16 / 01 | Mundo, Política

CUATRO ESPERANZAS ANTES DEL HURACÁN TRUMP


“Da igual lo que los medios escriban, mientras tengas junto a ti un trasero joven y bonito.” Donald Trump.

Apocalipsis I: La mujer.

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En el hemiciclo capitalino retumba un cántico visceral, unificado y métrico: “Sí, se puede. Sí, se puede”. Los indignados copan las instituciones de la monarquía parlamentaria. “La República es algo más que una nostalgia mal enterrada”, silban los atrevidos. La corona, desconfiada, mira de reojo. Después de un cuarto de siglo, el corazón de España vuelve a la izquierda. Madrid recupera su “No pasarán”. Los “rojos” toman el Palacio de Cibeles. “Omnia sunt communia” (“todo es de todos”) dice en un latín decidido la flamante alcaldesa. Es una jueza de 75 años, conocida en el cosmos obrero por su CV antifranquista. Militó en el Partido Comunista de Santiago Carrillo y, a fines de los setenta, en plena resaca del régimen del “Caudillo”, fundó desde la ilegalidad el primer despacho laborista del país. Meses después, en plena transición democrática, el fascismo tuvo su primera nostalgia: tres falangistas le robaron la vida de cinco colegas. Lejos de amedrentarla, la masacre terminó de convencerla: el resto de su vida estaría dedicada a la defensa de la libertad, la igualdad y la solidaridad. En 1986 le concedieron el Premio Nacional de Derechos Humanos; en los noventa luchó contra los desahucios de familias pobres; y, entre 2007 y 2009, fue relatora de Naciones Unidas. En todo ese tiempo, además, mantuvo despierta la memoria de los vencidos de la Guerra Civil. Ahora, tiene las llaves de la capital. Ahora, los inmigrantes ilegales pueden enfermarse: los hospitales públicos abren sus puertas. Ahora, Manuela Carmena avisa que “Madrid será la ciudad del abrazo”.

"La República es algo más que una nostalgia mal enterrada"

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“Están trayendo sus drogas, están trayendo su crimen. Son violadores y algunos, asumo, son buenas personas.” Donald Trump.

 Apocalipsis II: El inmigrante

­–¿Con qué biblia quiere jurar?­– pregunta el funcionario de ceremonial.

–Con el Corán– responde tajante el político.

–No tenemos ninguno de ésos–devuelve sorprendido el burócrata.

­–No hay drama. Yo traigo uno– cierra él.

Con ustedes, Sadiq Khan: el primer alcalde musulmán de Londres. Abogado,  especialista en derechos humanos, de clase media, miembro del Partido Laborista, hijo de un pakistaní, europeísta y defensor del matrimonio homosexual. Su biografía sintetiza la idílica movilidad social ascendente del Estado de bienestar. Nació en uno de los barrios grises, obreros y cargados de smoke de la capital inglesa, Tooting. La educación pública le permitió progresar y probar los colores de otros rincones más coquetos de la ciudad. Con tan solo 23 años,  se convirtió en el concejal más joven de la historia de la capital: otro récord para su vitrina. Y hay más: en el 2005 sentó por primera vez al islam en la Casa de los Comunes, donde recibió –por unanimidad– el premio “Revelación del año”. Hoy ocupa el centro ideológico del laborismo: a medio camino entre el margen izquierdo, encarnado en Jeremy Corbyn y el movimiento social Momentum, y la pared derecha, custodiada por Gordon Brown y su padrino político, Tony Blair. Khan es la nuez atragantada de los tories, que vieron como uno de sus (mega)candidatos, el multimillonario Zac Goldsmith, besó la lona en las últimas elecciones locales. El batacazo fue por nueve puntos. Pero este mayor de 45 años ignora a los retadores de carne y hueso: sus principales adversarios son la xenofobia, el sectarismo y el terrorismo islámico. Frente a esos tumores de la globalización, propone el multiculturalismo. En pleno rebrote chauvinista, con el Brexit sonando a todo lo que da, busca que Londres tenga su propia visa para darle refugio al mayor número posible de refugiados. Una gambeta al nacionalismo infantil que promueve la gestión conservadora de Theresa May. Él conoce los dolores, temores  y angustias del inmigrante porque su padre los vivió. Pero también sabe, y éste es quizás su secreto político más valioso, que “el miedo no nos hace más seguros, sólo nos convierte en personas más débiles”.

"el miedo no nos hace más seguros, sólo nos convierte en personas más débiles"

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“Si no le dices a la gente que has tenido éxito, probablemente no lo sabrán nunca.” Donald Trump.

Apocalipsis III: La derrota

Años sesenta: los adolescentes preguntan, el mundo duda. La verdad se marea. Hay fuego en París, barricadas en Córdoba, traición comunista en Praga y La Higuera se traga a ese barbudo idealista de 39 años. En todos lados la derrota luce un rostro juvenil. Mediante ideas o cachiporras, el sistema ordena en dos razas: ganadores y perdedores. En la primera, la ambición conduce la avanzada; en la segunda, el romanticismo organiza la resistencia. Entre los que muerden el polvo sobresale un escolar anteojudo: Bernie Sanders, un neoyorquino blanco, con aspiraciones intelectuales y bastante sed de rebeldía. Su quijotada es contra el racismo. Una fotografía lo muestra en Chicago, pataleando y forcejeando con dos policías. La historia guarda la diapositiva y recién la saca a la luz en las Primarias Presidenciales del Partido Demócrata de 2016. El cabello plateado del socialista avisa que el tiempo hizo su trabajo. En las internas del elefante, el eterno senador de Vermont la tiene difícil: frente a él están Hillary Clinton, Wall Street y más de tres siglos de bipartidismo (casi) perfecto. Madison se retuerce en su tumba; Jefferson se ilusiona. El anciano no tira la toalla. Con sus 75 años, empuja, gruñe y, sobre todo, emociona. Atrás de él vienen los sospechosos de siempre: estudiantes, minorías sexuales, pacifistas, inmigrantes, feministas y ecologistas. “Él está con nosotros”, admite el actor y activista Danny Glover. Pero no alcanza: pasan los caucus y la candidata del establishment arrasa. Estados Unidos, como siempre, persigue la estela de lo conocido. La ilusión se desvanece. Una vez más, Bernie, tranquilo, se prepara para beber de una copa sin espuma, sin éxito: sin fracaso. Mientras, de fondo, oye esa sentencia borgiana que sopla: “La derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce.”

"Bernie, tranquilo, se prepara para beber de una copa sin espuma, sin éxito: sin fracaso"

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“El concepto del calentamiento global fue creado por y para los chinos, para volver a la industria manufacturera estadounidense no competitiva.” Donald Trump

Apocalipsis IV: El medioambiente.

Pablo Iglesias, Bernie Sanders, Evo Morales, José Mujica y Rafael Correa, todos unidos por una sensación inédita para el club de la izquierda: se puede confiar en el  nuevo inquilino del Vaticano. Sí, el Papa Francisco parece ser el Nuevo Testamento del progresismo mundial. El único parlante –con watts suficientes– que ofrece un relato alternativo al del neoliberalismo. Su Encíclica Laudato si’ es una muestra cabal de ello. Al igual que Walter Benjamin en los albores del siglo XX, el argentino llama a activar cuanto antes los frenos de la historia para salvar el planeta. El productivismo compulsivo y el paradigma tecnocrático están destruyendo el medioambiente. El actual modelo económico, que pregona el progreso infinito, es insostenible en un escenario finito como la tierra. La “casa común” posee límites que la codicia del mercado ignora. La cultura del descarte hace metástasis por doquier: animales, lagos, montañas, suelos y personas, todo al cesto de la historia. Mientras, las plagas del capitalismo sin culpa se propagan: ansiedad, individualismo, consumismo y egoísmo. Este porteño evita la retórica totalizante del pesimismo. “La esperanza es una virtud arriesgada”, desenfunda. Y los “poetas sociales” –como denomina a los movimientos populares– la llevan consigo. En ellos deposita el futuro de la humanidad. Los invisibles del sistema tienen la palabra. Esta vez, ellos llevan el lápiz de la historia. La última directriz es tan sencilla como contundente: “¡hagan lío!”.

"La esperanza es una virtud arriesgada"

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