03 / 06 | Política

BIENVENIDOS AL TREN


El femicidio es la expresión más cabal de la violencia de género. Hace no mucho empezamos a comprender que cuando un hombre mata a su mujer o a su ex mujer no se trata de un “crimen pasional”, como si las pasiones fueran causa o justificación de un asesinato, sino que se trata del exterminio de la mujer en el momento en el que comenzó a molestar demasiado, dejó de servir o de pertenecer a un varón. El final de la vida de esas mujeres no es sólo el final fatal de esas biografías, sino que responde a un sistema, a la relación desigual de poder entre varones y mujeres.

El problema es que de tan extremo, ese resultado (el asesinato de una mujer en manos de un varón) puede terminar siendo poco didáctico para explicar que es el resultado de un sistema que incluye elementos que van desde lo que en apariencia es más superficial – por ejemplo los “piropos” o el acoso callejero – hasta la diferencia de sueldos entre varones y mujeres. En otras palabras, los tipos “normales” no se sienten potenciales asesinos ni violadores, no se identifican con estos “locos”, se repugnan, por lo que resulta fácil el repudio. Pero en el momento en el que designamos a esos crímenes como femicidios y dejamos de lado la idea del crimen pasional, entonces tenemos que dejar de ver a esos “locos” como tales y comprenderlos como parte del mismo sistema que se divierte con el culo sin rostro de las mujeres en las tapas de las revistas. Los asesinos de mujeres no son locos, son parte de una sociedad en la que las relaciones de poder entre varones y mujeres rigen todos los aspectos de la vida y se manifiestan desde los detalles más mínimos hasta en los problemas más centrales de la humanidad. Y esta cuestión debería estar presente al momento de sumarnos a la convocatoria del próximo 3 de junio en el Congreso. El femicidio es una expresión más (una particularmente horrible) de la dominación masculina. Pensarlo como algo aislado y excepcional es la mejor forma de perpetuarlo.

En ocasión de discutir sobre los “piropos” o el acoso callejero, muchos varones que ni siquiera llevan a cabo esa práctica se desviven por defenderla, negándose casi caprichosamente reconocer a lo evidente: sólo sucede de manera unilateral. Es algo que le hacen los varones a las mujeres y no al revés. Es una expresión de dominación en la mayoría de los casos que sucede en el ámbito público, es decir, allí donde las mujeres somos más vulnerables. ¿Cómo puede no ser una expresión del machismo?


Pero detengámosnos acá. Los mismos que defienden “los piropos”, los mismos que en sus programas de radio tratan a las mujeres como cositas, ahora se solidarizaron y adhieren con vehemencia a la convocatoria del 3 de junio. Es que, lógicamente, ellos no son los asesinos, ni se identifican con violadores o maltratadores de mujeres. En ese sentido, resulta bastante fácil el repudio a un hijo de puta que nada tiene que ver con vos, que sos un copado con las minas.

De todas maneras, bienvenidos todos a la marcha. Bienvenidos a la aventura de ser feministas. Pero… prepárense: hay que bancársela en todos los aspectos, no sólo contra los asesinos de mujeres. Hay que buscar la igualdad de oportunidades, tratar a todas las mujeres con respeto, abandonar las prácticas machistas, esas que casi todos siguen reproduciendo sin darse cuenta. Sólo así se van a acabar los femicidios. Pero para esto hay que empezar por reconocer algunas cosas un poco incómodas.

Cuando las mujeres nos quejamos de lo difícil que nos resulta acceder a los espacios de poder, cuando detectamos que casi no hay conductoras de televisión o de radio y que cuando hay mujeres en los medios en general ocupan lugares de segunda, cuando no humillantes, cuando vemos que los varones ganan el 30 por ciento más que las mujeres por la misma tarea, cuando vemos la poca cantidad de CEOs mujeres que hay en el ámbito privado, o cuando vemos que no hay una sola dirigente sindical, suele aparecer una respuesta tranquilizadora: tenemos una presidenta mujer. Como si con eso se hubiera terminado el asunto. Que exista una presidenta es un logro enorme pero no puede servir como metáfora del iceberg: una punta luminosa que oculta la inmensa desigualdad de género que todavía subyace en nuestra sociedad.

Sean todos bienvenidos al feminismo. Porque horrorizarse por los femicidios implica ser feministas y tal cosa no es tarea fácil. La lucha feminista se propone una tarea fastidiosa: decirle a una mitad del mundo que está dominada y a la otra mitad, que domina y somete. A nadie le gusta que le digan “sometido” en la cara y a nadie le gusta pensarse como un “opresor”. Pero ser feminista no es sólo desnaturalizar esas relaciones sociales tal y como son. Ahora viene la peor parte: podrían ser de otra manera. Ser feminista es haberse despabilado y ese despertar suele venir de la mano de una obsesión: la posibilidad de un cambio. La idea entra en la cabeza, retumba y suena cada vez más fuerte: podría ser de otro modo. Y lo peor de todo: la obsesión implica un compromiso. Saberlo se transforma en el mandato ineludible de decirlo y escucharlo es más que incómodo. Sobre todo a cierto sentido común instalado (incluso en el progresismo) al que le parece un capricho de elite, porque hay injusticias más urgentes.

Pero basta mirar algunos momentos claves de la lucha social para entender que la dominación machista se reproduce aún dentro del bando de los oprimidos: mientras los negros peleaban por sus derechos civiles en las calles, sus mujeres -que también querían tener una ciudadanía plena- además les limpiaban la casa y criaban a sus hijos. Mientras las políticas neoliberales dejaban sin trabajo a miles de trabajadores latinoamericanos en los 90, sus mujeres sostenían a las familias lavando la ropa de otros sin haber conocido jamás los derechos laborales.


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1 Comentario

  • Annie says: 4 junio, 2015 at 20:14

    No voy a criar a tus hijos mientras vos mirás a Tinelli, o te vas de putas. No soy tu propiedad. No te voy a lavar, ni cocinar , ni planchar. No te pertenezco. No puedo ser la mujer de tu vida, porque ya soy la de a mia.

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