18 / 10 | Cultura

14, DE JEAN ECHENOZ

Hay una escena de Paths of Glory, el clásico film de Stanley Kubrick, que resume una de las versiones sobre la Primera Guerra imperantes desde la década de 1920. En la película, estrenada en 1957, se muestra cómo la negativa a avanzar hacia una misión suicida por parte de los atemorizados miembros del escuadrón 701 deriva en una impugnación al sentido de la contienda.


I.

Esa impugnación, al principio encarnada en la figura del coronel Dax interpretado por Kirk Douglas, va de a poco ganando a todo el batallón. Así, el relato de Kubrick entronca con una larga serie de producciones críticas de la Gran Guerra, junto a obras como Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, o Adiós a todo eso, de Robert Graves, en las que la guerra se presenta, principalmente, como consecuencia inevitable del militarismo: buscada por los altos mandos, apenas soportada por los ciudadanos-soldados. Lejos de aparecer como expresiones aisladas, esas producciones se alineaban con la representación de un supuesto consenso general sobre el carácter forzado o poco entusiasta de la participación de los europeos en el conflicto.

II.


En 14-18, retrouver la Guerre, un libro del año 2000 que todavía no ha sido traducido al español, los historiadores Stéphane Audoin-Rouzeau y Annete Becker se centraron en la crítica a aquella memoria sobre la guerra que juzgan como parcial, culposa y distorsiva, en la que la superabundancia de víctimas contrastaría radicalmente con la ausencia de victimarios. Para los autores, aquellas producciones se encontraban profundamente influidas por el discurso pacifista de posguerra, al punto de reproducir una memoria distorsiva sobre la intensidad del involucramiento de los europeos en el conflicto mundial. En cambio, perciben un compromiso sostenido por los ciudadanos a lo largo de todo el conflicto, incluso cuando la guerra ya les había revelado su rostro más cruento y sanguinario. La tesis de Audoin-Rouzeau y Becker, que generó importantes polémicas entre los historiadores, reactivó el debate sobre las responsabilidades, como pocos años antes había sucedido para el caso de la Alemania nazi con el libro de Daniel Goldhagen Los verdugos voluntarios de Hitler.

III.

Poco antes de morir, el historiador François Furet llamó la atención sobre las dificultades que tenían los jóvenes europeos de finales del siglo XX para entender las causas de la Primera Guerra Mundial. Mientras que a todos les parecían claros los motivos que condujeron a la Segunda Guerra, los orígenes de la conflagración de 1914, en cambio, se revelaban difusos. Esa naturaleza esquiva del primer gran conflicto bélico del siglo pasado también impregnó los relevamientos históricos producidos en las últimas décadas, cuando los historiadores comenzaron a preocuparse principalmente por la reconstrucción de la cultura de guerra. Esa condición evanescente, que posibilitó la difusión de discursos incluso contradictorios sobre la naturaleza de la guerra, es la que da el tono a 14, la última y brevísima novela de Jean Echenoz. Esta nueva producción del escritor francés hace un arte de la economía de recursos. En ella se narra la experiencia de cinco jóvenes del departamento frances de Vendée cuya vida resulta completamente modificada por el conflicto. El autor reconstruye los avatares de la contienda a partir de una suerte de breves viñetas que incluso podrían leerse como episodios independientes. La aparente liviandad del tono que recorre todo el relato refuerza una voluntad de escaparle tanto al catálogo de horrores como al melodrama bélico. Lo oprobioso del conflicto se evidencia entonces a partir de los detalles. No se pone el acento en las “tempestades de acero” narradas por Jünger, sino en la forma en que, en el contexto de la contienda, lo aparentemente secundario, contingente o azaroso termina por impregnar la existencia –acaso demasiado corriente– de los jóvenes protagonistas. La narración no elude las desventuras de los primeros aviadores en el frente, pero resulta más enfática y verosímil cuando muestra, por ejemplo, hasta qué punto la persistente e inexplicable picazón de un miembro ya amputado puede fustigar al protagonista incluso después de la paz definitiva.

Lejos de encolumnarse en la crítica panfletaria de la guerra o de señalar a sus protagonistas con el dedo acusatorio de las responsabilidades de los civiles, el libro de Echenoz pone el acento en el desencanto. Así, parece entroncar con las aproximaciones hacia el conflicto ensayadas por Roger Martin du Gard, escritor hoy poco leído, que se alistó para servir en el frente occidental. Su diario constituye un verdadero tratado sobre el sinsentido de la guerra: “Toda la prensa me da náuseas, no puedo leer ningún periódico, ninguna elucubración. ¿Cómo pueden aquellos cuya función es hablar o escribir no sentir que en este momento sucede una fatalidad que les desborda y obliga al silencio?”.


You Might Also Like

1 Comentario

  • eduardo says: 19 octubre, 2015 at 12:20

    Indudablemente, solo el desencanto podrá fabricar una paz como posibilidad de resolución pacífica del inevitable conflicto.

    Reply
  • Dejanos tu comentario