16 / 07 | Cultura, Lo de siempre

COMBATIENTE SOLITARIO

“Al borde de la nada,/ aferrado a un libro/ defiende su condición humana”

@zaitzev_vasili

A Zé Cordeiro.


No busca tu consideración ni tu lágrima. Ni siquiera te mira. Podés pararte a su lado unos minutos, sacarle una foto y él seguirá ahí, inamovible. No te pidió monedas ni te soltó un discurso. Tampoco te mangueó un cigarrillo. No te mostró a sus cinco hijos ni te extendió las manos con pañuelitos descartables. Aunque quizás tenga que hacerlo más tarde. El combate por la supervivencia lo admite y lo admitirá todo. Ahora, sin embargo, está ahí. Solo, un sábado de lluvia, con la bolsa de residuos en la que lleva su vida y el último libro que encontró tirado en la basura o en mitad de la calle.

Con su gorro de algodón y sus zapatos marrones gastados, con sus pantalones deportivos apoyando el culo sobre la vereda cuadriculada, él mataría por ese momento. Sus minutos o sus horas de lectura, son el triunfo de su combate cotidiano.

El libro que lleva entre las manos es viejo, viejísimo. Y está hecho mierda. No tiene tapa. Tampoco contratapa. Y la solapa está rota por la mitad. ¿Le importa? Parece que no. Esos adminúculos son innecesarios mientras adentro haya algo que valga la pena leer.

Cada tarde, llueva o truene, con sol o con niebla, él se sienta en esa esquina del centro porteño. Nadie sabe su nombre. Puede ser Raúl, Juan o José. Solo se sabe que hay días en los que lee con mucha atención. Hoy es uno de esos.

Tal vez, haya encontrado un buen libro de historia. Uno que le cuente algo de una época memorable. La de Perón o la de los comunistas rusos, la de un viaje a las estrellas o la que le guste a él. Quizás sea un libro sobre batallas, o sobre guerras, o sobre mundos desaparecidos. O uno de Bradbury o de Ballard. Pede ser Sandokán de Salgari o una novelita de Corin Tellado. Pero, eso sí, tiene que tener historia y aventura. Tiene que justificar con palabras su propia existencia.

Podés quedarte mirándolo mucho tiempo. Imaginarte, por ejemplo, que mientras el tachero del taxi 7949 que está ahí atrás putea a Dios y María Santísima mientras escucha radio, él va por la mejor parte del relato. Está enganchado en el momento del amor: el chico le dice a la chica que mejor dejarlo todo, irse a una isla en el sur de Italia. Pero ella lo manda a la mierda. Él hubiera preferido otro final. Pero sabe -alcanza con mirarlo- que la derrota es la base de la existencia cotidiana. A veces, cree que los pueden terminar mejor que la vida que vive él y que vivimos todos nosotros. A veces, cree que no.

Delante suyo pasa una pareja besándose. Después un viejo con un perro. Y así pasarán muchos durante horas y minutos.

Hace frío. En algun momento dejará el libro sobre la vereda. Se levantará. Mirará a un lado y otro de la calle. No pasará nadie. Se bajará los pantalones y, como un dandy, se echará un meo en la pared. Después, agarrará el libro, lo meterá en la bolsa de residuos y lo esconderá bien entre la pocas remeras para que no se le moje.

Entonces, empezará a caminar a alguna parte. La lluvia seguirá cayendo. Se irá como un campeón. El libro estará a salvo. El agua que cae de arriba le mojará las manos. Que bueno – pensará. Las prefiere limpias para volver a leer.


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