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ARKADY GENDLER O LA OBSTINACIÓN


Luego de vivir su apogeo a principios del siglo XX con la popularización del teatro, la prensa y la literatura en lengua yiddish en los territorios del imperio ruso, la cultura de los judíos europeos estuvo al borde de la extinción durante los ’30 y ’40 como consecuencia de la destrucción perpetrada por el nazismo. Luego del Holocausto, la cultura yiddish no desapareció por completo: trasplantada a nuevas geografías, cobró formas novedosas y dejó su rastro en países como Estados Unidos, Francia y Argentina. Pero su ocaso a lo largo del siglo XX es innegable, y se refleja ante todo en el dominio de la lengua: según las estimaciones, de los 11 millones de judíos que hablaban yiddish antes del Holocausto, en la actualidad quedan alrededor de un millón. Hoy el yiddish y la cultura de los judíos del Este de Europa parecen ser cada vez menos parte del presente y más parte del pasado.

Arkady Gendler es un puente hacia ese pasado. Nació el 29 de noviembre de 1921 en Soroke, Rumania, un pueblo de la región de Besarabia que dos décadas más tarde pasaría a integrar la Unión Soviética y que hoy forma parte de la actual Moldavia. En los años ’20, el pueblo tenía una comunidad judía de más de 15 mil habitantes que representaban más de la mitad de la población total. Pero la violencia nazi arrasó con los judíos de Soroke, dejando una comunidad insignificante que en la actualidad apenas supera el centenar.

En 1940, Besarabia fue anexada por las fuerzas de la URSS, como parte de una cláusula secreta del pacto Molotov-Ribbentrop. En 1941, Gendler fue movilizado para combatir contra los alemanes en el frente ucraniano como miembro de una brigada soviética. Poco tiempo después, dado de baja a causa de una herida en los pulmones, volvió a Soroke, donde descubrió que toda su familia había muerto a manos de los nazis, incluyendo a su madre, padre y cinco hermanos. Luego de la guerra, se instaló en Moscú, donde terminó el secundario e ingresó a la universidad para estudiar química. Un tiempo después aceptaría un puesto en la ciudad industrial de Zaporozhye, Ucrania, donde vive hasta hoy.


Tras la caída del muro de Berlín, Gendler se convertiría en maestro, enseñando la lengua y la cultura yiddish en una escuela judía. Pero su condición de cantante aficionado le permitiría ir más lejos: en una Europa donde la vida judía estaba casi extinta, el viejo Gendler empezó a recibir invitaciones a participar de festivales de música klezmer interpretando piezas tradicionales de la música yiddish. A los 80 años, grabaría su primer disco. Un tiempo más tarde comenzaría a componer sus propias obras, con el objetivo de enriquecer un repertorio de canciones que parecía haberse congelado en el tiempo. Entre ellas está Di Hoydlke, “La hamaca”, una canción sobre la infancia, las catástrofes y la pérdida de la inocencia:

Hacia acá, hacia allá, hacia acá, hacia allá

El tumulto del mundo zumba en mi cabeza como una abeja

Hacia allá, hacia acá, hacia allá, hacia acá,

La vida se hace ya muy difícil.

Aher, ahin, aher, ahin

Der velt-tuml zhumet in kop vi a bin

Ahin, aher, ahin, aher

Es vert shoyn dos lebn tsu shver

 Arkady Gendler, sobreviviente de una cultura casi desaparecida, hablante de una lengua derrotada y testigo de una de las masacres más brutales del siglo XX, es un puente hacia el pasado de los judíos de Europa del Este. Pero sus canciones no son solamente una puerta hacia ese mundo desaparecido: si reactualizan las viejas formas de la canción yiddish tradicional, lo hacen remitiendo también a la historia reciente y dolorosa del judaísmo europeo. En ellas el yiddish trasciende el estatuto arqueológico y recobra en cambio su condición de lengua dinámica y viva. Gendler no se conforma con reproducir, sino que se propone reinventar. Es la obstinación que caracteriza a los sobrevivientes y a los artistas.

 



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