15 / 10 | Cultura, Política, Sociedad

CARL SCHMITT, FÚTBOL Y POLÍTICA

Es difícil, en realidad imposible, adoptar una posición neutra, desafectada, sobre las elecciones presidenciales de octubre. No debería sorprendernos entonces la rivalidad que despierta una disputa política como ésta. Sin embargo esto ha escandalizado el debate público que se ha desarrollado principalmente en el ámbito de la televisión (no especializada: en la que intervienen políticos, deportistas, modelos y conductores).


Pareciera que la democracia estuviera desligada y pudiera prescindir de la política, como la cerveza sin alcohol, el café descafeinado y los dulces sin azúcar. Pareciera que la política en democracia fuera un mal. Algo que debería ser erradicado y así convertir a la democracia en un procedimiento que neutralice la rivalidad y el antagonismo proveyéndose de una serie de modales de sociedades o clases más “civilizadas”. Ése rechazo a la política se ha vuelto el epicentro del debate público en torno a las elecciones presidenciales, poniendo la forma y los modales por sobre los contenidos y las cuestiones fundamentales, como el Estado, lo público y lo privado.

El fútbol, otra pasión argentina, tal vez pueda ayudar a ilustrar esta cuestión y desmitificar algunas cuestiones sobre la política y el debate democrático sobre las elecciones presidenciales de octubre. Ante todo aclarar -aunque a muchos les pese- que la política pone en juego mucho más que un partido de fútbol. El triunfo futbolístico puede definir muchas cosas y brindar satisfacciones, imaginarias (subjetivas) para los fanáticos; materiales para los clubes, jugadores y directores técnicos. Pero los resultados políticos tienen un alcance más amplio y afectan de manera más drástica el destino de las personas. El resultado de un partido de fútbol puede hacer más feliz a una persona, pero el resultado de una elección puede afectar el destino de provisiones vitales -como una jubilación, un empleo, una política económica- con un impacto real sobre la vida material de las personas.

Por otro lado es relevante -por múltiples razones- esta comparación entre el fútbol y la política. En ciertos aspectos la política y el fútbol se parecen mucho en la Argentina. Pero aquí el punto es otro: la rivalidad. Sería absurdo acusar a un equipo o un jugador de fútbol de querer ganar un partido. La lógica misma de ése deporte es enfrentarse para ganar. Incluso cuando dos equipos se enfrentan con mucha tenacidad se suele considerar que ha sido un buen partido.


En esto no difieren mucho la lógica de la política y el fútbol. Dos contrincantes se enfrentan en una competencia en la que se definirá un ganador y un perdedor. Quizás la rivalidad deportiva sea útil para explicar la noción tan vapuleada de “amigo-enemigo” que según Carl Schmitt define lo político. Esto es el enfrentamiento entre contrincantes para obtener una victoria. Sería absurdo pensar el fútbol sin esta lógica. Incluso en el fútbol, si dos equipos se enfrentar con tenacidad, se suele considerar que fue un buen partido. Esta rivalidad deportiva -en principio- debería quedar circunscripta a la cancha. Lamentablemente en el fútbol argentino esta rivalidad muchas veces se traslada a otros ámbitos en forma de violencia. Pero hay fanáticos en todos lados que llevan sus identidades deportivas, religiosas y políticas a los extremos.

carlschmitt

Más allá de todo exceso ¿Qué sentido tendría un partido de fútbol en el que los equipos intentaran resolver el resultado mediante la cortesía? Esto implica una enorme gama de matices de un rico género literario que ha constituido el fútbol en la Argentina. Podemos hablar de “juego sucio”, “ordenado”, “caballeresco”, etc. Incluso en el fútbol se puede hacer trampa. Pero hasta en esos casos están contemplados por sus reglas que imponen límites, contienen y dan forma a ese deporte. Por ejemplo, las faltas son parte de las reglas del fútbol y se puede ganar un partido cometiendo muchas de ellas. Sin embargo, los jugadores no pueden tomar la pelota con la mano, correr toda la cancha y de esa manera es meter un gol (aunque conocemos por experiencia que existen excepciones). El punto aquí es que más allá de eventuales transgresiones en un partido de fútbol, el juego debe mantener ciertas formas para ser válido. Aunque su finalidad última es la victoria también es muy importante el procedimiento y manera en la que se desarrolla el partido en función de sus reglas.

Lo mismo podríamos pensar para el caso de la política.

"Denunciar el enfrentamiento en la política es algo tan absurdo como negar la competencia deportiva en el fútbol"

rick esteves
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. La “escandalización” de la rivalidad en la política es un sin-sentido. Un gesto de despolitización de la democracia. Una distopia negadora del antagonismo sobre el que se basa lo social.

Lo que se denuncia y escandaliza en este proceso democrático es nada más y nada menos que la política: la sustancia misma de esta actividad. Sería como ofenderse por el carácter competitivo del fútbol. Lo que llama aún más la atención sobre este escándalo en torno a la política es que se manifieste dentro del marco del funcionamiento democrático. Las mismas denuncias (y exabruptos) que acusan este proceso político de “autoritario” y “fascista” son evidencia misma de su carácter democrático. La democracia es el único régimen político que permite este tipo de críticas.o existe en las dictaduras posibilidad de expresar desaprobación por el régimen.

uruguay

No podríamos seguir sin reconocer cierta idiosincrasia fútbolística (que también se puede aplicar a la política) de una pasión popular que desborda la simpatía y afecto por un equipo. Tampoco ignorar los hechos de corrupción en las asociaciones de fútbol argentina y mundial que salieron recientemente a la luz. Esto nos permite nuevamente desacoplar política y democracia. La disputa (pura) por el poder y los procedimientos acordados por una sociedad para su organización política. La democracia no implica la supresión de la política sino su reglamentación. Esto es, enmarcar y contener el cauce de la contienda política, encapsular procedimental e institucionalmente el conflicto que funda lo social.

Pero no es la finalidad de la democracia domesticar éste conflicto, sofocarlo, enterrar las disputas políticas, sino organizarlas como un evento deportivo como el fútbol. No debería escandalizar que un partido político despliegue todos sus esfuerzos para ganar una contienda electoral. Se puede discutir, como muchas veces hacen los jugadores de fútbol con los árbitros sobre la legalidad de una jugada y estar en desacuerdo con sus decisiones, pero eso no invalida un partido.

No podemos dejar de señalar las estructuras corruptas (diría Aristóteles) detrás de las instituciones democráticas y las asociaciones de fútbol. Pero a pesar de ello sigue habiendo democracia y fútbol. Esto es parte de la tensión inmanente entre lo posible y lo deseable. La falibilidad de la democracia y el fútbol no impugnan ni los partidos ni las elecciones. Por el contrario, establecen las bases reales de estas dos prácticas.

Debemos reconocer estas pasiones naciones que son el fútbol y la política. Entender sus lógicas sin espanto. Disfrutar de su espectáculo. Y aceptar con algo de admiración el arte que como pueblo supimos desarrollar en torno a estas dos actividades. La rivalidad en un partido de fútbol o una elección presidencial no debería escandalizarnos. Es parte de la misma lógica de esos juegos y representa un aspecto de nuestra cultura y lo que nos define como pueblo. Lo importante es controlar los desbordes y fanatismos, tener buen espíritu deportivo y que sigan habiendo torneos, partidos y elecciones presidenciales.

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Umberto Boccioni, Dinamismo di un calciatore (1913)


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