16 / 07 | Cultura

A CABALLO REGALADO


El 17 de julio vuelve a la pantalla una de las series animadas más comentadas de 2014: Bojack Horseman, una producción original de Netflix sobre la vida decadente de un actor de comedia olvidado. Con un cast de notables encabezado por algunos de los mejores de la televisión contemporánea como Will Arnett (Gob en Arrested Developement) y Aaron Paul (el siempre querido Jesse Pinkman en Breaking Bad), la serie combina una trama absurda y patética, un diseño de personajes con animales antropomorfizados que toma lo mejor de series noventosas como The Critic, Stressed Eric, o Dr. Katz pero también el horizonte absurdo de Adventure Time, y finalmente dosis altísimas, casi adictivas, de cinismo.

La tira retrata la vida decadente de Bojack Horseman, actor-caballo-humano y ex protagonista de Horsin’ Around, una dulce comedia familiar de principios de los ’90 sobre tres huérfanos humanos que se iban a vivir a la casa de un caballo adulto (con pullover a cuadros al estilo del mejor Bill Cosby) y reencontraban en ese hogar la alegría y el amor paternal. El foco de la serie es el derrotero triste de Bojack luego de que la serie fuera cancelada: ocupando ese incómodo lugar entre el encasillamiento y el olvido, Horseman podría ser Birdman y luchar por recuperar el spotlight y el amor de las cámaras, pero su narcicismo destructivo y las regalías le permiten en cambio hundirse en el alcoholismo y la vagancia, mientras se pasa el día viendo los viejos episodios de Horsin’ Around acompañado de fans de la serie en su mansión californiana y se pasa las noches de fiesta en fiesta.

Hasta acá, una serie más sobre las consecuencias tristes de la fama y el dolor de no ser más, acompañada de tonos de comedia con animales personificados. Y, truth be told, al principio ni siquiera hace reír demasiado. Pero la serie toma un giro inesperado y oscuro hacia la mitad de la primera temporada; un vuelco que, como señaló Ben Travers en Indiewire, salva a la serie de la mediocridad y la convierte en uno de los productos televisivos más fascinantes de 2014: en algún momento, Bojack deja de ser un actor egocéntrico y decadente pero all in all divertido para convertirse en cambio en un personaje insoportable, moralmente repulsivo y angustiante, mientras el espectador pasa de entretenerse con sus problemas y sonreírse con algunos de sus chistes a sufrir por cada una de sus pésimas decisiones. Inseguro y atormentado por los recuerdos de una infancia dolorosa, Bojack Horseman traiciona a sus amigos, se ridiculiza frente a las mujeres y decepciona a todos los que lo rodean en una trama que se nos vuelve tan angustiante como atrapante.


Bojack Horseman es la primera sitcom para adultos animada de Netflix. Pero, a pesar de ser una suerte de rara avis dentro del creciente catálogo de la señal de streaming, hay otra sitcom animada a la que le debe mucho: Duckman: Private Dick/Family Man. En esa serie de culto de los 90s, el protagonista era un pato detective que tenía por compañero a un cerdo, y la serie se hizo famosa por su estilo crudo, sucio y surrealista. Era una serie que nos causaba una mezcla rara de gracia y asco por su dibujo tosco y feo, y su humor offbeat y grasiento, pero que también alcanzaba picos emocionales de gran resonancia. Duckman es un poco (bastante) como Bojack Horseman: es un mal tipo, pero también alguien con quien nos podemos identificar en sus momentos de flaqueza y angustia.

Por ejemplo, el episodio 12 de la primera temporada, cuando Duckman conoce a una chica muy, muy fea, que luego se opera la cara para que no la molesten más. En la escena final, Duckman falta a una cita con ella, afirmando que ahora que es hermosa él sólo sería un lastre para ella. Duckman mira por la ventana, triste, la mirada fija hacia la lluvia. El teléfono suena. Arrancan los créditos, sin música, el teléfono sigue sonando. Y así, una sitcom animada sobre un pato lascivo que anda por la vida en bolas (como el pato Lucas, ni más ni menos) alcanza un momento catártico. En Bojack Horseman hay varios momentos así, y hay que darle un poco de tiempo nada más para encontrarlos.

El diseño de los personajes (colorido y Tumblr-friendly, como de dibujante indie haciendo doodles con marcadores de colores) colabora de formas inesperadas. Es que el estilo de animación es simple y la premisa también: el mundo funciona tal cual como lo conocemos, con la excepción de que hay varios animales antropomórficos dando vueltas por ahí, lo que da lugar a varios gags que son de lo más gracioso de la serie. Si un punto fuerte de Bojack Horseman es la profunda humanidad que capítulo a capítulo revela el protagonista mediante sus miedos, angustias, culpas y delirios, el otro es que, a pesar de que funcionan como humanos, ningún personaje animal puede escapar del todo a su naturaleza: la agente de Bojack, Princess Caroline, va al gimnasio, corre en la cinta, pero luego frota las uñas contra un rascador gigante para gatos; Mr. Peanut Butter, un perro y el opuesto de Bojack (carismático, exitoso, de buen corazón) tiene una fijación con los palos de madera, o con perseguir al cartero. Ya sea como pequeños gags de fondo, introducciones a escenas o cambios de escenario, la naturaleza animal de los protagonistas de Bojack Horseman siempre despierta una sonrisa, lo cual está bien porque en el fondo la historia es bastante triste: luego de mandarse cagadas episodio tras episodio, hacia el final de la temporada Bojack se pregunta desesperado si es una buena persona, y no obtiene respuesta.

Los gags sobre animales se mezclan con la sátira sobre la industria hollywoodense, y así tenemos a Cameron Crowe, devenido efectivamente en cuervoy sorprendido porque se encuentra muy tarde con un libro sobre “mixtapes y comprar zoológicos”, o a Quentin Tarantulino, un director-araña que, como el Tarantino real, se dedica a revivir carreras de actores caídos en el olvido. Además de ser la historia de un personaje desgraciado, Bojack Horseman es también un show sobre Hollywood y Los Angeles, con personajes como agentes, periodistas chantas, bloggers, estrellas de pop drogadictas, y, aunque no es una fórmula novedosa, las intersecciones de la serie con el “mundo real” de Hollywood resultan satisfactorias. Y algo que no hay que dejar de mencionar, el opening de este programa es de la mejores que se han visto en los últimos tiempos: la música de los Black Keys complementa perfectamente la animación de la apertura, que sintetiza perfectamente de qué va a la serie con algunas postales de la vida de Bojack. Es un opening que no dan ganas de adelantar (como el de House of Cards), pero que es un poco más que apenas una placa con el título de la serie (como el de Breaking Bad). La imagen de Bojack, gordo y con el sol en la cara en la pileta de su mansión, con el saxo resoplando, marca el tono de sitcom para adultos con gran eficacia. Y el ending de la banda indie Grouplove, “Back in the 90s”, es otra marca ineludible de un soundtrack que consigue reflejar lo mejor de la serie.

“Para mucha gente la vida es nada más que una larga patada a la uretra”, dice Bojack hablando de la importancia de las comedias familiares. “A veces cuando volvés a casa después de un largo día de que te pateen la uretra, lo único que querés es mirar un programa sobre gente buena y simpática que se quiere, donde, sin importar lo que pase, al finalizar los 30 minutos todo va a salir bien”. Y Bojack Horseman es precisamente lo opuesto de la noventosa y familiera Horsin’ Around: un programa sobre un caballo moralmente deficiente y para nada amable en donde hay que estar preparado para que todo salga mal. Del otro lado de la pantalla, sumergidos en esta fórmula que combina una dosis módica de humor, bastante angustia y cantidades industriales de cinismo, a los espectadores no nos queda mucho más que esperar lo mejor. Es con ese espíritu que estaremos firmes frente a la pantalla de Netflix este 17 de julio para el estreno de su segunda temporada.


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1 Comentario

  • norahlfy says: 17 julio, 2015 at 12:25

    Reblogueó esto en norahlfy.

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