13 / 06 | Política

BASADA EN HECHOS REALES

La prohibición de la interrupción voluntaria del embarazo empuja a las mujeres a realizarse abortos en clandestinidad y condiciones precarias. Esta es la historia que una estudiante me contó, después de clases, y me permitió escribir para que otras mujeres, como ella, no se sientan solas. Porque ahí, donde el Estado está ausente en materia de salud pública, se reafirman las desigualdades.


Imaginá que tu nombre es Gabriela o Mariela o Andrea, no importa el nombre. Imaginá que tu pareja te golpea. Imaginá que cuando no querés estar más con él, se lo decís y te somete y te obliga a tener relaciones. No podés zafarte porque tiene más fuerza que vos. Así que te sentís mal, disminuida, triste. Sabés que no puede pasarte nada peor. Te acordás que estás tomando pastillas anticonceptivas y que él se va a ir. Que es la última vez que te trata así. Pero después algo te hace dudar. Entonces vas al médico, ese que tiene una cadena de oro y un reloj que vos jamás vas a poder comprar. Le decís que creés que estás embarazada. El médico te dice que no llores y te informa cuánto sale el aborto. Pensás de dónde vas a sacar la plata. No podés pedirle a tu mamá. No se puede enterar nadie. En el barrio te van a juzgar. Vivís de changas y de ir a buscar la leche a las manzaneras. Te preocupás. Sabés que el tiempo es todo. No querés tener ese hijo porque qué le vas a decir, qué monstruo es el padre, cómo le explicás. No querés saber nada de él, pero lo llamás. Le decís que se haga cargo de lo que te hizo. Que vos no querés tener ese hijo. Que pague el médico. Pero el tipo se borra. Pensás que las semanas pasan y que tenés que ocultar todo por cómo podés quedar en el barrio. Asesina. La gente del barrio te va a señalar. Abortera. No podés comprar misoprostol porque es demasiado caro para vos. Tenés miedo de ir presa. Una enfermera te da unas pastillas más baratas. No te hace efecto. Pensás qué hacer. Un amigo te da la plata para que vayas a ese médico que hace abortos clandestinos en el barrio. Por suerte ese amigo, que te escuchó llorar, te ayuda sin pensarlo. Entonces vas al médico. El mismo médico que sabe que todas las que van son pobres y te pide una seña para hacerte un aborto. Te dice que le des la mitad y la otra parte, en el lugar. Te cita en ese lugar. Llegás. Es gris, se parece a una fábrica y está revocado. Subís una escalera. Son cuatro pisos por escalera. Pensás que después los tenés que bajar. Vas sola. Estás muerta de miedo. Una mujer te pone en una cama. Te duermen. No sentís nada. Te anestesiaron totalmente. Te despertás. Estás asustada. Ves varias camas en fila con más chicas. Son muchas. Como quince. Te impresionás y gritás. Gritás porque tenés miedo, porque no sabés qué pasó. La mujer que está ahí te dice: no grités, tomatelás de acá. Le reclamás a la mujer si te puede mostrar lo que te sacó, que querés asegurarte de que no te cagaron la plata. Tomatelás, te grita. Pagás y te vas. Te duele mucho. Bajás los cuatro pisos por escalera y salís a la calle. Te sentís entre borracha y drogada. Pensás que tenés que disimular todo. Y, no sabés cómo, pero al rato estás en el Puente Pueyrredón. Tenés que tomar el colectivo. Ahí te encontrás con tu amigo que te abraza y le decís que él te salvó la vida. Llegás a tu casa. Hacés como si nada a pesar de sentir mucho dolor. A los pocos días sangrás más. Entonces vas a ver a una doctora que te dice que perdiste un embarazo. Que es normal. Le mentís que estás buscando y no podés quedar embarazada. Tenés miedo. Llorás. Te sentís aliviada. Sabés que estás a salvo.


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