30 / 10 | Cultura

LENIN Y VOS, DE BRUNO BAUER


Lenin y vos me atrajo por la vía de la ambivalencia. Admiré desde un comienzo la combinación impensada de referencias del mundo de la filosofía y la política por un lado, y de la cultura de masas por el otro. Lenin conduciendo un programa de entrevistas en la TV, dirigiéndose al público como Soldán en Feliz Domingo o escuchando Los Redondos. Eso solo ya es un hallazgo. Pero si por una parte me deslumbra su inteligencia y su crítica mordaz de algunos de los ámbitos por los que circulo, por la otra su cinismo implacable me incomoda. En general me provoca la risa, pero otras veces me enoja; en ocasiones, las dos cosas al mismo tiempo.

Su risa sardónica me recluta entusiasta siempre que me resulte sencillo embarcarme en la demolición de la víctima de turno: las oscilaciones de la clase media argentina entre el progresismo inocentón de Mafalda y el derechismo represivo de Lilita, el racismo sarmientino, las falacias del liberalismo, la imbecilidad de la cultura del capitalismo, la hipocresía de la piedad católica. También me enrolo gustoso en el castigat ridendo mores dirigido al mundo de los intelectuales. Sea por su elitismo, por su ingenuidad, por su desconexión respecto de las clases populares o por su palabrerío vacuo, caen con justicia desde Weber, Adorno, Lyotard y Foucault, hasta Gramsci, Althusser, Negri y Žižek, pasando por los locales Cortázar, Laclau y Horacio González y el entero “planeta UBA”, entre otros.

Pero me la complica más lo que es acaso el tema central de sus viñetas: el fracaso de los grandes ideales emancipatorios del siglo XX –fundamentalmente de la tradición de izquierda, pero también de las vanguardias estéticas o los modos de vida alternativos– tanto como de las esperanzas más locales y modestas, como el peronismo, la democracia alfonsinista, el 2001 y el kirchnerismo. Nada escapa de la demoledora mueca de Bruno Bauer. Y no sólo invita a reír por la constatación de ese fracaso (por lo demás incontrastable): la risa que dispara aquí no es ya la de la crítica piadosa de las costumbres. Se vuelve amarga en la comprobación de que, en buena medida, esos ideales y aquellas esperanzas caducaron por sus propias falencias morales, antes que a manos del destino o de sus enemigos. El propio Lenin se ocupa de aclararlo a los desconcertados Stalin, Mao y Guevara, continuadores de la tradición que él inauguró (p. 37). La vertiente trotskista es la que peor la lleva, con el provocativo personaje del Pibe Altamira, “el cadete de la revolución”, joven idealista cuyas torpezas terminan colaborando involuntariamente con los asesinos de Trotsky, de Rosa Luxemburgo, del Che y de la República española. La izquierda desorientada, tonta, enemiga de sí misma. Allí, Lenin y vos transita una cornisa estrecha entre la justa crítica y el antiizquierdismo. Dependiendo del lector, el sentido seguramente podrá orientarse hacia un lado o el otro.


Lenin

En mi caso, elijo adivinar en el autor una sonrisa cínica, amarga e implacable puesta en función de hacer irreversible la demolición de todo aquello que haya que demoler. Demoler sin buscar excusas, sin pausas ni contemplaciones, para que en algún momento haya un suelo limpio que permita (a otros) levantar la hipoteca del cinismo. De hecho, quien lea la última tira del libro comprobará que el autor está bien al tanto de las aporías de su cinismo (el cínico debe serlo también con su propio cinismo). En este sentido resulta sintomático que, de todos los personajes que sucumben bajo la pluma de Bruno Bauer, finalmente Lenin es el único que se salva. No porque su proyecto político permanezca inmaculado, por cierto, sino porque, en la historieta, vehiculiza la voz del realismo implacable contra el que todas las ilusiones, atajos y coartadas políticas e intelectuales se estrellan. Es él quien se ocupa de mostrarles a todos los demás sus puntos ciegos, su ingenuidad, su malicia, su fracaso o su irrelevancia. Y no es un Lenin vencido: sigue estando tan listo para encabezar una insurrección como lo estuvo en 1917. Como personaje, además, cuenta con un aliado cuya presencia es un bajo continuo en toda la historieta: un mundo plebeyo descrito en trazos naturalistas, sin idealizaciones de ninguna clase, hiperrealista, por momentos degradado y brutal. Esa presencia plebeya aparece como víctima propiciatoria de las ideas y políticas liberales y “progresistas”. Pero también es ella la que da un mentís a las elucubraciones de los filósofos y políticos izquierdistas que hablan en su nombre (incluyendo por supuesto a los postmarxistas pero también a los de cuño leninista, con su romantizada visión de la clase obrera). El Lenin y los pobres de Bauer son los garantes del realismo brutal sobre el que descansa el humor en la mayor parte de las entregas de la historieta. Sobre esas piedras otros, acaso, podrán levantar una nueva iglesia.

Lenin III


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