07 / 03 | Cultura

ARDER EL AGUA

“Pase usted, peregrino, y tenga/agua, techo y pan.

No es mucho lo que ofrezco/y lo mío es nuestro”.

Cuchilla redonda, Sombrero II.


Son tiempos extraños los que vivimos. Extraños por todo lo que tienen de inexplicable y alucinatorio en lo colectivo; extraños también en cuanto a las ajenidades que se nos hacen presentes en lo personal. Tiempos de dispositivos, de agenciamientos y subjetividades, de cultura industrializada y consumida. Tiempos de cantidades aceleradas por un tiempo fagocitante y vampírico.

Pareciera haber poco espacio para disputar la secuencia, la sincronía. Para hablar de procesos y maduraciones desde una benevolencia que tiene que defenderse como si fuera una intrusa malintencionada, casi homicida.

Llenos de paradojas, estos tiempos no dejan de tener puntos de fuga incluso en sus aceleraciones. Cesuras que quiebran la tierra seca y que dejan salir el agua que viene bien de abajo para que la beba aquel que sabe esperar; aquel a quien el simulacro se le hace insuficiente porque no se ha ahogado con el tiempo, porque nunca ha dejado de tener sed.

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Suspender por un momento la secuencia se convierte, entonces, en un acto de arrojo. En un gesto valiente contra la parodia descreída de todo, que camufla y esconde los gritos de esos que han sabido beber de la tierra quebrada. Elegir parar y pararse en el ahora es, en realidad, un lanzarse hacia el futuro desde la certeza de que el detenerse sólo es posible como una operación sostenida por la mirada hacia atrás, hacia aquello que fue horadando la sequía a fuerza de manifestarse en la historia, y ablandarnos la tierra para que nos brote un agua llena de presente.

"tiene un registro de melancolía -vitalista y dionisíaca- que es el reverso profundo de la nostalgia canalla y entregadora de banderas"

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Y así, en este punto de fuga, se abre el espacio para que esos gritos que no se conforman a la voz acelerada y balbuceante del tiempo empiecen a modular sus tonos, maduren sus colores y canten a la suspensión, a la tierra y al agua. Las canten como nutrientes de ese tiempo que no es más que la existencia de la muerte y que, por eso mismo, tiene un registro de melancolía -vitalista y dionisíaca- que es el reverso profundo de la nostalgia canalla y entregadora de banderas. Ahí está el canto que no se rinde, el canto guerrero.

Este acto de resistencia se materializa en unas cuantas voces, pero hay una en particular que evidencia una autoconsciencia gestual incardinada en la propia historia. Y esa voz es Sombrero. Entonces vuelvo al primer texto que escribí sobre Sombrero como al primer amor, puesto que fue fruto directo de la experiencia estética que se abrió en ese momento particular, y que viene a anudarse -impertinente y pendenciera- con la actualidad de la banda casi cuatro años después. Hoy nos donan su segundo disco y se me hace inescapable escucharlo en espejo, porque el gesto al que dan voz es de tal magnitud que no queda más alternativa que suspenderse con ellos.

Me reencuentro, así, con la noción de anacronía, que sigue funcionando como pivote hermenéutico de ambos discos para antagonizarse y emerger como aquello que se pulveriza canción a canción; todo Sombrero II es una sucesión de batallas contra ese tiempo acelerado que fagocita todo. Un quiebre en la tierra que rompe la secuencia para hacer nacer el agua. Se siente en cada repique del bombo, en cada mandolina, en todas las voces. Es un disco que abre y rompe, muy por fuera de cualquier pretensión de originalidad y novedad disruptiva que tanto desvelan a nuestros críticos culturales ahogados en la agua del tiempo.

"Sombrero II es una sucesión de batallas contra ese tiempo acelerado que fagocita todo"

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El orden de las canciones dentro del disco es un mapa poético que fluye; una cartografía de la tierra americana de punta a punta, de sus coordenadas telúricas que hablan desde la cavidad resonante de la historia. Un recorrido por la melancolía gauchesca como categoría ontológica de una forma de estar-en-el-mundo y guerrearlo desde adentro con el dolor del duelo, del barro de la soledad y la súplica. Con El errante, entonces, empieza una mitología de maduración hacia adentro y de posicionamiento hacia afuera; un insuflarle épica a la boca seca de lo anodino. Una épica que va a estar modulada por canciones que van desde el folclore más tradicional al bolero más tierno, pasando por el sonido forajido de un western que sigue presente, pero no ya como comandante de las fuerzas expresivas sino como un elemento más, acomodado dentro de la cartografía americana.

Con Tigre del río, Lanza en alto y, en menor medida, Camino muerto, se reactualizan los climas y las sensaciones que enlazan de manera evidente con el primer disco, en todo lo que tienen de referencia a la extensión interminable de estas tierras y sus peligros, a la construcción no sólo del gaucho solitario, sino también del indio aguerrido que levanta su estirpe calfucureña como voz superviviente del acecho.

La fuerza de la progresión que quiebra sigue con las instrumentales La visión, Fuerte quemado y Aguas verdes -que dejo para el final- en donde el despliegue técnico se siente más sólido y personal, más arraigado en un sonido que empuja hacia adelante como si fuese un paso fronterizo que invita a cruzar con la belleza de la decisión. La guitarra de un John Fahey no sólo dialogaría con este bloque; querría formar parte de él creando un universo en el que junto a Larralde, Cafrune y Falú, se reversionen el lejano oeste y el lejano sur en un gesto recíproco.

" el sonido forajido de un western sigue presente, pero no ya como comandante de las fuerzas expresivas sino como un elemento más, acomodado dentro de la cartografía americana"

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Y aquí es necesario hacer un metagesto de detenimiento, puesto que se manifiesta -primero y antes que nada en la emoción- el resultado de esa maduración hacia adentro que da cuenta de haber operado un pararse temerario y anti-anacrónico. Las evidencias nos estallan, en primer lugar, desde Consuelo y Para silbar. Ambas son una mixtura deliciosa entre bolero, balada y copla en la que hay una figura predominante: la ternura. Aparece, así, el registro benevolente (esa benevolencia intrusa y perseguida) que se llena de una plasticidad más cinematográfica incluso que la del registro western. No es el pseudobaladismo de gran parte del folclore actual que necesita limpiarse la mugre telúrica y conflictuada de la historia y que, en ese acto, se lava a sí mismo con el agua turbia del olvido. ¿Por qué no es eso? Porque es madura, arriesgada y consciente, sí; pero sobre todo porque es simple y, por tanto, dulcemente auténtica.

Las pistas que siguen se dejan ver tanto en Cuchilla redonda como en Aguas Verdes. Y en este sentido, se cierra el círculo del mapa poético del disco y del proceso estético de la banda hasta hoy. Cuchilla redonda es casi un manifiesto paradojal; puede que en su forma sea la canción más tradicional de la lista, pero es un significante poderoso que configura el gesto de haberse hecho cargo de una identidad específica, no clausurada, si no abierta y dadora. Es la melancolía vitalista que gravita constante, pero que logra enunciar ese balance entre el yo que está solo y espera, y el nosotros que irrumpe como el agua brotante de la tierra seca que, aún en esa fuerza, no ahoga ninguno de los polos. Muy atrás quedó cualquier atisbo de parodia velada o intento defensivo de simulacro; en este manifiesto está Sombrero tomándose en serio como se toman las cosas que importan. Desde la seriedad real que puede dar tanto el llanto como la carcajada, que marca el ritmo del baile que vendrá con la música de lo que siempre está viniendo.

"La guitarra de un John Fahey no sólo dialogaría con este bloque; querría formar parte de él creando un universo en el que junto a Larralde, Cafrune y Falú, se reversionen el lejano oeste y el lejano sur en un gesto recíproco"

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Y así se llega a Aguas Verdes como correlato y lanza final del conjunto creativo que es este disco. El último instrumental que viene a apuntar la coordenada que faltaba -deliberadamente o no-, en un movimiento estallado de silencio hablante. Funciona, de este modo, como la síntesis bellísima de toda una progresión cuyo corazón ha podido latir gracias al acto de haber detenido la sincronía antes de empezar a cantar; de haber escuchado sus silencios. No es casual que lo que una vez fue el campo semántico preeminente del desierto, la extensión atravesada en exclusiva soledad, el fuego abrasador y norteño; sea hoy un espacio mitologizado -desde adentro- con la fuerza del agua, de lo que fluye, de una humedad que ya no es objeto nostálgico, sino flujo vital rescatado en la ternura de lo que lucha. (En este lenguaje, la relación con Shaman Herrera es ineludible, porque muchos son lo que gritan desde la cavidad del tiempo y recogen los hilos de agua para darnos de beber.)

El viaje siempre es largo pero a veces encontramos cobijo para nuestra voz. Por eso Sombrero es, hoy, la punta de lanza de estos gritos, el ardor duro de la belleza que canta a la tierra, al agua, al yo, al nosotros. Lo es hoy mucho más que ayer. Porque son lo suficientemente grandes como para crecerse. Y disputar la voracidad ladina de lo que no quiere detenerse nunca.

Sombrero

Sombrero II

Ficha:

Diego Petrecolla: Guitarra y Voz

Guido Colzani: Bombo y Percusión

Mariano Pedernera: Bombo y Percusión

Hernán Tonelli: Guitarra, Bajo, Trompeta, Bombardino y Coros

Leonardo Arancibia Lotti: Mandolina y Guitarra

David Gutiérrez: Bajo, Armónica, Bombo y Percusión

Gabriel Sanabria: Trompeta y Acordeón

Martín Garrido: Guitarra y Voz

[email protected] // www.facebook.com/sombreromatrero

 

Grabado y mezclado en Estudio Daktari por Norman Mac Loughlin (2015, 2016. Bs. As., Argentina)

Producido por Norman Mac Loughlin y SOMBRERO.

Masterizado por Carl Saff. Chicago, EEUU.

Editado por Queruza Discos.

Fotos: Pablo Lozano

Arte y Diseño: Nicolás Valdés. www.removedor.com.ar

 

→ embeber bandcamp

http://sombrero.bandcamp.com/album/sombrero-ii


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