.

La particularidad argentina-afirma Stefanoni-es que, así como el peronismo liquidó al liberalismo en los ‘90, también absorbió gran parte de la izquierda en los 2000 con el kirchnerismo. Hoy lo que tenemos es un panorama donde el centroizquierda está básicamente diluido. Una parte por el kirchnerismo y otra parte porque terminó cercano al macrismo, paradójicamente, con un discurso más republicano y antipopulista. Y eso da lugar a una izquierda que por un lado es bastante pequeña y donde el trotskismo aparece como la particularidad argentina -hay pocos países con fuerzas trotskistas significativas. Y mientras que en otros países donde es fuerte el trotskismo, como en Francia, surge de Partidos Comunistas que eran importantes; en el caso argentino no surgió del PC sino más bien de la propia anomalía que creó el peronismo que hizo que la izquierda tradicional quedara en una posición muy antiperonista y perdiera espacio. Me parece que eso no se va a revertir y que vamos a seguir por lo pronto en este esquema de una izquierda, por lo menos electoralmente, débil.

Quizas-concluye Stefanoni-con esta particularidad de que en la calle va a seguir habiendo fuerza. Y me parece que en ciertas provincias sí valdría la pena analizar más el FIT porque aunque a nivel nacional pueda andar en 4% -lo cual es mucho más que en el pasado- , hay muchas provincias donde es una fuerza significativa: creció en las provincias donde no había centroizquierda o fuerzas capaces de salirse de los partidos tradicionales, ni ese clivaje peronismo-antiperonismo era tan claro. Me parece que el trotskismo ahí encontró el voto de cuestionamiento a sistemas políticos un poco cerrados.


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