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CERATI. LA BIOGRAFÍA, DE JUAN MORRIS


 

La sociedad de mercado, a lo largo del tiempo, ha relatado siempre dos historias: la del self made man que se hace de abajo y la del Charles Foster Kane que llega y muere, aislado y decadente. Las biografías de rockeros suelen combinar ambas. Cerati. La biografía de Juan Morris parece casi haber encontrado un camino alternativo, en donde se cruzan dos senderos muy distintos.

La era de la inmadurez

“¿Dije muchas estupideces?” El Cerati de Morris abre su relato inseguro y vanidoso, y no dejará de serlo a lo largo de todo el libro. Pasando de novia en novia, incapaz de sostener una relación, refugiándose en la casa materna ante cada crisis personal, abrumado ante las posibilidades abortadas o efectivas de ser padre, Cerati parece otro militante de la Peter Pan, incapaz de madurar, buscando rodearse siempre con amigos más jóvenes y novias casi adolescentes, “sus relaciones no podían soportar el momento en el que las mujeres estaban por cumplir 30”. Con más de cuarenta años, se quedaba largo tiempo frente al espejo después de cenar, dándole volumen a su melena decadente para ir a bailar a Morocco, mientras su mujer y sus hijos lo veían desde la puerta del baño, “se encontraba saliendo a la noche, volviendo con chicas al hotel, rodeado de gente más joven, y a veces no podía evitar sentirse un poco patético”. Se notan las fuentes femeninas del relato, las ex novias de Cerati y, en especial, su madre en la construcción de ese Cerati infantil, casi fetal.


El problema de la vida de Cerati es que se parece demasiado a las letras de Cerati, con viñetas emocionales y/o sensuales de una obviedad casi vulgar: Gustavo desparrama sus primeras ganancias sobre el cuerpo de su novia en la cama, que arroja los billetes al aire mientras él llora; Gustavo planea su casamiento con la novia entrando con un vestido de encaje negro bordado con piedras de azabache y ébano mientras suena Alive and Kicking; Gustavo divaga con ser padre mientras conduce su descapotable y escucha a Phil Colins en el estéreo; Gustavo lee a Chopra y se enreda en largas charlas sobre el Triángulo de las Bermudas o preguntándose por qué el Vaticano fue decorado por banqueros judíos, y así…

Es un mérito de Morris haber construido un buen artefacto estético con esa materia prima tan mediada, con algunas desprolijidades (la repetición de fórmulas hizo a que un par párrafos se parecieran mucho) y buenos momentos literarios, como la crónica del último día de Cerati antes del ataque que abre el libro, o el cierre, que repite ese día intercalando el trayecto del coágulo desde algún lugar de las arterias de Gustavo hasta su cerebro.

Sin embargo, ese mal gusto existencial de Cerati quizás expresa una realidad más profunda: Gustavo era un producto de la movilidad social ascendente aún posible en la larga agonía de la Argentina peronista: primero su padre y luego él fueron empresarios de sí mismos, empeñados en sobrevivir en una sociedad de mercado a fuerza de trabajo y adaptación. La paradoja aquí fue el choque con los restos de la Argentina patricia reconvertida en la bohemia plebeyista de los ex hippies de Los Redonditos de Ricota o de ese niño bien italiano malcriado en Inglaterra, Luca Prodan. Una suerte de lucha de clases desvirtuada que estalla en los 90s, cuando la movilidad social se cierra para siempre, y que el libro de Morris tiene la sabiduría de recoger.

El sonido de la música

A contrapelo de ese relato de inmadurez, Morris se las arregla para contar otra historia, la de Cerati con el sonido. Cada estación afectiva del biografiado tiene su productividad musical: la discoteca setentosa y progresiva de su adolescencia, luego traicionada por el contacto con la modernidad pop mientras estudiaba publicidad, la incansable búsqueda de un sonido, que, curiosamente, siempre testeaba en mujeres: su madre, sus novias y ex novias.  Es Tashi Chomyszyn la que le sugiere un sonido más oscuro para Soda Stereo y la primera en escuchar, años después, La ciudad de la furia, compuesta sobre arpegios y personajes de la infancia de Cerati. Luego vendrá el quiebre compositivo de Canción Animal, cruzado por el noviazgo casi porno con Paola Antonucci y la amistad, también erótica, de Daniel Melero. El duelo por la enfermedad y muerte de su padre lo hunde en una catarsis sonora que parirá Colores santos y Dynamo. Desde entonces, Cerati se comporta como un arquitecto musical, obsesionado con la construcción de sonidos, como esa noche chilena en que atravesó un temblor sentado bajo el dintel de una puerta, con un casco, sin poder dejar de pegar samples en su laptop. El libro termina con un relato detallado de la gestación de Fuerza natural, el último disco de Cerati, una verdadera operación de deconstrucción sonora de aquella discoteca traicionada de los setentas.

Una vez más, la aventura musical de Cerati tiene un trasfondo social que él quizás nunca advirtió. Hay un debate clásico sobre el rol del arte en una sociedad capitalista: György Lukács sostenía que el arte debe recomponer la totalidad perdida por el Hombre en la alienación capitalista, y proponía a Tolstoi, o La Marsellesa, como modelos; Theodor Adorno respondía que, por el contrario, el arte debía expresar esa alienación, como lo hacían Kafka o la música dodecafónica. La larga crisis de los ochentas lo encontró a Cerati en pleno plan pop de recomponer musicalmente mediante canciones perfectas, tonales, eso que en la sociedad se había roto. A partir de los noventas, la revolución capitalista y su consecuente dislocación social, mereció otra respuesta musical: la purga del aturdimiento sonoro, la fragmentación del sampling, el lenguaje abstracto de la electrónica. Así atravesó Cerati la crisis del 2001, con su disco más disperso, Siempre es hoy, antes de volver al clasicismo pop rock de Allá vamos en 2006, con el mercado interno reconstruido sobre la expansión sojera y la sociedad pacificada por una nueva hegemonía política.

En septiembre de 1858 Richard Wagner le escribía a su amante, Mathilde Wesendonk: “Y es así que la ópera Tristán fue completada. Y, si puedo, volveré con ella a verte, a consolarte, a hacerte feliz”. Un mes después, el músico anotaba los verdaderos motivos en su diario: “Estoy, ahora, volviendo al Tristán; esta obra puede hablar del profundo arte del silencio resonante”. Más allá de los avatares afectivos de un artista, la música es el arte del sonido más que la expresión de una vida. Es un mérito de la biografía de Morris dar cuenta también de ello.

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2 Comentarios

  • Anibal Rey says: 11 noviembre, 2015 at 21:50

    Excelente reseña. Felicitaciones. Solo un disenso: Siempre es Hoy un disco “disperso “? Con qué parámetros ? Es a mi juicio y el de muchos, el más experimental y alejado de todo cliché sonoro y por ende, el más rico desde la creación pura. En lo personal es mi banda de sonido en loop para trabajar cotidianamente. Gracias por el espacio.

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    • Bruno Bauer says: 12 noviembre, 2015 at 11:01

      Estoy de acuerdo en que es uno de sus trabajos más ricos, una especie de Album Blanco de fin de siglo. Es el mismo Cerati el que califica a ese disco como disperso en un reportaje que el libro reproduce. Abz

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